lunes, 1 de junio de 2026
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lunes, 25 de mayo de 2026
Los atardeceres perdidos
Mi mamá siempre me decía que todos tenemos sombra. Era chico y la escuchaba mientras amasaba tortas fritas. Los días que jugaba a la pelota en el parque con mis compañeritos del jardín, a veces me quedaba quietito, mirando como esas capas oscuras que iban desde sus zapatillas marcaban la tierra de negro. No podía ver lo mismo en mi. No importaba cuantas vueltas diera sobre el margen el sol, o que tan alto estaba el astro en el cielo: yo no me veía ninguna imagen gris atada a mis pies.
Por un tiempo creí que debía tener el mismo problema que Peter Pan. Como él que llamaba a su sombra y se peleaba para tomarla y que Wendy intentaba cosérsela. Pero, ¿Cómo se llamaría mi sombra? ¿Cómo podría nombrarla para atraerla y atarla a mi ser? Pase noches pensando en eso. Llamándola como se me ocurriera en la calle, mientras mis compañeros se reían de mi. Hasta que en algún momento simplemente lo olvidé.
Los años hacen escombros de los atardeceres perdidos y yo crecí olvidando el miedo a madurar. Dejando atrás mis sueños bajo el cielo azul. ¿Desde cuando es importante tener sombra? me preguntaba, hasta que dejé de hacerlo.
Me recibí, formé una familia, acuné un bebé y sostuve un trabajo excepcional. Fabrique estructuras solidas y arquitecturas brillantes sobre el cemento. Mi nombre titulo los mas grandes edificios centrales.
Pasaron los años y los edificios siguieron en pie. Mi mujer se fue cansando de hablarle a un hombre que respondía con planos y presupuestos. Mis hijos crecieron y dejaron de llamarme. Decían que siempre estaba en otro lado, aunque estuviera sentado frente a ellos
El día que falleció mi mamá me sentí envejecido. Estaba en el baño listo para el día laboral. Me puse mi traje y me mire al espejo pero no era yo quien se encontraba dibujado en el reflejo. Por mas que me observara una y otra vez, mi silueta era gris, como una sombra. Pero ya me preocupaban otras cosas: que la rodilla no me crujiera al bajar las escaleras, que los nombres no se me fueran de la cabeza, que el sol de mediodía me cansara más rápido que antes.
Volví al parque una última vez. Estaba igual que antes, pero más chico. O yo más grande. El columpio chirriaba vacío. Me senté en el banco y esperé que el sol se pusiera para ver si, por fin, aparecía algo en el piso.
Al fin la vi, era una mancha oscura y delgada como mis frágiles huesos. Me refregué los ojos para verla mejor y ahí estaba. Esperándome. Pensé en que si pudiera, la abrazaría. Pensé en todo lo que fui y en todo lo que no me dedique a buscar en mi. En cuando era aquel chico que corría detrás de la pelota, o aquel joven que se creía eterno; y hoy que soy un hombre grande que aprendió tarde que no se necesita ver la sombra para saber que la trae puesta.
Ahora, que ya es tarde, entiendo a mi mamá. Todos tenemos sombra. Solo que algunas, con los años, dejan de proyectarse afuera y empiezan a vivir dentro. Y es cierto, no se van nunca.
martes, 19 de mayo de 2026
Distancias
El entorno aburrido y rutinario hacia que
no pudiera dejar de mirarla. Ella estaba acostumbrada a mi, pero para alguien
como yo, me generaba mucha curiosidad.
Primero la ropa. No presenciaba
generalmente a mis pies seres con un enigmatico y atado sistema color blanco
sobre un vestido celeste. Despues porque me gustaba ver ventilando las telas
brillosas y perceptiblemente suaves que dejaba sobre un objeto largo y duro
color apagado. A veces se sentaba en un mullido y viejo verdoso mueble.
Nunca ocupaba la vista en mi, pero si al
horizonte y a los otros que me acompañan en este lugar.
Quisiera aprender mas de su vocablo, de sus
movimientos. La idea de frexionar los brazos, levantarlos y bajarlos. Cantar,
como ella. Silbar. Entender que ese humo que sale del agua marronada.
Daria el alma para estar ahí dentro. Pero
se que no somos lo mismo, y escucho a los niños humanos llamarme una y otra
vez, señor jirafa.
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El entorno aburrido y rutinario hacía que no pudiera apartar la mirada de ella. Estaba acostumbrada a mí, pero para alguien como yo, su presencia despertaba una curiosidad irresistible. Primero, su ropa. Casi nunca veía, a mis pies, seres con ese enigmático sistema blanco atado sobre un vestido celeste. Luego estaba la forma en que agitaba las telas brillantes y suaves que dejaba sobre el objeto largo y duro de color apagado. A veces se sentaba en el mullido y viejo mueble verdoso. Nunca posaba sus ojos en mí. Su mirada siempre se perdía en el horizonte o en los otros que me acompañaban en este encierro. Quisiera aprender su lenguaje, imitar sus movimientos: flexionar los brazos, levantarlos y bajarlos como ella. Cantar. Silbar. Entender qué es ese humo que sale del agua amarronada que sostiene entre las manos. Daría el alma por estar ahí dentro, del otro lado de los barrotes. Pero sé que no somos lo mismo. Y cada día escucho a los niños humanos llamarme una y otra vez: "Señor Jirafa".