jueves, 17 de septiembre de 2026

Lo que se cuentan las aves

Lo vi mientras cerraba los ojos. Afuera, los pájaros ya cantaban el inicio del día. Hablaban en su canto sobre el olor a pan fresco y sobre la soledad del invierno, esperanzados de encontrar pareja en primavera. Eso es lo que se comunican a la hora en que el sol despierta, o eso me imagino.

De chica, los imaginaba contándose historias, al igual que mis padres. Cuando era tarde, de noche, mi papá llegaba del trabajo y, mientras se quitaba el traje, le comentaba a mi mamá cómo progresaba en un proyecto que, haciendo memoria, no tengo idea de qué trataba. Nunca pregunté de qué trabajaba y tampoco lo conocí mucho. Solo lo miraba como a un desconocido cuando abría la puerta y me mandaba a dormir, o temprano a la mañana, cuando lo saludaba para irme a la escuela.

No recuerdo bien el día en que decidió no volver, pero sí recuerdo ver a mi mamá sufriendo calladamente. En ese momento aprendí que entre las aves se cuentan cosas y que sus cantos son los chismes del barrio.

Un gorrión, de esos que comen semillitas en el jardín de mi casa, me imagino que empezó todo. Le contó a otro sobre la separación de mis padres. También le contaron sobre una panza que crecía en otro barrio, más distante, y así llegó a los oídos de mi mamá.

La escuché cuando me hacía la comida y decía cuánto deseaba haber notado antes las cosas que hacía mi papá. Cómo mi abuela le insistía con que la falta de cuidados en la casa hacía que el hombre se fuera a buscarlo afuera. Pero yo sabía que no era así.

El cansancio estaba siempre ahí, al lado del armario. Lo sé porque ella lo abría, miraba la ropa vieja que ya no le entraba y, cuando lo cerraba, se miraba al espejo y sonreía.

Mi nacimiento se había desgarrado en su cintura. Eso me dijo mi tía. La cicatriz que mi mamá escondía y que le prohibió volver a usar bikinis, y que le producía desvelos cuando miraba la hora y mi padre no llegaba.

Por eso decidí soltar.

Eso vi.

Vi cómo mi alma se escapaba mientras cerraba los ojos.

martes, 1 de septiembre de 2026

La mesa reservada

No te aguanto más, Juan Ignacio, o algo así dijo. No puede ser, siempre lo mismo con vos. Te perdoné varias ya, mirá que fueron muchas, y seguís así. No puede ser. Pero ¿en nuestro aniversario?. Y se bebió lo que quedaba de la copa de vino.

Puede ser que haya dicho Federico, no sé, sonaba algo así. Él no la miraba. Era de ese tipo que, si va por la misma calle que vos, cruzás de calle. Me daba ese aire, al menos. La piba, bien, linda, qué sé yo.

No escuché cómo se llamaba, pero ponele María o Juana, da igual. Estaba al borde del llanto, pero se comportaba como si hubiera premeditado todo. Viste que soy bueno en esas cosas… notó a la distancia cualquier cosa. ¿Por qué siempre me tratás de chamuyero? Estaba solo y aburrido en la barra, por eso la miré. No te pongas celosa. Parece que siempre llego temprano a los quilombos, más respeto.

Discutían María y Juan Ignacio, las mismas frases conocidas, me imagino. Que vos esto, que yo lo otro. Algo, seguro, sobre el orden y la tapa del inodoro. No sé, lo que no escucho me lo invento. Tengo buena vista, pero no buen oído, por desgracia. Era para comer pochoclo y verlos. Sus formas, sus maneras de ponerse rojos y con los ojos encendidos. Le pregunté al mozo si los conocía y me dijo que no, pero que en aquella mesa, siempre, las parejas que se reunían ahí se iban separadas. Algún tipo de maldición, como para creer en algo así.

Pero así pasó: se separaron. Ella salió para el baño, me parece, y el otro desapareció en la avenida. Por eso me aproveché y te escribí para vernos acá. Mirá, tiene el cartel de "Reservado" aún. No sé en qué día vivo y pensás que me acuerdo de nuestro aniversario. Que no, querida. No lo reservé para nosotros, pero no te pongas así. Por favor.

¿Qué tiene que ver la pareja que se tiene que ir? ¿Por qué decís ahora que Juan Ignacio es mejor persona que yo? No te banco cuando te ponés así. Lo mismo cuando te quejás de la tapa del baño. No se te puede contar nada. Y sí, me respondés así y me enojo.

Sí, dale, andá al baño. Y sí, está bien que no me perdonás más. Al menos sos franca.

Chau, me voy. Olvídate de mí. Gracias.

lunes, 24 de agosto de 2026

de cabeza

 Necesitaba zambullirme en la pileta. Al menos una vez mas. Sentir que el sudor bajaba por mi frente, mis brazos enrojecidos y una sed doliente en los labios. Como si hubiera estado en uno de esos saunas las suficientes horas para olvidar que era el día y la noche. Envuelta en un olor seco, árido, desolado y caliente. 

No había otra forma de escapar de esa sensación hueca que el agua rodeando mi cuerpo. Apoyaba mis manos sobre mi cabeza para medir la temperatura temiendo la deshidratación. Decí que me lleve gorra, pero no era suficiente. Así que la removía cada tanto para abanicarme un poco y la volvía a sujetar con la visera tapándome los ojos.

