jueves, 13 de agosto de 2026

xul solar consigna

En el edificio mas alto de la ciudad vivia el joven Marcos y aun asi era dificil encontrarlo. Mirar a la altura y encontrarse con cemento en forma vertical, era ver al cielo y no mirarlo.
Era tan facil perderse entre tantas escaleras que llevaban a los confines de alguna habitacion de familia. Entre los aparatosos y perfilados edificios que echaban un humo gris y firuleteado.
Marcos era un hombre sencillo. Vivia solo, y estaba enamorado de su vecina. Si es que se podria llamar a aquel lugar un vecindario. O incluso conocerse suena extraño. En ese distante espacio y altura, solo se pueden ver a la distancia las aberturas oscuras donde piensa que vive su entorno. 
Sin contar las veces que se cruza con alguien por las escaleras, o los ve como hormigas cruzando alguno de los recorridos largos de ladrillos que se pierden en laberintos, pero mas que nada los encuentra en el supermercado. Aquel que se ve prolijo en el centro de la manzana, tan chico que no podria salir en una foto y tan oculto entre los grandes obeliscos de colores opacos pero coloridos.Lastimosamente debe ir Marcos, cada mañana porque tiene la obligacion de ir para poder comer y tambien para trabajar. 
Sale a eso de las 7 de la mañana, y el no lo sabe, pero tambien es condicion de porque no ve un alma a esa hora. Silba una cancion que no sabe si es de su infancia o si la escucho por ahi alguna vez,  y entre respiros, come una porcion de pan que le sobro de la cena. Despues es moverse entre las gondolas, y las mirá con esa similitud que tiene con los edificios, y finalmente acomoda como puede cada producto y ya con una sonrisa añeja, abre las puertas para que los clientes puedan empezar su rutina. No trabaja solo, pero como se hace el responsable de tantas cosas que nadie le pidio ni que estaba en su contrato, se extiende como si fuera el unico dentro y se mueve de lado a lado como si fuera el dueño.

viernes, 24 de julio de 2026

hombrecito gris

Empezó como se empieza todo. Desde abajo. Desde el dolor. Como su silueta, gris, atormentada. No habia pajaros en su cielo. No conocia la esperanza siquiera oportuna de ver algo que no le pareciera gris. Si pudiera darle forma a ese pensamiento, diria que es nublado. La mejor descripcion en aquel tiempo. Como tal, necesitaba llover. Aunque sonara peor, no lo seria. Desde abajo la lluvia se siente como un milagro y tambien, despues, siempre despues, nace un arcoiris en alguna parte.
Pero, ¿como lo hago llover? Yo no puedo hacer mas nada que contar sobre su vida. Se cuando nacio, como gateo, que dia y a que hora dijo su primera palabra. Se que piensa cuando mira el cielo un 24 de julio de 2026 y solo espera ver si se larga una tormenta. 
Dios juega conmigo y yo juego con él, mi hombrecito gris. Le pongo las fichas en el tablero y me refugio en pensar que alguien detras de mi, las moverá. Pero soy un mal dios, o un suplemento de su impulso metodico y supremo. Lo que me lleva tambien a sentirme tan chiquito, tan poca cosa, que solo miro al cielo nublado y pienso si lloverá. Y pienso que lindo seria la vida si existieran los pajaros.

