jueves, 20 de abril de 2023

Alias

 Lo que mejor le salía a mi papá era inventar apodos. El primero fue Romin-Hood, porque no paraba de ver la película animada de zorros, la de Kevin Costner y de Los Muppets. Le siguió Roña, cuando me enamore del personaje de la telenovela. Mi primer amor y mi gran desamor, porque no paso mucho tiempo que le pusieron una parejita.

Lluvita me lo inventaron en el colegio secundario. Era un día normal, a la salida de clases nos íbamos a pasear por los locales próximos a la plaza, y sin aviso alguno, se larga una terrible tormenta. Mis compañeros, que debemos haber sido unos ocho chicos, comenzaron a caminar a modo indio, uno detrás de otro para no mojar el uniforme del colegio. Era un proceso muy lento y cansador. Fue que dispare la frase más radical que mi mente creo:"Si me tengo que mojar, mejor me mojo de una" y comencé a caminar apartada, bien debajo de la lluvia. Las gotas no duraron más de 5 minutos reloj. Y la única mojada resulté ser yo. El cántico que no sé quién empezó fue:" Lluvita seguí a la lluvia". La mañana siguiente, entre risas, todos me decían así.

Mi papá sonrió contento cuando le conté en casa, como si hubiera surgido un nuevo conjuro. En resumen, fue mi apodo también en casa. Incluso lo usaba cuando tenía que inventar un usuario en internet y ni te digo las veces que lo uso de contraseña. Me acostumbré tanto que use Lluvita por toda mi adolescencia.

Todo cambio cuando conocí a mi marido dentro de un chat. Aquella ocasión no use Lluvita, sino Miku. Referido a una cantante japonesa virtual que no era famosa fuera de Japón. Casualmente, él también la escuchaba y fue lo primero que tuvimos en común.

En recuerdo a ese día mi anillo de compromiso lleva ese nombre, al igual que el de casamiento. Pero a mi papá no le gustaba. Era como cambiarme el nombre por completo, como que faltaba una rima, y fue una noche que me llamo a comer que le surgió un: "Ro-Romiku a cenar". Quedó. Como sucede cuando uno le dice un nombre mimoso a una mascota. 

sábado, 15 de abril de 2023

Aceptación

Llegó el día. Suena la alarma. Recién empezaba la mañana. La psicóloga me dijo que ponga música. No quiero. Aún no. Tomo la pastilla recetada.

Seguiré con la lista prearmada. Me tranquilizo. Está todo anotado en la hoja. Junto al imán de la heladera. Cierro los ojos. Respiro hondo. 

Miro alrededor. Me pongo los guantes. Inicio la obra. La casa estaba en ruinas. 

Primero retiré la parte superficial. Lo más a mano. Lo más reciente. Había mucha basura. Cuando al fin encontré la escoba, barrí. Barrí con fuerza todo.

Me veo al pasar. No me reconozco. Hace mucho que no me reflejaba. Era mi imagen en el baño. Lo sé. Solo había olvidado su existencia.

Encontré un muro. Era la pared. Seguí. Seguí enterrándome en la profundidad. Ahora hacia el suelo. Vi la primera cerámica marrón en años. No me detuve. Continúe. 

Llené las bolsas negras de consorcio. Las azules del supermercado. Las cajas que encontré.

Abrí la puerta. Entro un firme viento nocturno. Por tercera vez en el año veo la calle. Retiro una caja con desechos. Le siguen más. Parte de mi queda en la vereda.

Cuando llegó el camión de la basura me despedí. Llore. Allí, con todo lo que junté, viajaba mi depresión.