Lo vi mientras cerraba los ojos. Afuera, los pájaros ya cantaban el inicio del día. Hablaban en su canto sobre el olor a pan fresco y sobre la soledad del invierno, esperanzados de encontrar pareja en primavera. Eso es lo que se comunican a la hora en que el sol despierta, o eso me imagino.
De chica, los imaginaba contándose historias, al igual que
mis padres. Cuando era tarde, de noche, mi papá llegaba del trabajo y, mientras
se quitaba el traje, le comentaba a mi mamá cómo progresaba en un proyecto que,
haciendo memoria, no tengo idea de qué trataba. Nunca pregunté de qué trabajaba
y tampoco lo conocí mucho. Solo lo miraba como a un desconocido cuando abría la
puerta y me mandaba a dormir, o temprano a la mañana, cuando lo saludaba para
irme a la escuela.
No recuerdo bien el día en que decidió no volver, pero sí
recuerdo ver a mi mamá sufriendo calladamente. En ese momento aprendí que entre
las aves se cuentan cosas y que sus cantos son los chismes del barrio.
Un gorrión, de esos que comen semillitas en el jardín de mi
casa, me imagino que empezó todo. Le contó a otro sobre la separación de mis
padres. También le contaron sobre una panza que crecía en otro barrio, más
distante, y así llegó a los oídos de mi mamá.
La escuché cuando me hacía la comida y decía cuánto deseaba
haber notado antes las cosas que hacía mi papá. Cómo mi abuela le insistía con
que la falta de cuidados en la casa hacía que el hombre se fuera a buscarlo
afuera. Pero yo sabía que no era así.
El cansancio estaba siempre ahí, al lado del armario. Lo sé
porque ella lo abría, miraba la ropa vieja que ya no le entraba y, cuando lo
cerraba, se miraba al espejo y sonreía.
Mi nacimiento se había desgarrado en su cintura. Eso me dijo
mi tía. La cicatriz que mi mamá escondía y que le prohibió volver a usar
bikinis, y que le producía desvelos cuando miraba la hora y mi padre no
llegaba.
Por eso decidí soltar.
Eso vi.
Vi cómo mi alma se escapaba mientras cerraba los ojos.