jueves, 23 de julio de 2026

la misma silla

No esperaba encontrarme en esa situacion, pero, ¿Que podia hacer?
la vi de casualidad, estaba pidiendo mi cena en ese local nuevo, el restaurante que luce importante pero que es medio pelo. si, ese mismo.
por estar a la mode tiene esos asientos tipo sofa compartido y el imbecil ese estaba justo ahi, detras mio. Ocupabamos la misma silla pero sin vernos. Tendria que haber notado ese perfume horrible que usa. 
esos dos se estaban encontrando a mis espaldas. Literal. No, de verdad que estaban ahi, literal significa que no viene a caso y que no me estas dejando terminar de contarte. Asi no llegamos a ninguna parte, Ana, me tenes que escuchar, por eso te pago. No necesito que me respondas nada, si vine toda empapada no es porque yo haya querido. Ni menos llegar tarde, vas a entender cuando dejes de interrumpirme Ana, despues atenderas al paciente que te esta esperando, esto es importante. Por primera vez es importante, lo es para mi. El infeliz estaba ahi, en la mesa detras mio y los escuche.
Ella entro y la vi, se hacia la diosa y lo sabes, no tiene mucha diferencia de edad conmigo, se hace lo que no es. Porque las manos siempre dicen la edad y no se pueden operar, eso me dijeron, no hay cirujia plastica para sus horrendas manos. 
Yo cambie, aprendi, si, todo eso. Estoy en paz y coso. Respiro profundo, siempre respiro profundo como decis Ana. No Ana, esto es mas importante que tu cliente, que vos, que yo.
Ana, aguanta. Deja de insistir Ana, no me voy a mover de aca hasta que termine porque es importante. No me dejas avanzar, y yo termino de contar y me voy. Es asi, a partir de hoy no vuelvo, si eso mismo Ana. Despues de contarte esto no te necesitare mas porque ella, esa mujer le lanzo con tanta bronca el vaso de agua sobre mi ex que nos mojo a los dos. El agua me asusto y yo grite, y gritando me levante asombrada, y él me vio. Me reconocio, me sonrió como si fuera complice de la barbaridades que le hizo a ella y a mi, que el tan galante y ella que lo enfrentó al fin. Y si Ana, volvi con él. Meteté el psicoanalisis en el orto.

lunes, 13 de julio de 2026

manzana

Mí mamá me contó 
de las propiedades
de la manzana
de su color
de su sabor 
Anaranjado

Que en la punta
tenía un cabo

Y yo 
la imaginaba
haciendo apenas pie
en la pileta de su casa
Anaranjada

sábado, 11 de julio de 2026

 

  • Dar espacio a la pausa. Al vacío.
  • Intentar que el silencio también "diga" algo.
  • Imaginar un "paisaje sonoro" para una escena determinada.
  • "Hacer" vivos "el/los cuerpos" de los personajes sin "describirlos". Dejando que hable el movimiento.




Camino por las ruinas tratando de recordar. Había sido su casa después de todo. 


 Desliza el bastón para levantarse y piensa en cómo será el camino de regreso. 

Pero solo puede sonreír al ver a su nieta


La puerta no hizo ningún sonido cuando la cerré. Se queda unos minutos quieta hasta que avanza. Sus ojos se acostumbraban tibiamente a la falta de luz. Caminar a oscuras era algo que había aprendido de niña: cuidar los bordes de los muebles con pausa y discreción, esperando no despertar a nadie, tímidamente enroscándose en la figura de los pasillos que se abrían a mi alrededor.La habitación tenía un póster de mi artista favorito, igual que las paredes. Al entrar, el olor era una mezcla de perfume juvenil y café, porque siempre dejaba una taza a medio tomar sobre el escritorio cuando estudiaba. La facultad le exigía muchas horas; leía página tras página intentando que algo entrara en la cabeza, pero no podía con tanto. Por eso, cada noche salía despacio a embrujar la noche.En algún momento dejó de llevar las llaves en el fondo de la cartera. Supongo que ahora estaría llena de boletos de colectivo. -¿Te acordás de esos papelitos que nos daban? Dijo acomodándose en el asiento mientras aguardaba la llegada del bondi. - Claro que si, abu. Tenían impreso el precio del pasaje y la fecha. Había un pequeño festejo cuando salía el comodín. ¡Que nostalgia!Pero ella no escucha, piensa en que debería aun guardar alguna moneda de aquella época.Hoy en día revisa sobre todo los bolsillos. Si tiene suerte, encuentra algo importante en algún viejo saco de los que tiene colgados en el armario, lleno de polvo. Pensó varias veces en dejar una carta ahí, para que cuando la encuentren sepan más de su vida, o simplemente un mensaje bonito, como esas tarjetas que acompañaban las flores. Qué lindo era recibir rosas. Se sonrojaba tanto. No dejaba de abrir los brazos ante los regalos y recuerda como se siente acariciar ese oso de peluche con un corazón grande entre las patitas.El paisaje es tan extraño y cercano a la vez. Ella desliza el bastón para levantarse y piensa en como será el camino de regreso. Hace mucho que no escuchaba la melodía de la voz de los jovencitos que cuentan sus hazañas en la escuela. El que reprobó y el que pensaba en el sabor que tendría la comida del almuerzo. El que se disculpa cuando apenas roza con el zapato a sus sandalias. Piensa en el perfume adolescente y en el café. Se despabila apenas mirando la luz que atraviesa los arboles de todo el mundo en el giro ruidoso de las ruedas que apenas parecen detenerse cada varias cuadras.Quisiera respirar y que entrara en ella todos esos sentimientos que ve a su alrededor. Pero solo puede sonreír al ver a su nieta.-Abu, levántate que ya hay que bajar. En la próxima parada por favor, cerca de la cuadra que es una señora mayor, grita. Y ese nudo en la garganta vuelve a ella como un fantasma. Le cuesta tanto llamarla por su nombre que le dice abu. Se acostumbro como si quisiera evitar romper algún hechizo.Desde la primera vez que hablo con ella en el parque y dijo que su rostro le parecía familiar. Hasta el momento que decidió llevarla de regreso a donde pertenecía. Se tomo el colectivo con ella, camino a la par de la señora descuidada y perdida. Quizás podría pasar por ella un día y llevarla a comer a un restaurante pensó. Toco el timbre del geriátrico y huyo sin mirar atrás. Como temiendo que eso significará ver un edificio en ruinas.