Daba vuelta en circulos, pensando en si las nubes se han perdido en alguna parte del cielo o si alguien nos quería condenar a pasar un noviembre aferrados al aire acondicionado o al ventilador. Pero en mi casa llevaba horas sin servicio eléctrico y solo quedaba mirar por el patio el hoyo vacío con la esperanza que no se corte el agua y se llene, al menos para lanzarme a la noche cuando se templa la superficie y disfrutar poder admirar el cielo sin enceguecerme. 

En malla y sobre una toalla no puedo hacer mas que esperar. Tendría que haber ido con mis padres al almuerzo en la casa de mis abuelos, aceptar que me llamen gorda, sonreír lo suficiente para no mostrarme dolida, porque allá seguro no hay cortes, no existe el calor cuando se tiene propiedades caras en el centro de la ciudad. No quiero ser como ellos. Prefiero mirar la línea de hormigas amontonándose para entrar por la ventana donde la heladera libera un olor amargo. 

A mis 15 años me regalaron la pileta y mientras la construida me comía el verso de escuchar que necesito ejercicio, que no puedo seguir así, que por la salud y más. Y yo se porque me quede, sé que si en los próximos minutos el agua no sube y se queda ahí rezagada en esos pocos centímetros, me lanzaré igual y dejare que el impacto me mate. 


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Necesitaba zambullirme en la pileta. Al menos una vez más. Sentir el sudor bajándome por la frente, los brazos enrojecidos y esa sed doliente en los labios. Como si hubiera estado en un sauna las suficientes horas como para olvidarme de si era de día o de noche. Envuelta en un olor seco, árido, desolado y caliente.
No había otra forma de escapar de esa sensación hueca que sentir el agua rodeándome el cuerpo. Apoyaba las manos sobre la cabeza para medir la temperatura, temiendo la deshidratación. Decía que me había llevado la gorra, pero no alcanzaba. Así que me la sacaba cada tanto para abanicarme un poco y volvía a sujetármela con la visera tapándome los ojos.
Daba vueltas en círculos, pensando si las nubes se habían perdido en alguna parte del cielo o si alguien nos quería condenar a pasar un noviembre aferrados al aire acondicionado o al ventilador. Pero en mi casa hacía horas que no había luz y solo quedaba mirar desde el patio el hoyo vacío, con la esperanza de que no se cortara el agua y se llenara, al menos para poder lanzarme a la noche, cuando se templa la superficie, y disfrutar de mirar el cielo sin enceguecerme.
En malla y sobre una toalla no puedo hacer más que esperar. Tendría que haber ido con mis padres al almuerzo en lo de mis viejos, aceptar que me digan gorda, sonreír lo suficiente para no mostrarme dolida, porque allá seguro no hay cortes. No existe el calor cuando se tienen propiedades caras en el centro de la ciudad. No quiero ser como ellos. Prefiero mirar la línea de hormigas amontonándose para entrar por la ventana, donde la heladera suelta un olor amargo.
A los quince años me regalaron la pileta y, mientras la construían, me comía el verso de que necesitaba ejercicio, que no podía seguir así, que era por la salud y demás. Y yo sé por qué me quedé. Sé que, si en los próximos minutos el agua no sube y se queda ahí, rezagada en esos pocos centímetros, me voy a lanzar igual y dejaré que el impacto me mate.


A los quince años me regalaron la pileta. Mientras la construían, me comía el verso de que necesitaba ejercicio, que no podía seguir así, que era por mi salud y no por vergüenza. Yo sabía. Siempre supe. Me quedé igual, aferrada a esta casa sin luz, a este patio vacío, a esta sed que no se apaga.
Y ahora, mirando esos pocos centímetros de agua sucia que no suben, siento que el calor me está comiendo por dentro. Si no se llena, igual me voy a tirar. De cabeza. Con toda la fuerza que me queda. Porque ya no soporto más esta piel, este cuerpo, este silencio. Porque prefiero que el impacto me parta el pecho antes que seguir esperando que alguien, alguna vez, me mire sin querer arreglarme.

viernes, 14 de agosto de 2026

apego

Tenía todo bajo control. Desde que estoy en la organización, me comporté como corresponde. Sabía desde el inicio que un don como el mío era único y que me necesitaban. No solo el país, sino el destino de todo el mundo estaba en mis manos. Por ello, seguí mi entrenamiento. Tomé el reglamento bajo el brazo y acondicioné cada parte de mi cuerpo, desde los músculos hasta la mente, convirtiéndolos en estructuras precisas de pensamientos rígidos.

Fueron ellos quienes se volvieron cada vez más tercos. No querían ser perseguidos ni asesinados. Tenían el control de cosas que no debían y se manejaban con un perfil bajo. El horror nos miraba a la cara y seguía caminando entre las calles inseguras. Por eso, cuando me llegó el plan, lo acepté y me dediqué exclusivamente a ello. Aunque me tomara años.

La agencia se ocupo a encontrar a un hombre atractivo y sumamente idiota, como para que mi identidad real nunca pasara, ni por un segundo, por su mente. Era lo esperado: por su forma de pensar, por su interpretación de la vida y por sus ideales. Se casó conmigo con una facilidad casi absurda.

