jueves, 11 de junio de 2026
cansada
martes, 9 de junio de 2026
el gato
domingo, 7 de junio de 2026
embrujar la noche
La puerta no hizo ningún sonido cuando la cerró. Se quedó unos minutos quieta, hasta que avanzó. Sus ojos se acostumbraban con tibieza a la falta de luz. Caminar a oscuras era algo que había aprendido de niña: cuidar los bordes de los muebles con pausa y discreción, esperando no despertar a nadie, enroscándose tímidamente en la figura de los pasillos que se abrían a su alrededor. Ahora que había escapado, sentía una enorme libertad para zambullirse en la noche y caminar hasta que no le dieran más los pies.
Recordaba su habitación cuando aún tenía un póster de su artista favorito y las paredes de color rosa pastel. Cómo, al entrar, el ambiente llevaba un olor particular. Era una mezcla de perfume juvenil y café, porque siempre dejaba una taza a medio tomar sobre el escritorio cuando estudiaba. La facultad le exigía muchas horas; leía página tras página intentando que algo entrara en su cabeza, pero no podía con tanto. Por eso salía despacio a embrujar la noche.
En algún momento dejó de llevar las llaves en el fondo de la cartera. Supuso que ahora, si mirara de vuelta, estaría llena de boletos de colectivo, chicles y tickets de compras.
-¿Te acordás de esos papelitos que nos daban? -dijo acomodándose en el asiento mientras aguardaba la llegada del bondi.
-Claro que sí, abu. Tenían impreso el precio del pasaje y la fecha. Había un pequeño festejo cuando salía el capicúa. ¡Qué nostalgia!
Pero ella no escuchó la respuesta. En su mente pensaba en que debería aún guardar alguna moneda de aquella época, como también algún encendedor metálico.
Se detuvo a revisar los bolsillos. Si tiene suerte, pensó, encuentra algo importante, como le pasó un día que miró un viejo saco de los que tenía colgados en el armario, llenos de polvo. Consideró varias veces dejar una carta ahí, para que cuando alguien la encuentre sepa más de su vida, o simplemente un mensaje bonito, como esas tarjetas que acompañaban las flores. Qué lindo era recibir rosas. No dejaba de abrir los brazos ante los regalos de cumpleaños y recordaba cómo se sentía acariciar ese mullido oso de peluche con un corazón grande entre las patitas.
Observó el paisaje que le era tan extraño y cercano a la vez. Hacía mucho que no escuchaba la melodía de la voz de los jovencitos que cuentan sus hazañas en la escuela: el que reprobó, el que pensaba en el sabor que tendría la comida del almuerzo, el que se disculpa cuando apenas roza con el zapato sus sandalias. Piensa en el perfume adolescente y en el café. Se despabila mirando la luz que atraviesa los árboles de todo el mundo, en el giro ruidoso de las ruedas que apenas parecen detenerse cada varias cuadras.
Hubiera querido aspirar el aire y que entraran en ella todos esos sentimientos que ve a su alrededor.
-Abu, levantate que ya hay que bajar.
-En la próxima parada, por favor, acérquese al cordón, que baja una señora mayor —le dijo al colectivero.
Y ese nudo en la garganta volvió a ella como un fantasma. Le costaba tanto preguntarle cómo se llamaba que le decía “abu”. Se lo apropió tan rápido como si quisiera evitar romper algún hechizo.
Desde la primera vez que habló con ella en el parque y le dijo que su rostro le parecía familiar, hasta el momento en que decidió llevarla de regreso a donde pertenecía, se tomó el colectivo con ella, caminó al lado de la señora descuidada y perdida. Quizás podría pasar por ella un día y llevarla a comer a un restaurante, pensó. Tocó el timbre del geriátrico y huyó sin mirar atrás, como temiendo ver un edificio en ruinas.
sábado, 6 de junio de 2026
café literario biblioteca aniversario
martes, 2 de junio de 2026
El vestido de Terciopelo -continuacion propia-
La voz de desamparo de Casilda sobre el vestido de terciopelo atrajo la atención de la sirvienta que entró lentamente como esperando una sanción por ingresar sin permiso ¡Que risa!
No medio palabra alguna. Se acercó al cuerpo de Cornelia Catalpina y la observó unos segundos. Luego miró hacia la ventana, donde los vendedores ambulantes con sus voces traspasaban el aire con ecos sórdidos de naturaleza furtiva. Se desabrocho el uniforme. Desató su cabello tan enredado y prolijo y se lo acomodó en torno a los costados de su rostro con líneas rulosas y libres. Entonces se levantó y salió de la habitación, orgullosa, dejando detrás todas las puertas abiertas.
lunes, 1 de junio de 2026
manos
romiku
huésped carta
lunes, 25 de mayo de 2026
Los atardeceres perdidos
Mi mamá siempre me decía que todos tenemos sombra. Era chico y la escuchaba mientras amasaba tortas fritas. Los días que jugaba a la pelota en el parque con mis compañeritos del jardín, a veces me quedaba quietito, mirando como esas capas oscuras que iban desde sus zapatillas marcaban la tierra de negro. No podía ver lo mismo en mi. No importaba cuantas vueltas diera sobre el margen el sol, o que tan alto estaba el astro en el cielo: yo no me veía ninguna imagen gris atada a mis pies.
