lunes, 24 de agosto de 2026

de cabeza

 Necesitaba zambullirme en la pileta. Al menos una vez mas. Sentir que el sudor bajaba por mi frente, mis brazos enrojecidos y una sed doliente en los labios. Como si hubiera estado en uno de esos saunas las suficientes horas para olvidar que era el día y la noche. Envuelta en un olor seco, árido, desolado y caliente. 

No había otra forma de escapar de esa sensación hueca que el agua rodeando mi cuerpo. Apoyaba mis manos sobre mi cabeza para medir la temperatura temiendo la deshidratación. Decí que me lleve gorra, pero no era suficiente. Así que la removía cada tanto para abanicarme un poco y la volvía a sujetar con la visera tapándome los ojos.

Daba vuelta en circulos, pensando en si las nubes se han perdido en alguna parte del cielo o si alguien nos quería condenar a pasar un noviembre aferrados al aire acondicionado o al ventilador. Pero en mi casa llevaba horas sin servicio eléctrico y solo quedaba mirar por el patio el hoyo vacío con la esperanza que no se corte el agua y se llene, al menos para lanzarme a la noche cuando se templa la superficie y disfrutar poder admirar el cielo sin enceguecerme. 

En malla y sobre una toalla no puedo hacer mas que esperar. Tendría que haber ido con mis padres al almuerzo en la casa de mis abuelos, aceptar que me llamen gorda, sonreír lo suficiente para no mostrarme dolida, porque allá seguro no hay cortes, no existe el calor cuando se tiene propiedades caras en el centro de la ciudad. No quiero ser como ellos. Prefiero mirar la línea de hormigas amontonándose para entrar por la ventana donde la heladera libera un olor amargo. 

A mis 15 años me regalaron la pileta y mientras la construida me comía el verso de escuchar que necesito ejercicio, que no puedo seguir así, que por la salud y más. Y yo se porque me quede, sé que si en los próximos minutos el agua no sube y se queda ahí rezagada en esos pocos centímetros, me lanzaré igual y dejare que el impacto me mate. 


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Necesitaba zambullirme en la pileta. Al menos una vez más. Sentir el sudor bajándome por la frente, los brazos enrojecidos y esa sed doliente en los labios. Como si hubiera estado en un sauna las suficientes horas como para olvidarme de si era de día o de noche. Envuelta en un olor seco, árido, desolado y caliente.
No había otra forma de escapar de esa sensación hueca que sentir el agua rodeándome el cuerpo. Apoyaba las manos sobre la cabeza para medir la temperatura, temiendo la deshidratación. Decía que me había llevado la gorra, pero no alcanzaba. Así que me la sacaba cada tanto para abanicarme un poco y volvía a sujetármela con la visera tapándome los ojos.
Daba vueltas en círculos, pensando si las nubes se habían perdido en alguna parte del cielo o si alguien nos quería condenar a pasar un noviembre aferrados al aire acondicionado o al ventilador. Pero en mi casa hacía horas que no había luz y solo quedaba mirar desde el patio el hoyo vacío, con la esperanza de que no se cortara el agua y se llenara, al menos para poder lanzarme a la noche, cuando se templa la superficie, y disfrutar de mirar el cielo sin enceguecerme.
En malla y sobre una toalla no puedo hacer más que esperar. Tendría que haber ido con mis padres al almuerzo en lo de mis viejos, aceptar que me digan gorda, sonreír lo suficiente para no mostrarme dolida, porque allá seguro no hay cortes. No existe el calor cuando se tienen propiedades caras en el centro de la ciudad. No quiero ser como ellos. Prefiero mirar la línea de hormigas amontonándose para entrar por la ventana, donde la heladera suelta un olor amargo.
A los quince años me regalaron la pileta y, mientras la construían, me comía el verso de que necesitaba ejercicio, que no podía seguir así, que era por la salud y demás. Y yo sé por qué me quedé. Sé que, si en los próximos minutos el agua no sube y se queda ahí, rezagada en esos pocos centímetros, me voy a lanzar igual y dejaré que el impacto me mate.


A los quince años me regalaron la pileta. Mientras la construían, me comía el verso de que necesitaba ejercicio, que no podía seguir así, que era por mi salud y no por vergüenza. Yo sabía. Siempre supe. Me quedé igual, aferrada a esta casa sin luz, a este patio vacío, a esta sed que no se apaga.
Y ahora, mirando esos pocos centímetros de agua sucia que no suben, siento que el calor me está comiendo por dentro. Si no se llena, igual me voy a tirar. De cabeza. Con toda la fuerza que me queda. Porque ya no soporto más esta piel, este cuerpo, este silencio. Porque prefiero que el impacto me parta el pecho antes que seguir esperando que alguien, alguna vez, me mire sin querer arreglarme.

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