Todo era parte del plan. Debía pasar inadvertida, sin que me notaran, en un restaurante de lujo donde esas pesadillas bípedas celebraban ceremonias y creían estar ocultas.

Así nació mi hija. Era una pieza más, la última que faltaba en mi rompecabezas. Cuando llegó a la edad adecuada, avisé a la organización y nos dieron las invitaciones para asistir al evento donde, por fin, eliminaría al mal.

La vestí preciosa, elegante e infantil a la vez. Llevaba su peluche de unicornio, que representaba un apego fuerte y necesario para su etapa de crecimiento. Mi marido llevaba un traje fino con moño y yo, un vestido azul, muy atractivo y audaz, que combinaba con el suyo.

El plan incluía cenar allí y escuchar un discurso sobre el dominio de voluntades, con ciertos aires filosóficos, para no levantar sospechas. Mientras tanto, revisaría que todos pertenecieran a la misma entidad. Finalmente, debía dar aviso a mi comandante y huir mientras iniciaban «El Desarme».

Todo está perfecto, hasta que nada lo está. Siento cómo me miran. Tendré que llamar y cancelar o apurar el plan. La presión es mayor de lo que pensé. Decido lo segundo y tomo a mi hija.

Si salgo lo más rápido posible del lugar y los encierro, será todo más fácil. No tendré que volver a ver sus desfiguradas caras nunca más.

No puedo arrepentirme ya. Corro con ella en brazos y mi esposo me sigue sin entender nada. Estoy a metros de la salida y no me alcanzan. Cierro la puerta, consigo trabarla y escucho el inicio de un llanto.

Mi pequeña no tiene a su unicornio. Llora. Me balbucea tímidamente, entre sus palabras entrecortadas, que le faltaba su peluche y que quería volver por él.

Miro hacia la puerta. Del otro lado seguían los gritos, los pasos apresurados y las voces de los agentes preparándose para iniciar «El Desarme».

Solo tenía que esperar. Solo tenía que obedecer. Pero ella volvió a extender sus pequeños brazos hacia la puerta.

-Quiero mi unicornio, mamá.

Sentí que algo se quebraba dentro de mí.

Abrí la puerta y entré. Vi el peluche sobre la mesa cubierto de sangre.

No sé de quién era.

Solo lo recogí.

-Agente, confirme que la pieza está asegurada.

Mi comunicador sonó.

Miré a mi hija. Miré el unicornio.

Y, finalmente, respondí:

-La pieza está conmigo.


viernes, 24 de julio de 2026

hombrecito gris

Empezó como se empieza todo. Desde abajo. Desde el dolor. Como su silueta, gris, atormentada. No habia pajaros en su cielo. No conocia la esperanza siquiera oportuna de ver algo que no le pareciera gris. Si pudiera darle forma a ese pensamiento, diria que es nublado. La mejor descripcion en aquel tiempo. Como tal, necesitaba llover. Aunque sonara peor, no lo seria. Desde abajo la lluvia se siente como un milagro y tambien, despues, siempre despues, nace un arcoiris en alguna parte.
Pero, ¿como lo hago llover? Yo no puedo hacer mas nada que contar sobre su vida. Se cuando nacio, como gateo, que dia y a que hora dijo su primera palabra. Se que piensa cuando mira el cielo un 24 de julio de 2026 y solo espera ver si se larga una tormenta. 
Dios juega conmigo y yo juego con él, mi hombrecito gris. Le pongo las fichas en el tablero y me refugio en pensar que alguien detras de mi, las moverá. Pero soy un mal dios, o un suplemento de su impulso metodico y supremo. Lo que me lleva tambien a sentirme tan chiquito, tan poca cosa, que solo miro al cielo nublado y pienso si lloverá. Y pienso que lindo seria la vida si existieran los pajaros.

jueves, 23 de julio de 2026

la misma silla

No esperaba encontrarme en esa situacion, pero, ¿Que podia hacer?
la vi de casualidad, estaba pidiendo mi cena en ese local nuevo, el restaurante que luce importante pero que es medio pelo. si, ese mismo.
por estar a la mode tiene esos asientos tipo sofa compartido y el imbecil ese estaba justo ahi, detras mio. Ocupabamos la misma silla pero sin vernos. Tendria que haber notado ese perfume horrible que usa. 
esos dos se estaban encontrando a mis espaldas. Literal. No, de verdad que estaban ahi, literal significa que no viene a caso y que no me estas dejando terminar de contarte. Asi no llegamos a ninguna parte, Ana, me tenes que escuchar, por eso te pago. No necesito que me respondas nada, si vine toda empapada no es porque yo haya querido. Ni menos llegar tarde, vas a entender cuando dejes de interrumpirme Ana, despues atenderas al paciente que te esta esperando, esto es importante. Por primera vez es importante, lo es para mi. El infeliz estaba ahi, en la mesa detras mio y los escuche.
Ella entro y la vi, se hacia la diosa y lo sabes, no tiene mucha diferencia de edad conmigo, se hace lo que no es. Porque las manos siempre dicen la edad y no se pueden operar, eso me dijeron, no hay cirujia plastica para sus horrendas manos. 
Yo cambie, aprendi, si, todo eso. Estoy en paz y coso. Respiro profundo, siempre respiro profundo como decis Ana. No Ana, esto es mas importante que tu cliente, que vos, que yo.
Ana, aguanta. Deja de insistir Ana, no me voy a mover de aca hasta que termine porque es importante. No me dejas avanzar, y yo termino de contar y me voy. Es asi, a partir de hoy no vuelvo, si eso mismo Ana. Despues de contarte esto no te necesitare mas porque ella, esa mujer le lanzo con tanta bronca el vaso de agua sobre mi ex que nos mojo a los dos. El agua me asusto y yo grite, y gritando me levante asombrada, y él me vio. Me reconocio, me sonrió como si fuera complice de la barbaridades que le hizo a ella y a mi, que el tan galante y ella que lo enfrentó al fin. Y si Ana, volvi con él. Meteté el psicoanalisis en el orto.

lunes, 13 de julio de 2026

manzana

Mí mamá me contó 
de las propiedades
de la manzana
de su color
de su sabor 
Anaranjado

Que en la punta
tenía un cabo

Y yo 
la imaginaba
haciendo apenas pie
en la pileta de su casa
Anaranjada

sábado, 11 de julio de 2026

 

  • Dar espacio a la pausa. Al vacío.
  • Intentar que el silencio también "diga" algo.
  • Imaginar un "paisaje sonoro" para una escena determinada.
  • "Hacer" vivos "el/los cuerpos" de los personajes sin "describirlos". Dejando que hable el movimiento.




Camino por las ruinas tratando de recordar. Había sido su casa después de todo. 


 Desliza el bastón para levantarse y piensa en cómo será el camino de regreso. 

Pero solo puede sonreír al ver a su nieta


La puerta no hizo ningún sonido cuando la cerré. Se queda unos minutos quieta hasta que avanza. Sus ojos se acostumbraban tibiamente a la falta de luz. Caminar a oscuras era algo que había aprendido de niña: cuidar los bordes de los muebles con pausa y discreción, esperando no despertar a nadie, tímidamente enroscándose en la figura de los pasillos que se abrían a mi alrededor.La habitación tenía un póster de mi artista favorito, igual que las paredes. Al entrar, el olor era una mezcla de perfume juvenil y café, porque siempre dejaba una taza a medio tomar sobre el escritorio cuando estudiaba. La facultad le exigía muchas horas; leía página tras página intentando que algo entrara en la cabeza, pero no podía con tanto. Por eso, cada noche salía despacio a embrujar la noche.En algún momento dejó de llevar las llaves en el fondo de la cartera. Supongo que ahora estaría llena de boletos de colectivo. -¿Te acordás de esos papelitos que nos daban? Dijo acomodándose en el asiento mientras aguardaba la llegada del bondi. - Claro que si, abu. Tenían impreso el precio del pasaje y la fecha. Había un pequeño festejo cuando salía el comodín. ¡Que nostalgia!Pero ella no escucha, piensa en que debería aun guardar alguna moneda de aquella época.Hoy en día revisa sobre todo los bolsillos. Si tiene suerte, encuentra algo importante en algún viejo saco de los que tiene colgados en el armario, lleno de polvo. Pensó varias veces en dejar una carta ahí, para que cuando la encuentren sepan más de su vida, o simplemente un mensaje bonito, como esas tarjetas que acompañaban las flores. Qué lindo era recibir rosas. Se sonrojaba tanto. No dejaba de abrir los brazos ante los regalos y recuerda como se siente acariciar ese oso de peluche con un corazón grande entre las patitas.El paisaje es tan extraño y cercano a la vez. Ella desliza el bastón para levantarse y piensa en como será el camino de regreso. Hace mucho que no escuchaba la melodía de la voz de los jovencitos que cuentan sus hazañas en la escuela. El que reprobó y el que pensaba en el sabor que tendría la comida del almuerzo. El que se disculpa cuando apenas roza con el zapato a sus sandalias. Piensa en el perfume adolescente y en el café. Se despabila apenas mirando la luz que atraviesa los arboles de todo el mundo en el giro ruidoso de las ruedas que apenas parecen detenerse cada varias cuadras.Quisiera respirar y que entrara en ella todos esos sentimientos que ve a su alrededor. Pero solo puede sonreír al ver a su nieta.-Abu, levántate que ya hay que bajar. En la próxima parada por favor, cerca de la cuadra que es una señora mayor, grita. Y ese nudo en la garganta vuelve a ella como un fantasma. Le cuesta tanto llamarla por su nombre que le dice abu. Se acostumbro como si quisiera evitar romper algún hechizo.Desde la primera vez que hablo con ella en el parque y dijo que su rostro le parecía familiar. Hasta el momento que decidió llevarla de regreso a donde pertenecía. Se tomo el colectivo con ella, camino a la par de la señora descuidada y perdida. Quizás podría pasar por ella un día y llevarla a comer a un restaurante pensó. Toco el timbre del geriátrico y huyo sin mirar atrás. Como temiendo que eso significará ver un edificio en ruinas.



