lunes, 25 de mayo de 2026

Los atardeceres perdidos

 Mi mamá siempre me decía que todos tenemos sombra. Era chico y la escuchaba mientras amasaba tortas fritas. Los días que jugaba a la pelota en el parque con mis compañeritos del jardín, a veces me quedaba quietito, mirando como esas capas oscuras que iban desde sus zapatillas marcaban la tierra de negro. No podía ver lo mismo en mi. No importaba cuantas vueltas diera sobre el margen el sol, o que tan alto estaba el astro en el cielo: yo no me veía ninguna imagen gris atada a mis pies.

Por un tiempo creí que debía tener el mismo problema que Peter Pan. Como él que llamaba a su sombra y se peleaba para tomarla y que Wendy intentaba cosérsela. Pero, ¿Cómo se llamaría mi sombra? ¿Cómo podría nombrarla para atraerla y atarla a mi ser? Pase noches pensando en eso. Llamándola como se me ocurriera en la calle, mientras mis compañeros se reían de mi. Hasta que en algún momento simplemente lo olvidé. 

Los años hacen escombros de los atardeceres perdidos y yo crecí olvidando el miedo a madurar. Dejando atrás mis sueños bajo el cielo azul. ¿Desde cuando es importante tener sombra? me preguntaba, hasta que dejé de hacerlo.

Me recibí, formé una familia, acuné un bebé y sostuve un trabajo excepcional. Fabrique estructuras solidas y arquitecturas brillantes sobre el cemento. Mi nombre titulo los mas grandes edificios centrales. 

Pasaron los años y los edificios siguieron en pie. Mi mujer se fue cansando de hablarle a un hombre que respondía con planos y presupuestos. Mis hijos crecieron y dejaron de llamarme. Decían que siempre estaba en otro lado, aunque estuviera sentado frente a ellos

El día que falleció mi mamá me sentí envejecido. Estaba en el baño listo para el día laboral. Me puse mi traje y me mire al espejo pero no era yo quien se encontraba dibujado en el reflejo. Por mas que me observara una y otra vez, mi silueta era gris, como una sombra. Pero ya me preocupaban otras cosas: que la rodilla no me crujiera al bajar las escaleras, que los nombres no se me fueran de la cabeza, que el sol de mediodía me cansara más rápido que antes. 

Volví al parque una última vez. Estaba igual que antes, pero más chico. O yo más grande. El columpio chirriaba vacío. Me senté en el banco y esperé que el sol se pusiera para ver si, por fin, aparecía algo en el piso.

Al fin la vi, era una mancha oscura y delgada como mis frágiles huesos. Me refregué los ojos para verla mejor y ahí estaba. Esperándome. Pensé en que si pudiera, la abrazaría. Pensé en todo lo que fui y en todo lo que no me dedique a buscar en mi. En cuando era aquel chico que corría detrás de la pelota, o aquel joven que se creía eterno; y hoy que soy un hombre grande que aprendió tarde que no se necesita ver la sombra para saber que la trae puesta. 

Ahora, que ya es tarde, entiendo a mi mamá. Todos tenemos sombra. Solo que algunas, con los años, dejan de proyectarse afuera y empiezan a vivir dentro. Y es cierto, no se van nunca.

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