La puerta no hizo ningún sonido cuando la cerró. Se quedó unos minutos quieta, hasta que avanzó. Sus ojos se acostumbraban con tibieza a la falta de luz. Caminar a oscuras era algo que había aprendido de niña: cuidar los bordes de los muebles con pausa y discreción, esperando no despertar a nadie, enroscándose tímidamente en la figura de los pasillos que se abrían a su alrededor. Ahora que había escapado sentía una enorme libertad para zambullirse en la noche y caminar hasta que no le dieran mas los pies.Recordaba su habitación cuando aun tenía un póster de su artista favorito, y las paredes de color rosa pastel. Como al entrar, el ambiente llevaba un olor particular. Era una mezcla de perfume juvenil y café, porque siempre dejaba una taza a medio tomar sobre el escritorio cuando estudiaba. La facultad le exigía muchas horas; leía página tras página intentando que algo entrara en la cabeza, pero no podía con tanto. Por eso, cada noche salía despacio a embrujar la noche.En algún momento dejó de llevar las llaves en el fondo de la cartera. Supuso que ahora, si mirará de vuelta, estaría llena de boletos de colectivo, chicles y tickets de compras.-¿Te acordás de esos papelitos que nos daban? -dijo acomodándose en el asiento mientras aguardaba la llegada del bondi.-Claro que sí, abu. Tenían impreso el precio del pasaje y la fecha. Había un pequeño festejo cuando salía el comodín. ¡Qué nostalgia!Pero ella no escucho la respuesta. En su mente pensaba en que debería aún guardar alguna moneda de aquella época como también algún encendedor metálico.Se detiene a revisar los bolsillos. Si tiene suerte, piensa, encuentra algo importante como le paso un día que miro un viejo saco de los que tiene colgados en el armario, llenos de polvo. Considero varias veces en dejar una carta ahí, para que cuando alguien la encuentre sepa más de su vida, o simplemente un mensaje bonito, como esas tarjetas que acompañaban las flores. Qué lindo era recibir rosas. No dejaba de abrir los brazos ante los regalos de cumpleaños y recordaba cómo se sentía acariciar ese mullido oso de peluche con un corazón grande entre las patitas.Observa el paisaje que le es tan extraño y cercano a la vez. Hace mucho que no escuchaba la melodía de la voz de los jovencitos que cuentan sus hazañas en la escuela: el que reprobó, el que pensaba en el sabor que tendría la comida del almuerzo, el que se disculpa cuando apenas roza con el zapato sus sandalias. Piensa en el perfume adolescente y en el café. Se despabila mirando la luz que atraviesa los árboles de todo el mundo, en el giro ruidoso de las ruedas que apenas parecen detenerse cada varias cuadras.Quisiera aspirar el aire y que entraran en ella todos esos sentimientos que ve a su alrededor. .-Abu, levántate que ya hay que bajar.-En la próxima parada, por favor, acércate a la cuadra que baja una señora mayor -le dice al colectivero. Y ese nudo en la garganta vuelve a ella como un fantasma. Le cuesta tanto preguntarle como se llama que le dice “abu”. Se lo apropio tan rápido como si quisiera evitar romper algún hechizo.Desde la primera vez que habló con ella en el parque y le dijo que su rostro le parecía familiar, hasta el momento en que decidió llevarla de regreso a donde pertenecía. Se tomó el colectivo con ella, caminó al lado de la señora descuidada y perdida. Quizás podría pasar por ella un día y llevarla a comer a un restaurante, pensó. Tocó el timbre del geriátrico y huyó sin mirar atrás, como temiendo ver un edificio en ruinas.