viernes, 14 de agosto de 2026

apego

Tenía todo bajo control. Desde que estoy en la organización, me comporté como corresponde. Sabía desde el inicio que un don como el mío era único y que me necesitaban. No solo el país, sino el destino de todo el mundo estaba en mis manos. Por ello, seguí mi entrenamiento. Tomé el reglamento bajo el brazo y acondicioné cada parte de mi cuerpo, desde los músculos hasta la mente, convirtiéndolos en estructuras precisas de pensamientos rígidos.

Fueron ellos quienes se volvieron cada vez más tercos. No querían ser perseguidos ni asesinados. Tenían el control de cosas que no debían y se manejaban con un perfil bajo. El horror nos miraba a la cara y seguía caminando entre las calles inseguras. Por eso, cuando me llegó el plan, lo acepté y me dediqué exclusivamente a ello. Aunque me tomara años.

La agencia se dedicó a encontrar a un hombre atractivo y sumamente idiota, como para que mi identidad real nunca pasara, ni por un segundo, por su mente. Era lo esperado: por su forma de pensar, por su interpretación de la vida y por sus ideales. Se casó conmigo con una facilidad casi absurda.

Todo era parte del plan. Debía pasar inadvertida, sin que me notaran, en un restaurante de lujo donde esas pesadillas bípedas celebraban ceremonias y creían estar ocultas.

Así nació mi hija. Era una pieza más, la última que faltaba en mi rompecabezas. Cuando llegó a la edad adecuada, avisé a la organización y nos dieron las invitaciones para asistir al evento donde, por fin, eliminaría al mal.

La vestí preciosa, elegante e infantil a la vez. Llevaba su peluche de unicornio, que representaba un apego fuerte y necesario para su etapa de crecimiento. Mi marido llevaba un traje fino con moño y yo, un vestido azul, muy atractivo y audaz, que combinaba con el suyo.

El plan incluía cenar allí y escuchar un discurso sobre el dominio de voluntades, con ciertos aires filosóficos, para no levantar sospechas. Mientras tanto, revisaría que todos pertenecieran a la misma entidad. Finalmente, debía dar aviso a mi comandante y huir mientras iniciaban «El Desarme».

Todo está perfecto, hasta que nada lo está. Siento cómo me miran. Tendré que llamar y cancelarlo todo o apurarlo. La presión es mayor de lo que pensé. Decido lo segundo y tomo a mi hija.

Si salgo lo más rápido posible del lugar y los encierro, será todo más fácil. No tendré que volver a ver sus desfiguradas caras nunca más.

No puedo arrepentirme ya. Corro con ella en brazos y mi esposo me sigue sin entender nada. Estoy a metros de la salida y no me alcanzan. Cierro la puerta, consigo trabarla y escucho el inicio de un llanto.

Mi pequeña no tenía a su unicornio. Lloraba. Me balbuceaba tímidamente, entre sus palabras entrecortadas, que le faltaba su peluche y que quería volver por él.

Miré hacia la puerta. Del otro lado seguían los gritos, los pasos apresurados y las voces de los agentes preparándose para iniciar «El Desarme».

Solo tenía que esperar. Solo tenía que obedecer. Pero ella volvió a extender sus pequeños brazos hacia la puerta.

-Quiero mi unicornio, mamá.

Sentí que algo se quebraba dentro de mí.

Abrí la puerta y entré. Vi el peluche sobre la mesa. Estaba cubierto de sangre.

No sé de quién era.

Solo lo recogí.

-Agente, confirme que la pieza está asegurada.

Mi comunicador sonó.

Miré a mi hija. Miré el unicornio.

Y, finalmente, respondí:

-La pieza está conmigo.


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