La puerta no hizo ningún sonido cuando la cerró. Se quedó unos minutos quieta, hasta que avanzó. Sus ojos se acostumbraban con tibieza a la falta de luz. Caminar a oscuras era algo que había aprendido de niña: cuidar los bordes de los muebles con pausa y discreción, esperando no despertar a nadie, enroscándose tímidamente en la figura de los pasillos que se abrían a su alrededor. Ahora que había escapado sentía una enorme libertad para zambullirse en la noche y caminar hasta que no le dieran mas los pies.Recordaba su habitación cuando aun tenía un póster de su artista favorito, y las paredes de color rosa pastel. Como al entrar, el ambiente llevaba un olor particular. Era una mezcla de perfume juvenil y café, porque siempre dejaba una taza a medio tomar sobre el escritorio cuando estudiaba. La facultad le exigía muchas horas; leía página tras página intentando que algo entrara en la cabeza, pero no podía con tanto. Por eso, cada noche salía despacio a embrujar la noche.En algún momento dejó de llevar las llaves en el fondo de la cartera. Supuso que ahora, si mirará de vuelta, estaría llena de boletos de colectivo, chicles y tickets de compras.-¿Te acordás de esos papelitos que nos daban? -dijo acomodándose en el asiento mientras aguardaba la llegada del bondi.-Claro que sí, abu. Tenían impreso el precio del pasaje y la fecha. Había un pequeño festejo cuando salía el comodín. ¡Qué nostalgia!Pero ella no escucho la respuesta. En su mente pensaba en que debería aún guardar alguna moneda de aquella época como también algún encendedor metálico.Se detiene a revisar los bolsillos. Si tiene suerte, piensa, encuentra algo importante como le paso un día que miro un viejo saco de los que tiene colgados en el armario, llenos de polvo. Considero varias veces en dejar una carta ahí, para que cuando alguien la encuentre sepa más de su vida, o simplemente un mensaje bonito, como esas tarjetas que acompañaban las flores. Qué lindo era recibir rosas. No dejaba de abrir los brazos ante los regalos de cumpleaños y recordaba cómo se sentía acariciar ese mullido oso de peluche con un corazón grande entre las patitas.Observa el paisaje que le es tan extraño y cercano a la vez. Hace mucho que no escuchaba la melodía de la voz de los jovencitos que cuentan sus hazañas en la escuela: el que reprobó, el que pensaba en el sabor que tendría la comida del almuerzo, el que se disculpa cuando apenas roza con el zapato sus sandalias. Piensa en el perfume adolescente y en el café. Se despabila mirando la luz que atraviesa los árboles de todo el mundo, en el giro ruidoso de las ruedas que apenas parecen detenerse cada varias cuadras.Quisiera aspirar el aire y que entraran en ella todos esos sentimientos que ve a su alrededor. .-Abu, levántate que ya hay que bajar.-En la próxima parada, por favor, acércate a la cuadra que baja una señora mayor -le dice al colectivero. Y ese nudo en la garganta vuelve a ella como un fantasma. Le cuesta tanto preguntarle como se llama que le dice “abu”. Se lo apropio tan rápido como si quisiera evitar romper algún hechizo.Desde la primera vez que habló con ella en el parque y le dijo que su rostro le parecía familiar, hasta el momento en que decidió llevarla de regreso a donde pertenecía. Se tomó el colectivo con ella, caminó al lado de la señora descuidada y perdida. Quizás podría pasar por ella un día y llevarla a comer a un restaurante, pensó. Tocó el timbre del geriátrico y huyó sin mirar atrás, como temiendo ver un edificio en ruinas.



jueves, 9 de julio de 2026

el peso del cuerpo

Escucho el silbido 

de la pava

sostenida 

entre cuatro ladrillos

con su hollín, con su negrura,

como mis manos 

ásperas

y mi codo

que pesa tanto

tanto

apoyado 

en la rodilla.


Quisiera estar plantado en la tierra

en esta tierra

junto al peso invisible 

de mi existencia.


Sorbo 

el mate lavado y amargo

y veo,

detenidos en el aire,

infinitos girasoles

que se parecen a pájaros.


No podría estar más entripado

en mi galpón 

con olor a lo eterno.

Y ese crujido

ese

de mi corazón 

que no sabe lo que se siente

intentar atrapar el silencio.


Entrecierro los ojos ante tu presencia

hijo mío, porque no sé qué decir.


Si vieras

que no es solo nostalgia

ni es de orgulloso

por labrar esta tierra

con mis propias manos.

Que es el peso 

de mi cuerpo

que quiere ser aquí

enterrado.

lunes, 6 de julio de 2026

propiedades de la manzana

Mi mamá me habló  
de las propiedades  
de la manzana:  
de su color,  
de su sabor  
anaranjado.  

De que aquella parte  
se llamaba cabo. 

Y yo  
la imaginaba  
haciendo apenas pie  
en la pileta  
de su casa  
anaranjada.

martes, 30 de junio de 2026

Hoy la veré al fin.

Estoy loco. Más bien, ansioso. Desesperado. En cualquier momento sonará la alarma y yo ya dejé todo preparado. Tengo el diploma sobre la mesa, el recibo de sueldo de los últimos tres meses.

Estoy entusiasmado. Antes de despedirnos, le dije que me esperara, que en un año sería mi mejor versión. Ordené varias veces los trajes en el armario. Revisé la heladera, las plantas, el aroma que irrumpe desde el pasillo y se disipa en el baño.

