lunes, 24 de noviembre de 2025

Flores Azules

Sonámbulo. Recorría en la mente mis miedos de ser padre. Decido levantarme y me calzo las pantuflas de cuerina marrón. Camino a oscuras hacia el baño, pensando en no hacer ruido. El rostro agobiado me observa en cuanto enciendo la luz. Estoy angustiado y lo sé. Mi reflejo lo sabe, pero hay cosas que no debo decir.

Abro el primer cajón, el de la izquierda, y saco el envase plástico de la pastilla que me dará paz. Me acuesto y cierro los ojos, solo para tropezar otra vez con la misma pesadilla. Me veo desde afuera: tengo el mismo olor a cigarrillo que mi papá solía tener y estoy lleno de barro. Me despierta tu grito en la oreja apenas dos horas después de que el medicamento hizo efecto. El peor momento para romper aguas. Tres semanas antes de la fecha que indicó el ginecólogo. Así arrancamos la madrugada sin desayunar, decidiendo a los gritos en el auto, cuál hospital, cuál ruta, mientras la vida que pedía nacer se abría paso en tu vientre. 
Te juro que no podía mantener los ojos en el frente. Te juro que no sé de dónde salió el niño que cruzó corriendo la avenida. Caí en cuenta cuando lo vi tirado en el asfalto, con los ojos abiertos. Su rostro pálido y, en las yemas de los dedos, se abanicaba una roja flor. 
Con el cerebro todavía dormido se me aparecen preguntas raras y sentimientos que no alcanzo a nombrar. Veo un ángel bajar del cielo y tomar al crío con suavidad en sus alas. Me mira con desprecio y se me tensa la espalda. Arrodillado y perdido, busco una oración, algún dios al que rezar. Ya no sé qué es real. 
Se resbalan las ideas con algo perdido en un pozo. Un cuerpo tibio y la voz de mi padre ordenándome que guarde silencio. Su rabia me sacude y trato de calmarme mirando el suelo. El trauma de la infancia que me patea cuando el inconsciente gana. De pronto vuelo. La ambulancia nos lleva y yo te miro. No sé quién la llamó ni en qué momento me subí. Pienso en el niño. Mis ojos se apagan. Me pica una vieja melodía detrás de la oreja y el sueño pesa tanto que la cabeza me cae sobre la camilla. Babeo palabras sueltas sobre una promesa y una ruptura. 
La enfermera me despierta acariciándome el pelo. En la habitación 110 su mujer acaba de tener una hija, debería ir a verla, me dice. Asimilo como puedo el olor a hospital y advierto que todavía llevo el pijama azul y las pantuflas de cuerina. 
Me sonreís mientras amamantás al bebé pegado a tu pecho. Me decís que soñaste el nombre perfecto para nuestra hija y yo quiero llorar. Te pregunto si saben algo del niño, cómo llegó la ambulancia al lugar del accidente. Afirmo, sudando, que debería ir preso.
Fue un sueño, me decís. Te desperté, llamaste al hospital y nos trajeron. Eso es todo. Intento hacer memoria y me froto las ojeras. 

viernes, 14 de noviembre de 2025

Estrella

 A veces sueño

una lechuza 

y un abedul

me miran en silencio.

a veces sueño 

hay flamencos.


una casa alta 

con olor a nogal 

con calor de hogar

con vos adentro.

jueves, 6 de noviembre de 2025

La propuesta

Esa sonrisa. No podía pensar en otra cosa que no sea esa sonrisa. Por eso cuando la invitó al café, ella aceptó. Llevaban bastante tiempo entre idas y vueltas, noviazgos que duraban de medio año a un mes y que se cortaban porque él no quería dar el siguiente paso. 

¿De qué forma debería mostrar lo que siento por él? Se preguntaba mientras buscaba los anteojos en la cartera para poder observar el menú. Poco sabía ella que esta no era una reunión más, que esta vez el amor eterno sería entregado en una caja roja de terciopelo, que le diría la esperada propuesta. 

Se acomodó el cabello cenizo y mantuvo la educada cadena de conversación lo mejor que pudo. Contando una y otra vez el inicio de todo: cómo se conocieron cursando en la misma secundaria, cómo tímidamente se arroparon uno al otro después de hacer el amor. De las risas enamoradas del día después. De los paseos por la costa, por el bosque o el campo.

Cuando llego el momento justo, Don Ramón, con sus finas y arrugadas manos de 80 años labrando la tierra, le mostró el anillo a Silvia. El diamante que brillaba en la caja al fin se posaría en el dedo anular. Al fin se casarían los dos.

El ruso

 Jamás afanaría, tengo dignidad - Dijo el ruso, una semana antes de que robará. Y no fue dinero,  sino que se robó a la mujer de Carlos. Así mi amistad con él acabo. Pero cada tanto lo veía por el barrio y lo escuchaba en algún bar, demostrando otra vez que tenía dignidad y, en tono de risa, que estaba justo dentro de sus pantalones.

Una mañana lo crucé justo en el momento que descendía del colectivo, sus calzones se bajaban lentamente por sus rodillas. No había mentido. Era tal cual su dignidad: chiquita y arrugada.

La visita

 No esperaba atender a mi mamá en la puerta de mi casa con sus ojos desbordados de tanto llorar. Era urgente. Para ella todo era urgente. Pero esta vez iba en serio. 

Me contó de que tuvo abortos antes que yo naciera. Que mi embarazo de seguro era ectópico y tendría que pasarlo en la cama. Más que nada los últimos meses. Que me preocupara y vaya con el médico, que hay cosas que no hay que tomar a la ligera. 

Le abro la puerta y veo como parte al cielo, desde donde me cuida  hace años. Tomó el teléfono y pido que a primera hora del día me vea de urgencia la ginecóloga.