Por un tiempo creí que debía tener el mismo problema que Peter Pan. Como él que llamaba a su sombra y se peleaba para tomarla y que Wendy intentaba cosérsela. Pero, ¿Cómo se llamaría mi sombra? ¿Cómo podría nombrarla para atraerla y atarla a mi ser? Pase noches pensando en eso. Llamándola como se me ocurriera en la calle, mientras mis compañeros se reían de mi. Hasta que en algún momento simplemente lo olvidé.
Los años hacen escombros de los atardeceres perdidos y yo crecí olvidando el miedo a madurar. Dejando atrás mis sueños bajo el cielo azul. ¿Desde cuando es importante tener sombra? me preguntaba, hasta que dejé de hacerlo.
Me recibí, formé una familia, acuné un bebé y sostuve un trabajo excepcional. Fabrique estructuras solidas y arquitecturas brillantes sobre el cemento. Mi nombre titulo los mas grandes edificios centrales.
Pasaron los años y los edificios siguieron en pie. Mi mujer se fue cansando de hablarle a un hombre que respondía con planos y presupuestos. Mis hijos crecieron y dejaron de llamarme. Decían que siempre estaba en otro lado, aunque estuviera sentado frente a ellos
El día que falleció mi mamá me sentí envejecido. Estaba en el baño listo para el día laboral. Me puse mi traje y me mire al espejo pero no era yo quien se encontraba dibujado en el reflejo. Por mas que me observara una y otra vez, mi silueta era gris, como una sombra. Pero ya me preocupaban otras cosas: que la rodilla no me crujiera al bajar las escaleras, que los nombres no se me fueran de la cabeza, que el sol de mediodía me cansara más rápido que antes.
Volví al parque una última vez. Estaba igual que antes, pero más chico. O yo más grande. El columpio chirriaba vacío. Me senté en el banco y esperé que el sol se pusiera para ver si, por fin, aparecía algo en el piso.
Al fin la vi, era una mancha oscura y delgada como mis frágiles huesos. Me refregué los ojos para verla mejor y ahí estaba. Esperándome. Pensé en que si pudiera, la abrazaría. Pensé en todo lo que fui y en todo lo que no me dedique a buscar en mi. En cuando era aquel chico que corría detrás de la pelota, o aquel joven que se creía eterno; y hoy que soy un hombre grande que aprendió tarde que no se necesita ver la sombra para saber que la trae puesta.
Ahora, que ya es tarde, entiendo a mi mamá. Todos tenemos sombra. Solo que algunas, con los años, dejan de proyectarse afuera y empiezan a vivir dentro. Y es cierto, no se van nunca.
martes, 19 de mayo de 2026
Distancias
El entorno aburrido y rutinario hacia que
no pudiera dejar de mirarla. Ella estaba acostumbrada a mi, pero para alguien
como yo, me generaba mucha curiosidad.
Primero la ropa. No presenciaba
generalmente a mis pies seres con un enigmatico y atado sistema color blanco
sobre un vestido celeste. Despues porque me gustaba ver ventilando las telas
brillosas y perceptiblemente suaves que dejaba sobre un objeto largo y duro
color apagado. A veces se sentaba en un mullido y viejo verdoso mueble.
Nunca ocupaba la vista en mi, pero si al
horizonte y a los otros que me acompañan en este lugar.
Quisiera aprender mas de su vocablo, de sus
movimientos. La idea de frexionar los brazos, levantarlos y bajarlos. Cantar,
como ella. Silbar. Entender que ese humo que sale del agua marronada.
Daria el alma para estar ahí dentro. Pero
se que no somos lo mismo, y escucho a los niños humanos llamarme una y otra
vez, señor jirafa.
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El entorno aburrido y rutinario hacía que no pudiera apartar la mirada de ella. Estaba acostumbrada a mí, pero para alguien como yo, su presencia despertaba una curiosidad irresistible. Primero, su ropa. Casi nunca veía, a mis pies, seres con ese enigmático sistema blanco atado sobre un vestido celeste. Luego estaba la forma en que agitaba las telas brillantes y suaves que dejaba sobre el objeto largo y duro de color apagado. A veces se sentaba en el mullido y viejo mueble verdoso. Nunca posaba sus ojos en mí. Su mirada siempre se perdía en el horizonte o en los otros que me acompañaban en este encierro. Quisiera aprender su lenguaje, imitar sus movimientos: flexionar los brazos, levantarlos y bajarlos como ella. Cantar. Silbar. Entender qué es ese humo que sale del agua amarronada que sostiene entre las manos. Daría el alma por estar ahí dentro, del otro lado de los barrotes. Pero sé que no somos lo mismo. Y cada día escucho a los niños humanos llamarme una y otra vez: "Señor Jirafa".
miércoles, 13 de mayo de 2026
perfecto
domingo, 10 de mayo de 2026
sepia
domingo, 3 de mayo de 2026
instinto
viernes, 1 de mayo de 2026
Bespoke
Pensé en mi abuela. No porque en este preciso momento me estén haciendo un traje a medida. Ella no era modista ni se dedicaba a nada similar. Fue un segundo que cruzo su voz en mi mente. Quizás porque me imagino que si estuviera aquí, estaría orgullosa de verme hoy. Me encantaría poder contarle que el presidente de la compañía en la que trabajo me envió a este lugar, dijo que él pagaría todo. Que debo verme bien en la próxima reunión, que me daría un jugoso aumento y me haría vicepresidente.
No, no es eso. Mientras el costurero me pregunta sobre mis preferencias de color, algo más me inunda el pensamiento. Estoy encajado en esa ficha de mis preocupaciones a la vez que el sastre busca evaluar mi postura, la simetría de mis hombros. No sé por qué se me meten ideas de mi niñez; es que algo me inquieta en la superficie, como si me desgarrara un déjà vu, con el sastre intentando convencerme sobre los ojales funcionales.
De la nada, revivo pesadillas como si viera una película en blanco y negro. Veo a mi abuela remendando los pantalones que usaba para ir a la escuela. Nunca dejes que te cosan la ropa directamente sobre tu cuerpo, decía una y otra vez. Estas llamando a la muerte si no tienes un talismán, explicaba, un hilo en la boca siempre, niño mío.
Vuelvo a la realidad al escuchar al sastre que llega con el traje testigo y me lo pongo. Me observo en el espejo con lo que seria el esquema vivo del traje que llevaré. Noto mi sudor cayendo por la frente. Acomodo la garganta pero mi voz no sale, como si tuviera la boca cosida al momento de querer gritar. Miro hacia todos lados. No veo al señor, no veo hilo del cual aferrarme. Solo dame un tiempo mas, Dios, te lo pido, rezo. Pero ya es tarde, siento la aguja en mi espalda atravesando la tela una y otra vez.
viernes, 20 de marzo de 2026
cómo soñar a un hombre
Estos pasos, junto a los consejos, le permitiran cumplir con esa labor sin inconvenientes. Tenga en cuenta que si se equivoca o saltea algún paso, siempre puede volver hacia atrás, en tanto no le de aun las ultimas configuraciones técnicas y álmicas.
Por ejemplo si piensa en su boca, como fauces monstruosas, ocurrirá que no quiera besarlo. En cambio si imagina unos labios suaves, pulposos, que saben hablar de amor, se encontrará en una situación distinta.
Sepa que es imposible, o casi, imaginarlo desnudo por lo que la primera indicación para este método es que visite mercados de ropa y piense como se visten en su entorno. Como la ropa da carácter, por ejemplo el mas conocido cuello tortuga de un aspirante filosófico o la bata de un medico. No es necesario echarle varios días a esta consigna porque, como mencione, lo verá vestido.
Lo siguiente es poblar ese bien estructurado cuerpo. Si quiere que sus manos sean finas y sepan distinguir con las yemas de sus dedos unas caricias dulces, o un hombre de manos duras de tanto labrar la tierra.
La parte intelectual le puede tomar un par de días más, sepa que es normal no decidirse, si por un hombre estructurado y fanático de las ciencias, o por uno que desea pasar el día viendo películas. Por el hombre que mire al cielo y derrame una lagrima o el que escuche las aves y comente sobre su estructura esquelética.
Si lo piensa demasiado puede ocasionar que su hombre sea excesivamente detallista o mientras observa la luna que le guste reflexionar en silencio sobre su nula vida anterior. Porque como buen ente creado mediante un sueño, no tiene pasado y poco podría pensar del futuro. Tenga mucha precaución de cómo surge la conversación cuando llegue a este paso, podría él odiarla, desear no haber sido soñado y lastimar sus sentimientos o escaparse.
Si usted ya tiene un hombre, esposo o novio en su casa, que puede estar soñando en ese preciso instante con una mujer, su ser soñado irse enamorado de ella. Por ello, este manual anticipa que no se hace cargo de situaciones de divorcio o problemas similares al despertar.