Sonámbulo. Recorría en la mente mis miedos de ser padre. Decido levantarme y me calzo las pantuflas de cuerina marrón. Camino a oscuras hacia el baño, pensando en no hacer ruido. El rostro agobiado me observa en cuanto enciendo la luz. Estoy angustiado y lo sé. Mi reflejo lo sabe, pero hay cosas que no debo decir.
Abro el primer cajón, el de la izquierda, y saco el envase plástico de la pastilla que me dará paz. Me acuesto y cierro los ojos, solo para tropezar otra vez con la misma pesadilla. Me veo desde afuera: tengo el mismo olor a cigarrillo que mi papá solía tener y estoy lleno de barro. Me despierta tu grito en la oreja apenas dos horas después de que el medicamento hizo efecto. El peor momento para romper aguas. Tres semanas antes de la fecha que indicó el ginecólogo. Así arrancamos la madrugada sin desayunar, decidiendo a los gritos en el auto, cuál hospital, cuál ruta, mientras la vida que pedía nacer se abría paso en tu vientre.
Te juro que no podía mantener los ojos en el frente. Te juro que no sé de dónde salió el niño que cruzó corriendo la avenida. Caí en cuenta cuando lo vi tirado en el asfalto, con los ojos abiertos. Su rostro pálido y, en las yemas de los dedos, se abanicaba una roja flor.
Con el cerebro todavía dormido se me aparecen preguntas raras y sentimientos que no alcanzo a nombrar. Veo un ángel bajar del cielo y tomar al crío con suavidad en sus alas. Me mira con desprecio y se me tensa la espalda. Arrodillado y perdido, busco una oración, algún dios al que rezar. Ya no sé qué es real.
Se resbalan las ideas con algo perdido en un pozo. Un cuerpo tibio y la voz de mi padre ordenándome que guarde silencio. Su rabia me sacude y trato de calmarme mirando el suelo. El trauma de la infancia que me patea cuando el inconsciente gana. De pronto vuelo. La ambulancia nos lleva y yo te miro. No sé quién la llamó ni en qué momento me subí. Pienso en el niño. Mis ojos se apagan. Me pica una vieja melodía detrás de la oreja y el sueño pesa tanto que la cabeza me cae sobre la camilla. Babeo palabras sueltas sobre una promesa y una ruptura.
La enfermera me despierta acariciándome el pelo. En la habitación 110 su mujer acaba de tener una hija, debería ir a verla, me dice. Asimilo como puedo el olor a hospital y advierto que todavía llevo el pijama azul y las pantuflas de cuerina.
Me sonreís mientras amamantás al bebé pegado a tu pecho. Me decís que soñaste el nombre perfecto para nuestra hija y yo quiero llorar. Te pregunto si saben algo del niño, cómo llegó la ambulancia al lugar del accidente. Afirmo, sudando, que debería ir preso.
Fue un sueño, me decís. Te desperté, llamaste al hospital y nos trajeron. Eso es todo. Intento hacer memoria y me froto las ojeras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario