martes, 19 de mayo de 2026

Distancias

 

El entorno aburrido y rutinario hacia que no pudiera dejar de mirarla. Ella estaba acostumbrada a mi, pero para alguien como yo, me generaba mucha curiosidad.

Primero la ropa. No presenciaba generalmente a mis pies seres con un enigmatico y atado sistema color blanco sobre un vestido celeste. Despues porque me gustaba ver ventilando las telas brillosas y perceptiblemente suaves que dejaba sobre un objeto largo y duro color apagado. A veces se sentaba en un mullido y viejo verdoso mueble.

Nunca ocupaba la vista en mi, pero si al horizonte y a los otros que me acompañan en este lugar.

Quisiera aprender mas de su vocablo, de sus movimientos. La idea de frexionar los brazos, levantarlos y bajarlos. Cantar, como ella. Silbar. Entender que ese humo que sale del agua marronada.

Daria el alma para estar ahí dentro. Pero se que no somos lo mismo, y escucho a los niños humanos llamarme una y otra vez, señor jirafa.


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El entorno aburrido y rutinario hacía que no pudiera apartar la mirada de ella. Estaba acostumbrada a mí, pero para alguien como yo, su presencia despertaba una curiosidad irresistible. Primero, su ropa. Casi nunca veía, a mis pies, seres con ese enigmático sistema blanco atado sobre un vestido celeste. Luego estaba la forma en que agitaba las telas brillantes y suaves que dejaba sobre el objeto largo y duro de color apagado. A veces se sentaba en el mullido y viejo mueble verdoso. Nunca posaba sus ojos en mí. Su mirada siempre se perdía en el horizonte o en los otros que me acompañaban en este encierro. Quisiera aprender su lenguaje, imitar sus movimientos: flexionar los brazos, levantarlos y bajarlos como ella. Cantar. Silbar. Entender qué es ese humo que sale del agua amarronada que sostiene entre las manos. Daría el alma por estar ahí dentro, del otro lado de los barrotes. Pero sé que no somos lo mismo. Y cada día escucho a los niños humanos llamarme una y otra vez: "Señor Jirafa".

miércoles, 13 de mayo de 2026

perfecto

gritos. me tape la cabeza y como pude me escondí. ¿quien será el loco con el arma en un evento así? no sé daba este tipo de festejaciones en mí localidad. sonaba raro incluso cuando salió la noticia en los periódicos online.
teníamos una celebridad viviendo cerca y no lo sabía. era obvio que no me perdería un momento así para conocerlo. pedir una entrevista y escribir de el.
pero acá estoy, atemorizada por mí vida.
no entendía nada hasta que el alcalde alzó la escopeta lo más alto que sus brazos pudo dar y sentenció:
-acá nadie será el hombre 100% perfecto. No me importa que sea el único en el mundo. levanten las copas y celebren conmigo, venci lo que podría ser un monstruo para la humanidad.


domingo, 10 de mayo de 2026

sepia

Me saludó desde detras del vidrio de la ducha, la veia difuminada por el vapor caliente de las gotas pintadas con olor a jabon. Era vieja y arrugada. Triste. O esa sensacion me daba, una extraña tristeza melancolica.
Podria retratarla como una fotografia sepia, porque mi memoria no guarda recuerdo a color de esa situacion. En cambio puedo narrar otros espacios de la casa.
Como, al ingresar, junto a la puerta estaba el telefono en una mesa ratona con mantel de flores amarillas. Frente al televisor, la mesa llena de souvenirs y figuras semejantes a lechuzas o buhos. La mesa espaciosa de mantel verde donde el centro lo ocupaba un viejo florero azul.
El pasillo largo, las habitaciones modestas con sus prolijas camas.
Mi abuela fallecio en una de esas tantas habitaciones y camas, un dia se acosto pensando en descansar antes de salir a la noche para mi fiesta de 15 y se quedo ahi.
No lo supimos al instante, la demora del remis que se supone que la buscaria, creimos que fue un problema de la agencia que no envio el coche. Nunca era buen momento para dejar todo y buscarla, por el baile, el karaoke, el brindis, el video.
En retrospectiva, tengo una angustia barbara. Siento que la abandone, que la abandonamos como otras varias veces.
Nos encontramos el cuerpo al otro dia, de tarde, despues de insultarla por faltar a mi dia tan importante y despues de que la resaca no dolia tanto.
Estaba mirando hacia el techo. Con los brazos frios a los costados y las manos unidas en plegaria. Habia dejado el vestido a su lado, con el suficiente espacio para que no se arrugue. El sombrero de tul para ocultar su alopecia, y el saco que le regale en su cumpleaños numero 86.
Corri hacia el baño para lavarme el rostro. Necesitaba un baldazo de agua fria que me lleve a otra realidad. A una donde esperó el coche hasta que se cansó y se acostó. A uno donde la despertaba y me sonreia y me decia pequeña mia feliz quince.
En el espejo podia observar los brillitos que caian de mi cabello castaño. Los ojos pesados de angustia y el rimel negro que no se termino de salir a pesar del desmaquillante. El anillo que me obsequio ella dias antes de partir. En ese instante la vi, su mano, su tristeza. Me acerque, queria abrazarla. Pero no habia nadie.


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Cuando entré desesperada al baño, me pareció ver a alguien saludándome desde detrás del vidrio de la ducha. La veía difuminada por el vapor caliente, entre las gotas que olían a jabón. Estaba vieja y arrugada. Triste. O al menos esa fue la sensación que me transmitió: una tristeza melancólica.

