- Dar
espacio a la pausa. Al vacío.
- Intentar
que el silencio también "diga" algo.
- Imaginar
un "paisaje sonoro" para una escena determinada.
- "Hacer"
vivos "el/los cuerpos" de los personajes sin
"describirlos". Dejando que hable el movimiento.
Camino por las ruinas tratando de recordar. Había sido su casa después de todo.
Desliza el bastón para levantarse y piensa en cómo será el camino de regreso.
Pero solo puede sonreír al ver a su nieta
La puerta no hizo ningún sonido cuando la cerré. Se queda unos minutos quieta hasta que avanza. Sus ojos se acostumbraban tibiamente a la falta de luz. Caminar a oscuras era algo que había aprendido de niña: cuidar los bordes de los muebles con pausa y discreción, esperando no despertar a nadie, tímidamente enroscándose en la figura de los pasillos que se abrían a mi alrededor.La habitación tenía un póster de mi artista favorito, igual que las paredes. Al entrar, el olor era una mezcla de perfume juvenil y café, porque siempre dejaba una taza a medio tomar sobre el escritorio cuando estudiaba. La facultad le exigía muchas horas; leía página tras página intentando que algo entrara en la cabeza, pero no podía con tanto. Por eso, cada noche salía despacio a embrujar la noche.En algún momento dejó de llevar las llaves en el fondo de la cartera. Supongo que ahora estaría llena de boletos de colectivo. -¿Te acordás de esos papelitos que nos daban? Dijo acomodándose en el asiento mientras aguardaba la llegada del bondi. - Claro que si, abu. Tenían impreso el precio del pasaje y la fecha. Había un pequeño festejo cuando salía el comodín. ¡Que nostalgia!Pero ella no escucha, piensa en que debería aun guardar alguna moneda de aquella época.Hoy en día revisa sobre todo los bolsillos. Si tiene suerte, encuentra algo importante en algún viejo saco de los que tiene colgados en el armario, lleno de polvo. Pensó varias veces en dejar una carta ahí, para que cuando la encuentren sepan más de su vida, o simplemente un mensaje bonito, como esas tarjetas que acompañaban las flores. Qué lindo era recibir rosas. Se sonrojaba tanto. No dejaba de abrir los brazos ante los regalos y recuerda como se siente acariciar ese oso de peluche con un corazón grande entre las patitas.El paisaje es tan extraño y cercano a la vez. Ella desliza el bastón para levantarse y piensa en como será el camino de regreso. Hace mucho que no escuchaba la melodía de la voz de los jovencitos que cuentan sus hazañas en la escuela. El que reprobó y el que pensaba en el sabor que tendría la comida del almuerzo. El que se disculpa cuando apenas roza con el zapato a sus sandalias. Piensa en el perfume adolescente y en el café. Se despabila apenas mirando la luz que atraviesa los arboles de todo el mundo en el giro ruidoso de las ruedas que apenas parecen detenerse cada varias cuadras.Quisiera respirar y que entrara en ella todos esos sentimientos que ve a su alrededor. Pero solo puede sonreír al ver a su nieta.-Abu, levántate que ya hay que bajar. En la próxima parada por favor, cerca de la cuadra que es una señora mayor, grita. Y ese nudo en la garganta vuelve a ella como un fantasma. Le cuesta tanto llamarla por su nombre que le dice abu. Se acostumbro como si quisiera evitar romper algún hechizo.Desde la primera vez que hablo con ella en el parque y dijo que su rostro le parecía familiar. Hasta el momento que decidió llevarla de regreso a donde pertenecía. Se tomo el colectivo con ella, camino a la par de la señora descuidada y perdida. Quizás podría pasar por ella un día y llevarla a comer a un restaurante pensó. Toco el timbre del geriátrico y huyo sin mirar atrás. Como temiendo que eso significará ver un edificio en ruinas.
La puerta no hizo ningún sonido cuando la cerró. Se quedó unos minutos quieta, hasta que avanzó. Sus ojos se acostumbraban con tibieza a la falta de luz. Caminar a oscuras era algo que había aprendido de niña: cuidar los bordes de los muebles con pausa y discreción, esperando no despertar a nadie, enroscándose tímidamente en la figura de los pasillos que se abrían a su alrededor. Ahora que había escapado sentía una enorme libertad para zambullirse en la noche y caminar hasta que no le dieran mas los pies.Recordaba su habitación cuando aun tenía un póster de su artista favorito, y las paredes de color rosa pastel. Como al entrar, el ambiente llevaba un olor particular. Era una mezcla de perfume juvenil y café, porque siempre dejaba una taza a medio tomar sobre el escritorio cuando estudiaba. La facultad le exigía muchas horas; leía página tras página intentando que algo entrara en la cabeza, pero no podía con tanto. Por eso, cada noche salía despacio a embrujar la noche.En algún momento dejó de llevar las llaves en el fondo de la cartera. Supuso que ahora, si mirará de vuelta, estaría llena de boletos de colectivo, chicles y tickets de compras.-¿Te acordás de esos papelitos que nos daban? -dijo acomodándose en el asiento mientras aguardaba la llegada del bondi.-Claro que sí, abu. Tenían impreso el precio del pasaje y la fecha. Había un pequeño festejo cuando salía el comodín. ¡Qué nostalgia!Pero ella no escucho la respuesta. En su mente pensaba en que debería aún guardar alguna moneda de aquella época como también algún encendedor metálico.Se detiene a revisar los bolsillos. Si tiene suerte, piensa, encuentra algo importante como le paso un día que miro un viejo saco de los que tiene colgados en el armario, llenos de polvo. Considero varias veces en dejar una carta ahí, para que cuando alguien la encuentre sepa más de su vida, o simplemente un mensaje bonito, como esas tarjetas que acompañaban las flores. Qué lindo era recibir rosas. No dejaba de abrir los brazos ante los regalos de cumpleaños y recordaba cómo se sentía acariciar ese mullido oso de peluche con un corazón grande entre las patitas.Observa el paisaje que le es tan extraño y cercano a la vez. Hace mucho que no escuchaba la melodía de la voz de los jovencitos que cuentan sus hazañas en la escuela: el que reprobó, el que pensaba en el sabor que tendría la comida del almuerzo, el que se disculpa cuando apenas roza con el zapato sus sandalias. Piensa en el perfume adolescente y en el café. Se despabila mirando la luz que atraviesa los árboles de todo el mundo, en el giro ruidoso de las ruedas que apenas parecen detenerse cada varias cuadras.Quisiera aspirar el aire y que entraran en ella todos esos sentimientos que ve a su alrededor. .-Abu, levántate que ya hay que bajar.-En la próxima parada, por favor, acércate a la cuadra que baja una señora mayor -le dice al colectivero. Y ese nudo en la garganta vuelve a ella como un fantasma. Le cuesta tanto preguntarle como se llama que le dice “abu”. Se lo apropio tan rápido como si quisiera evitar romper algún hechizo.Desde la primera vez que habló con ella en el parque y le dijo que su rostro le parecía familiar, hasta el momento en que decidió llevarla de regreso a donde pertenecía. Se tomó el colectivo con ella, caminó al lado de la señora descuidada y perdida. Quizás podría pasar por ella un día y llevarla a comer a un restaurante, pensó. Tocó el timbre del geriátrico y huyó sin mirar atrás, como temiendo ver un edificio en ruinas.
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