Escucho el silbido
de la pava
sostenida
entre cuatro ladrillos
con su hollín, con su negrura,
como mis manos
ásperas
y mi codo
que pesa tanto
tanto
apoyado
en la rodilla.
Quisiera estar plantado en la tierra
en esta tierra
junto al peso invisible
de mi existencia.
Sorbo
el mate lavado y amargo
y veo,
detenidos en el aire,
infinitos girasoles
que se parecen a pájaros.
No podría estar más entripado
en mi galpón
con olor a lo eterno.
Y ese crujido
ese
de mi corazón
que no sabe lo que se siente
intentar atrapar el silencio.
Entrecierro los ojos ante tu presencia
hijo mío, porque no sé qué decir.
Si vieras
que no es solo nostalgia
ni es de orgulloso
por labrar esta tierra
con mis propias manos.
Que es el peso
de mi cuerpo
que quiere ser aquí
enterrado.
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