Me saludó desde detras del vidrio de la ducha, la veia difuminada por el vapor caliente de las gotas pintadas con olor a jabon. Era vieja y arrugada. Triste. O esa sensacion me daba, una extraña tristeza melancolica.
Podria retratarla como una fotografia sepia, porque mi memoria no guarda recuerdo a color de esa situacion. En cambio puedo narrar otros espacios de la casa.
Como, al ingresar, junto a la puerta estaba el telefono en una mesa ratona con mantel de flores amarillas. Frente al televisor, la mesa llena de souvenirs y figuras semejantes a lechuzas o buhos. La mesa espaciosa de mantel verde donde el centro lo ocupaba un viejo florero azul.
El pasillo largo, las habitaciones modestas con sus prolijas camas.
Mi abuela fallecio en una de esas tantas habitaciones y camas, un dia se acosto pensando en descansar antes de salir a la noche para mi fiesta de 15 y se quedo ahi.
No lo supimos al instante, la demora del remis que se supone que la buscaria, creimos que fue un problema de la agencia que no envio el coche. Nunca era buen momento para dejar todo y buscarla, por el baile, el karaoke, el brindis, el video.
En retrospectiva, tengo una angustia barbara. Siento que la abandone, que la abandonamos como otras varias veces.
Nos encontramos el cuerpo al otro dia, de tarde, despues de insultarla por faltar a mi dia tan importante y despues de que la resaca no dolia tanto.
Estaba mirando hacia el techo. Con los brazos frios a los costados y las manos unidas en plegaria. Habia dejado el vestido a su lado, con el suficiente espacio para que no se arrugue. El sombrero de tul para ocultar su alopecia, y el saco que le regale en su cumpleaños numero 86.
Corri hacia el baño para lavarme el rostro. Necesitaba un baldazo de agua fria que me lleve a otra realidad. A una donde esperó el coche hasta que se cansó y se acostó. A uno donde la despertaba y me sonreia y me decia pequeña mia feliz quince.
En el espejo podia observar los brillitos que caian de mi cabello castaño. Los ojos pesados de angustia y el rimel negro que no se termino de salir a pesar del desmaquillante. El anillo que me obsequio ella dias antes de partir. En ese instante la vi, su mano, su tristeza. Me acerque, queria abrazarla. Pero no habia nadie.
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Cuando entré desesperada al baño, me pareció ver a alguien saludándome desde detrás del vidrio de la ducha. La veía difuminada por el vapor caliente, entre las gotas que olían a jabón. Estaba vieja y arrugada. Triste. O al menos esa fue la sensación que me transmitió: una tristeza melancólica.
Podría retratarla como una fotografía sepia, porque mi memoria no guarda ese instante en color. En cambio, puedo describir con claridad otros rincones de la casa.
Al entrar, junto a la puerta, estaba el teléfono sobre una mesa ratona cubierta con un mantel de flores amarillas. Frente al televisor, otra mesa repleta de souvenirs y figuras de lechuzas y búhos. Más allá, la mesa grande, con mantel verde, donde un viejo florero azul ocupaba el centro.
El pasillo largo. Las habitaciones modestas con sus camas prolijas.
Mi abuela falleció en una de esas habitaciones. Ese día se acostó pensando en descansar un rato antes de salir para mi fiesta de quince, y ahí se quedó.
No lo supimos al instante. Creímos que era un problema de la agencia, que no había enviado el coche. Nunca parecía buen momento para dejar todo e ir a buscarla: el baile, el karaoke, el brindis, el video.
En retrospectiva, siento una angustia enorme. Siento que la abandoné, que la abandonamos, como tantas otras veces.
Encontramos su cuerpo al día siguiente por la tarde, después de haberla insultado por faltar a mi fiesta y de que la resaca ya no doliera tanto.
Estaba mirando hacia el techo, con los brazos fríos a los costados y las manos unidas en plegaria. Había dejado el vestido cuidadosamente a su lado, con suficiente espacio para que no se arrugara. Junto a él, el sombrero de tul que usaba para ocultar su alopecia y el saco que le regalé en su cumpleaños número 86.
Corrí al baño para lavarme la cara. Necesitaba un golpe de agua fría que me llevara a otra realidad: una donde ella había esperado el coche hasta cansarse y luego se había acostado; una donde yo la despertaba, ella me sonreía y me decía: Pequeña mía, feliz quince.
En el espejo podía ver los brillitos que aún caían de mi cabello castaño, los ojos hinchados de angustia y el rímel negro que no terminaba de correrse. En mi dedo, el anillo que ella me había obsequiado días antes de partir.
En ese instante la vi de nuevo: su mano, su tristeza. Me acerqué. Quería abrazarla.
Pero no había nadie.