Tenía todo bajo control. Desde que estoy en la organización, me comporté como corresponde. Sabía desde el inicio que un don como el mío era único y que me necesitaban. No solo el país, sino el destino de todo el mundo estaba en mis manos. Por ello, seguí mi entrenamiento. Tomé el reglamento bajo el brazo y acondicioné cada parte de mi cuerpo, desde los músculos hasta la mente, convirtiéndolos en estructuras precisas de pensamientos rígidos.
Fueron ellos quienes se volvieron cada vez más tercos. No
querían ser perseguidos ni asesinados. Tenían el control de cosas que no debían
y se manejaban con un perfil bajo. El horror nos miraba a la cara y seguía
caminando entre las calles inseguras. Por eso, cuando me llegó el plan, lo
acepté y me dediqué exclusivamente a ello. Aunque me tomara años.
La agencia se dedicó a encontrar a un hombre atractivo y
sumamente idiota, como para que mi identidad real nunca pasara, ni por un
segundo, por su mente. Era lo esperado: por su forma de pensar, por su
interpretación de la vida y por sus ideales. Se casó conmigo con una facilidad
casi absurda.
Todo era parte del plan. Debía pasar inadvertida, sin que me
notaran, en un restaurante de lujo donde esas pesadillas bípedas celebraban
ceremonias y creían estar ocultas.
Así nació mi hija. Era una pieza más, la última que faltaba
en mi rompecabezas. Cuando llegó a la edad adecuada, avisé a la organización y
nos dieron las invitaciones para asistir al evento donde, por fin, eliminaría
al mal.
La vestí preciosa, elegante e infantil a la vez. Llevaba su
peluche de unicornio, que representaba un apego fuerte y necesario para su
etapa de crecimiento. Mi marido llevaba un traje fino con moño y yo, un vestido
azul, muy atractivo y audaz, que combinaba con el suyo.
El plan incluía cenar allí y escuchar un discurso sobre el
dominio de voluntades, con ciertos aires filosóficos, para no levantar
sospechas. Mientras tanto, revisaría que todos pertenecieran a la misma
entidad. Finalmente, debía dar aviso a mi comandante y huir mientras iniciaban
«El Desarme».
Todo está perfecto, hasta que nada lo está. Siento cómo me
miran. Tendré que llamar y cancelarlo todo o apurarlo. La presión es mayor de
lo que pensé. Decido lo segundo y tomo a mi hija.
Si salgo lo más rápido posible del lugar y los encierro,
será todo más fácil. No tendré que volver a ver sus desfiguradas caras nunca
más.
No puedo arrepentirme ya. Corro con ella en brazos y mi
esposo me sigue sin entender nada. Estoy a metros de la salida y no me
alcanzan. Cierro la puerta, consigo trabarla y escucho el inicio de un llanto.
Mi pequeña no tenía a su unicornio. Lloraba. Me balbuceaba
tímidamente, entre sus palabras entrecortadas, que le faltaba su peluche y que
quería volver por él.
Miré hacia la puerta. Del otro lado seguían los gritos, los
pasos apresurados y las voces de los agentes preparándose para iniciar «El
Desarme».
Solo tenía que esperar. Solo tenía que obedecer. Pero ella
volvió a extender sus pequeños brazos hacia la puerta.
-Quiero mi unicornio, mamá.
Sentí que algo se quebraba dentro de mí.
Abrí la puerta y entré. Vi el peluche sobre la mesa. Estaba
cubierto de sangre.
No sé de quién era.
Solo lo recogí.
-Agente, confirme que la pieza está asegurada.
Mi comunicador sonó.
Miré a mi hija. Miré el unicornio.
Y, finalmente, respondí:
-La pieza está conmigo.