Este proceso duró bastante y fue difícil, no puedo negarlo. Intenté poner en práctica parte de todo lo que me dijo un coach sobre cómo arreglar mi vida, ser positivo y esas cosas. Bueno, en realidad vi varios de sus videos y también fui un par de veces a terapia. Porque era así, tal cual: debía estar mejor preparado. "Para dar lo mejor, debo ser mejor".

Hoy, en unas horas, se cumple un año desde que terminé mi noviazgo con Laura. Lo sé porque sonará la alarma del calendario del celular. Le enviaré un mensaje en ese preciso instante para invitarla a venir. Le diré que no le mentí, que me perdone si la lastimé, pero que notará que era lo correcto. Que hice bien las cosas y que fue todo por ella. 

El vino ya está frío. Puse dos platos sobre la mesa y cambié las flores del florero. Todo tiene que estar perfecto cuando llegue. Solo falta pensar en como la convenceré de entrar. Hoy la veré al fin.

lunes, 22 de junio de 2026

Las manos de john


Sus manos cálidas
Sostienen las mías.
Llevan sobre si
cabellos lisos

Sus manos cálidas
Siembran dedos largos.
Llevan una marca,
una herida
de manos inquietas
                                              de loro.

Sus manos
conocen el borde
de cada silencio.
No preguntan.
Escriben.

domingo, 21 de junio de 2026

Carta LGBT

 

Si yo viviera enfrente de tu casa y de vez en cuando charláramos al cruzarnos por la calle, probablemente no me animaría a decirte en persona lo que hoy te escribo.

Quizás no encontraría las palabras para decirte que no veo en vos nada despreciable, ridículo ni digno de vergüenza.

Por eso te escribo.

Tal vez guardes esta carta en algún lugar y vuelvas a leerla cuando necesites compañía o tranquilidad. Si eso sucede, quiero que sepas algo desde el principio: no estás solo.

Puede que hayas pasado mucho tiempo intentando ocultar lo que sentís. Puede que hayas tratado de encajar, de cumplir con las expectativas de los demás o incluso de convencerte de que aquello que te hacía diferente iba a desaparecer.

Y puede que nadie conozca la lucha que llevás por dentro.

La angustia, el miedo, la culpa o la sensación de no pertenecer pueden convertirse en una carga muy pesada. A veces parecen capaces de apagar la alegría y la esperanza.

Pero quiero que sepas algo importante: no sos una aberración, no sos una mala persona y no hay nada vergonzoso en vos.

Sos un ser humano que está buscando comprenderse y encontrar paz consigo mismo.

Y ese camino empieza cuando dejamos de castigarnos por ser quienes somos.

La culpa puede ser destructiva. Nos hace creer que estamos solos, que nadie va a entendernos o que no merecemos ser aceptados.

Sin embargo, hay miles de personas que atravesaron experiencias parecidas. Personas que también tuvieron miedo, dudas e inseguridades. Personas que sufrieron por sentirse diferentes y que, aun así, lograron encontrar un lugar donde ser ellas mismas.

Por experiencia sé que aceptar nuestra realidad no es fácil. Muchas veces es uno de los desafíos más grandes de la vida.

Pero también sé que la aceptación puede convertirse en el comienzo de una nueva etapa.

Aceptar quién sos no significa rendirte. Significa dejar de pelear contra vos mismo.

Y cuando esa pelea termina, empieza a aparecer algo que durante mucho tiempo parecía imposible: la tranquilidad.

Cuando nos encontramos con personas que nos aceptan tal como somos, aprendemos a hacer algo que parecía imposible: aceptarnos nosotros mismos.

Es un alivio enorme descubrir que no hay que atravesar todo esto en soledad.

Poco a poco el miedo pierde fuerza. La vergüenza deja de ocupar tanto espacio. Y el pasado deja de ser una herida abierta para convertirse simplemente en una parte de nuestra historia.

Si llegaste hasta acá, espero que hayas comprendido que estas palabras no contienen ninguna condena.

Todo lo contrario.

Están escritas con respeto, con comprensión y con afecto.

Porque creo profundamente que tu vida tiene valor. Que merecés ser querido. Que merecés vivir con dignidad. Y que nadie debería pasar sus días escondiéndose por miedo a ser quien es.

Si alguna vez sentís que ya no podés solo, extendé la mano. Permití que alguien te acompañe.

Y si encontrás un lugar donde te sientas comprendido, cuidado y respetado, compartilo con otros.

Porque quizás haya otra persona esperando escuchar las mismas palabras que hoy llegaron a vos:

No estás solo. Nunca lo estuviste.

jueves, 11 de junio de 2026

cansada

-Estoy cansada de mí deseo -dijo Juliana al fin- Estoy cansada de tanto parloteo.
-¿Tanto me odias?
-No es odio, simplemente -suspiró- no es lo que esperaba.
-¿Que esperabas?
-Una conversación, no solo preguntas y más preguntas, me siento en un monólogo, no sé, esto me fastidia y necesito terminarlo.
-¿Que harás conmigo?
-Volveré todo al inicio, diré las palabras mágicas y volverás a ser un gato, Pelusa, solo un simple gato.





“Mi deseo” Romiku

-Estoy cansada de mi deseo -dijo Juliana al fin-. Estoy cansada de tanto parloteo.

-¿Tanto me odias?

-No es odio, simplemente... -suspiró-. No es lo que esperaba.