Podría retratarla como una fotografía sepia, porque mi memoria no guarda ese instante en color. En cambio, puedo describir con claridad otros rincones de la casa.

Al entrar, junto a la puerta, estaba el teléfono sobre una mesa ratona cubierta con un mantel de flores amarillas. Frente al televisor, otra mesa repleta de souvenirs y figuras de lechuzas y búhos. Más allá, la mesa grande, con mantel verde, donde un viejo florero azul ocupaba el centro.

El pasillo largo. Las habitaciones modestas con sus camas prolijas.

Mi abuela falleció en una de esas habitaciones. Ese día se acostó pensando en descansar un rato antes de salir para mi fiesta de quince, y ahí se quedó.

No lo supimos al instante. Creímos que era un problema de la agencia, que no había enviado el coche. Nunca parecía buen momento para dejar todo e ir a buscarla: el baile, el karaoke, el brindis, el video.

En retrospectiva, siento una angustia enorme. Siento que la abandoné, que la abandonamos, como tantas otras veces.

Encontramos su cuerpo al día siguiente por la tarde, después de haberla insultado por faltar a mi fiesta y de que la resaca ya no doliera tanto.

Estaba mirando hacia el techo, con los brazos fríos a los costados y las manos unidas en plegaria. Había dejado el vestido cuidadosamente a su lado, con suficiente espacio para que no se arrugara. Junto a él, el sombrero de tul que usaba para ocultar su alopecia y el saco que le regalé en su cumpleaños número 86.

Corrí al baño para lavarme la cara. Necesitaba un golpe de agua fría que me llevara a otra realidad: una donde ella había esperado el coche hasta cansarse y luego se había acostado; una donde yo la despertaba, ella me sonreía y me decía: Pequeña mía, feliz quince.

En el espejo podía ver los brillitos que aún caían de mi cabello castaño, los ojos hinchados de angustia y el rímel negro que no terminaba de correrse. En mi dedo, el anillo que ella me había obsequiado días antes de partir.

En ese instante la vi de nuevo: su mano, su tristeza. Me acerqué. Quería abrazarla.  
Pero no había nadie.

domingo, 3 de mayo de 2026

instinto

Mi mujer se dedicó mucho tiempo en criar a nuestro hijo, por eso le insistí en que tomara algunos proyectos, o algún taller. Un entretiempo mientras el niño se adecuaba al jardín de infantes.
Comenzó en un club de lectura, pero se aburrió rápido de la novela que le enviaron para leer. Paso por otro de escritura creativa, y no le gustaba tener consignas, suficiente con las tareas de la casa decía.
Una vecina fue que le aconsejo uno de Observación de aves, un día cuando tomaban el café en el patio de nuestra vivienda. Mi mujer estaba siguiendo con la vista un gorrión que juntaba ramitas para hacer un nido.
Volvió contenta el primer día y apunto alto desde ese instante. Compro un largavista, una guía y leyó por largas horas sobre la familia de palomas y de aves rapaces.
Me gustaba verla hablar sobre excursiones y parecía todo normal. 
Fue una mañana que se levantó más temprano que lo normal, dijo que la despertó el canto de los gorriones del jardín. Estaba en bata y miraba a través del vidrio a los animalitos buscando alimento.
De repente abrió la puerta de vidrio que nos separaba del jardín. Como si una urgencia hubiera atravesado sus pensamientos. Un instinto primitivo surgió esa mañana en ella. Corrió hasta el gorrión, un sonido nuevo salió de su voz. Abrió la boca y con sus dientes lo tomo en pleno vuelo. No pudo huir ni el ave ni yo del horror.

viernes, 1 de mayo de 2026

Bespoke

 Pensé en mi abuela. No porque en este preciso momento me estén haciendo un traje a medida. Ella no era modista ni se dedicaba a nada similar. Fue un segundo que cruzo su voz en mi mente. Quizás porque me imagino que si estuviera aquí, estaría orgullosa de verme hoy. Me encantaría poder contarle que el presidente de la compañía en la que trabajo me envió a este lugar, dijo que él pagaría todo. Que debo verme bien en la próxima reunión, que me daría un jugoso aumento y me haría vicepresidente.

No, no es eso. Mientras el costurero me pregunta sobre mis preferencias de color, algo más me inunda el pensamiento. Estoy encajado en esa ficha de mis preocupaciones a la vez que el sastre busca evaluar mi postura, la simetría de mis hombros. No sé por qué se me meten ideas de mi niñez; es que algo me inquieta en la superficie, como si me desgarrara un déjà vu, con el sastre intentando convencerme sobre los ojales funcionales.

De la nada, revivo pesadillas como si viera una película en blanco y negro. Veo a mi abuela remendando los pantalones que usaba para ir a la escuela. Nunca dejes que te cosan la ropa directamente sobre tu cuerpo, decía una y otra vez. Estas llamando a la muerte si no tienes un talismán, explicaba, un hilo en la boca siempre, niño mío.

Vuelvo a la realidad al escuchar al sastre que llega con el traje testigo y me lo pongo. Me observo en el espejo con lo que seria el esquema vivo del traje que llevaré. Noto mi sudor cayendo por la frente. Acomodo la garganta pero mi voz no sale, como si tuviera la boca cosida al momento de querer gritar. Miro hacia todos lados. No veo al señor, no veo hilo del cual aferrarme. Solo dame un tiempo mas, Dios, te lo pido, rezo. Pero ya es tarde, siento la aguja en mi espalda atravesando la tela una y otra vez.