Esa sonrisa. No podía pensar en otra cosa que no sea esa sonrisa. Por eso cuando la invitó al café, ella aceptó. Llevaban bastante tiempo entre idas y vueltas, noviazgos que duraban de medio año a un mes y que se cortaban porque él no quería dar el siguiente paso.
¿De qué forma debería mostrar lo que siento por él? Se preguntaba mientras buscaba los anteojos en la cartera para poder observar el menú. Poco sabía ella que esta no era una reunión más, que esta vez el amor eterno sería entregado en una caja roja de terciopelo, que le diría la esperada propuesta.
Se acomodó el cabello cenizo y mantuvo la educada cadena de conversación lo mejor que pudo. Contando una y otra vez el inicio de todo: cómo se conocieron cursando en la misma secundaria, cómo tímidamente se arroparon uno al otro después de hacer el amor. De las risas enamoradas del día después. De los paseos por la costa, por el bosque o el campo.
Cuando llego el momento justo, Don Ramón, con sus finas y arrugadas manos de 80 años labrando la tierra, le mostró el anillo a Silvia. El diamante que brillaba en la caja al fin se posaría en el dedo anular. Al fin se casarían los dos.
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