-¿Qué esperabas?

-Una conversación, no solo preguntas y más preguntas. Me siento en un monólogo. No sé, esto me fastidia y necesito terminarlo.

-¿Qué harás conmigo?

-Volveré todo al inicio. Diré las palabras mágicas y volverás a ser un gato, Pelusa. Solo un simple gato.


martes, 9 de junio de 2026

el gato

me invitó a sentarme al sofá
dije que no.
me invitó a probar las delicias
que se estaban cocinando
dije que no.
me invitó a mirar la televisión
a la otra habitación
dije que no.
El gato dormía en mí regazo
y por más que quisiera
tuve que decir que no.

domingo, 7 de junio de 2026

embrujar la noche (LILA)

 La puerta no hizo ningún sonido cuando la cerró. Se quedó unos minutos quieta, hasta que avanzó. Sus ojos se acostumbraban con tibieza a la falta de luz. Caminar a oscuras era algo que había aprendido de niña: cuidar los bordes de los muebles con pausa y discreción, esperando no despertar a nadie, enroscándose tímidamente en la figura de los pasillos que se abrían a su alrededor. Ahora que había escapado, sentía una enorme libertad para zambullirse en la noche y caminar hasta que no le dieran más los pies.

Recordaba su habitación cuando aún tenía un póster de su artista favorito y las paredes de color rosa pastel. Cómo, al entrar, el ambiente llevaba un olor particular. Era una mezcla de perfume juvenil y café, porque siempre dejaba una taza a medio tomar sobre el escritorio cuando estudiaba. La facultad le exigía muchas horas; leía página tras página intentando que algo entrara en su cabeza, pero no podía con tanto. Por eso salía despacio a embrujar la noche.

En algún momento dejó de llevar las llaves en el fondo de la cartera. Supuso que ahora, si mirara de vuelta, estaría llena de boletos de colectivo, chicles y tickets de compras.

-¿Te acordás de esos papelitos que nos daban? -dijo acomodándose en el asiento mientras aguardaba la llegada del bondi.

-Claro que sí, abu. Tenían impreso el precio del pasaje y la fecha. Había un pequeño festejo cuando salía el capicúa. ¡Qué nostalgia!

Pero ella no escuchó la respuesta. En su mente pensaba en que debería aún guardar alguna moneda de aquella época, como también algún encendedor metálico.

Se detuvo a revisar los bolsillos. Si tiene suerte, pensó, encuentra algo importante, como le pasó un día que miró un viejo saco de los que tenía colgados en el armario, llenos de polvo. Consideró varias veces dejar una carta ahí, para que cuando alguien la encuentre sepa más de su vida, o simplemente un mensaje bonito, como esas tarjetas que acompañaban las flores. Qué lindo era recibir rosas. No dejaba de abrir los brazos ante los regalos de cumpleaños y recordaba cómo se sentía acariciar ese mullido oso de peluche con un corazón grande entre las patitas.

Observó el paisaje que le era tan extraño y cercano a la vez. Hacía mucho que no escuchaba la melodía de la voz de los jovencitos que cuentan sus hazañas en la escuela: el que reprobó, el que pensaba en el sabor que tendría la comida del almuerzo, el que se disculpa cuando apenas roza con el zapato sus sandalias. Piensa en el perfume adolescente y en el café. Se despabila mirando la luz que atraviesa los árboles de todo el mundo, en el giro ruidoso de las ruedas que apenas parecen detenerse cada varias cuadras.

Hubiera querido aspirar el aire y que entraran en ella todos esos sentimientos que ve a su alrededor.

-Abu, levantate que ya hay que bajar.

-En la próxima parada, por favor, acérquese al cordón, que baja una señora mayor —le dijo al colectivero.

Y ese nudo en la garganta volvió a ella como un fantasma. Le costaba tanto preguntarle cómo se llamaba que le decía “abu”. Se lo apropió tan rápido como si quisiera evitar romper algún hechizo.

Desde la primera vez que habló con ella en el parque y le dijo que su rostro le parecía familiar, hasta el momento en que decidió llevarla de regreso a donde pertenecía, se tomó el colectivo con ella, caminó al lado de la señora descuidada y perdida. Quizás podría pasar por ella un día y llevarla a comer a un restaurante, pensó. Tocó el timbre del geriátrico y huyó sin mirar atrás, como temiendo ver un edificio en ruinas.

sábado, 6 de junio de 2026

café literario biblioteca aniversario

Herida Herida Herida...
¿Quien te hirió tanto para dejarte tan en pedazos?
¿Cuánto dolor guardas en tu interior?

-Bajé la guardia y me encontré.-
Me calaste tan hondo 
Que acariciaste mis miedos.
(¿Cuánto oculté para que mí sinceridad se sienta como un salto al abismo?)

Consigna:
1)Pregunta con la palabra que toca
2) respuesta posible en un libro random 
3) Responder la pregunta sin parar de escribir.

¿Quien te hirió tanto para dejarte tan en pedazos?
¿Cuánto dolor guardas en tu interior?
La brisa del otoño me inquieta
Me siento parte de esa hoja leve
Que cae sobre la vereda gris.
Si me preguntará, 
de nuevo, 
que tan doloroso 
es este desierto. 
Probablemente 
No, seguramente
De nuevo
Hablaría de ti.

¿Quien
 te hirió tanto para 
dejarte tan en pedazos?
¿Cuánto dolor guardas en tu interior?
La brisa del otoño me inquieta
Me siento parte de esa hoja leve
Que cae sobre la vereda gris.
Si me preguntará, 
de nuevo, 
que tan 
doloroso 
es este 
desierto. 
De nuevo
Hablaría de ti.

martes, 2 de junio de 2026

El vestido de Terciopelo -continuacion propia-

 La voz de desamparo de Casilda sobre el vestido de terciopelo atrajo la atención de la sirvienta que entró lentamente como esperando una sanción por ingresar sin permiso ¡Que risa!

No medio palabra alguna. Se acercó al cuerpo de Cornelia Catalpina y la observó unos segundos. Luego miró hacia la ventana, donde los vendedores ambulantes con sus voces traspasaban el aire con ecos sórdidos de naturaleza furtiva. Se desabrocho el uniforme. Desató su cabello tan enredado y prolijo y se lo acomodó en torno a los costados de su rostro con líneas rulosas y libres. Entonces se levantó y salió de la habitación, orgullosa, dejando detrás todas las puertas abiertas.

lunes, 1 de junio de 2026

huésped carta

Madre:
No sé si hice bien en seguir tus recomendaciones. Sé que la relación con mí esposa luego de tres años no iba bien, pero traer a un huésped lo hizo peor. Intento no darle motivos para preocuparse, le dije varias veces que es inofensivo pero aún así queja que te queja, una tras otra. Me dice que es un peligro pero yo no lo veo así. 
Madre, no sé cómo seguiran las cosas mientras salga a hacer mis negocios. Siento que debería hacer algo antes de ausentarme por 20 días del hogar y dejar a esa loca con el huésped y con mis hijos. Pero si no traígo dinero a la mesa no sería hombre. Debo tomar riendas de lo que me corresponde y luego, cuando se de la ocasión meditare lo apropiado sobre mí matrimonio y sobre el invitado de la casa que por su bien lleve.
Espero verte pronto madre,
Saludos atte.

lunes, 25 de mayo de 2026

Los atardeceres perdidos (LILA)

 Mi mamá siempre me decía que todos tenemos sombra. Era chico y la escuchaba mientras amasaba tortas fritas. Los días que jugaba a la pelota en el parque con mis compañeritos del jardín, a veces me quedaba quietito, mirando como esas capas oscuras que iban desde sus zapatillas marcaban la tierra de negro. No podía ver lo mismo en mi. No importaba cuantas vueltas diera sobre el margen el sol, o que tan alto estaba el astro en el cielo: yo no me veía ninguna imagen gris atada a mis pies.

Por un tiempo creí que debía tener el mismo problema que Peter Pan. Como él que llamaba a su sombra y se peleaba para tomarla y que Wendy intentaba cosérsela. Pero, ¿Cómo se llamaría mi sombra? ¿Cómo podría nombrarla para atraerla y atarla a mi ser? Pase noches pensando en eso. Llamándola como se me ocurriera en la calle, mientras mis compañeros se reían de mi. Hasta que en algún momento simplemente lo olvidé. 

Los años hacen escombros de los atardeceres perdidos y yo crecí olvidando el miedo a madurar. Dejando atrás mis sueños bajo el cielo azul. ¿Desde cuando es importante tener sombra? me preguntaba, hasta que dejé de hacerlo.

Me recibí, formé una familia, acuné un bebé y sostuve un trabajo excepcional. Fabrique estructuras solidas y arquitecturas brillantes sobre el cemento. Mi nombre titulo los mas grandes edificios centrales. 

Pasaron los años y los edificios siguieron en pie. Mi mujer se fue cansando de hablarle a un hombre que respondía con planos y presupuestos. Mis hijos crecieron y dejaron de llamarme. Decían que siempre estaba en otro lado, aunque estuviera sentado frente a ellos

El día que falleció mi mamá me sentí envejecido. Estaba en el baño listo para el día laboral. Me puse mi traje y me mire al espejo pero no era yo quien se encontraba dibujado en el reflejo. Por mas que me observara una y otra vez, mi silueta era gris, como una sombra. Pero ya me preocupaban otras cosas: que la rodilla no me crujiera al bajar las escaleras, que los nombres no se me fueran de la cabeza, que el sol de mediodía me cansara más rápido que antes. 

Volví al parque una última vez. Estaba igual que antes, pero más chico. O yo más grande. El columpio chirriaba vacío. Me senté en el banco y esperé que el sol se pusiera para ver si, por fin, aparecía algo en el piso.

Al fin la vi, era una mancha oscura y delgada como mis frágiles huesos. Me refregué los ojos para verla mejor y ahí estaba. Esperándome. Pensé en que si pudiera, la abrazaría. Pensé en todo lo que fui y en todo lo que no me dedique a buscar en mi. En cuando era aquel chico que corría detrás de la pelota, o aquel joven que se creía eterno; y hoy que soy un hombre grande que aprendió tarde que no se necesita ver la sombra para saber que la trae puesta. 

Ahora, que ya es tarde, entiendo a mi mamá. Todos tenemos sombra. Solo que algunas, con los años, dejan de proyectarse afuera y empiezan a vivir dentro. Y es cierto, no se van nunca.