jueves, 6 de noviembre de 2025

La propuesta

Esa sonrisa. No podía pensar en otra cosa que no sea esa sonrisa. Por eso cuando la invitó al café, ella aceptó. Llevaban bastante tiempo entre idas y vueltas, noviazgos que duraban de medio año a un mes y que se cortaban porque él no quería dar el siguiente paso. 

¿De qué forma debería mostrar lo que siento por él? Se preguntaba mientras buscaba los anteojos en la cartera para poder observar el menú. Poco sabía ella que esta no era una reunión más, que esta vez el amor eterno sería entregado en una caja roja de terciopelo, que le diría la esperada propuesta. 

Se acomodó el cabello cenizo y mantuvo la educada cadena de conversación lo mejor que pudo. Contando una y otra vez el inicio de todo: cómo se conocieron cursando en la misma secundaria, cómo tímidamente se arroparon uno al otro después de hacer el amor. De las risas enamoradas del día después. De los paseos por la costa, por el bosque o el campo.

Cuando llego el momento justo, Don Ramón, con sus finas y arrugadas manos de 80 años labrando la tierra, le mostró el anillo a Silvia. El diamante que brillaba en la caja al fin se posaría en el dedo anular. Al fin se casarían los dos.

El ruso

 Jamás afanaría, tengo dignidad - Dijo el ruso, una semana antes de que robará. Y no fue dinero,  sino que se robó a la mujer de Carlos. Así mi amistad con él acabo. Pero cada tanto lo veía por el barrio y lo escuchaba en algún bar, demostrando otra vez que tenía dignidad y, en tono de risa, que estaba justo dentro de sus pantalones.

Una mañana lo crucé justo en el momento que descendía del colectivo, sus calzones se bajaban lentamente por sus rodillas. No había mentido. Era tal cual su dignidad: chiquita y arrugada.

La visita

 No esperaba atender a mi mamá en la puerta de mi casa con sus ojos desbordados de tanto llorar. Era urgente. Para ella todo era urgente. Pero esta vez iba en serio. 

Me contó de que tuvo abortos antes que yo naciera. Que mi embarazo de seguro era ectópico y tendría que pasarlo en la cama. Más que nada los últimos meses. Que me preocupara y vaya con el médico, que hay cosas que no hay que tomar a la ligera. 

Le abro la puerta y veo como parte al cielo, desde donde me cuida  hace años. Tomó el teléfono y pido que a primera hora del día me vea de urgencia la ginecóloga.

Abrí las puertas a tus nubes 

enamoradas 

cómo cuando abrí mí corazón 

a tu alma.

No llores mí amor

no oscurezcas mi mañana.

Algún día conocerás 

este horizonte

donde guardo 

mis sueños y nostalgias. 


viernes, 12 de septiembre de 2025

Mi primer cigarrillo lo probé en mi cumpleaños de 15, con mis compañeros. Ya sabia como se encendía porque mi vieja me pedía que se los prendiera mientras se hacía las uñas, pero no había ni pensado en fumar. 
Sabía que con 12 años era chica, pero la emoción de los 15 hizo que diera el primer largo sorbo y su posterior humo en forma de "O" que lleno el espacio del patio de mi casa.
Mis abuelos fumaban siempre, y verlo como un fruto prohibido, me generaba cierta atracción. Los habanos de mi abuelo, traídos de no sé donde, o los simples mentolados que siempre quedaba alguno encendido y olvidado en el cenicero principal de la casa.
Cuando a mi abuelo le diagnosticaron cáncer de pulmón, nos miramos todos decididos a abandonar esa adicción, pero más bien la escondíamos. Mi mamá salía al kiosco a comprar encendedores y fósforos "para encender el horno". Lo prendía ni bien cerraba la puerta y después, cuando salía del mercado. Siempre un cigarrillo daba vueltas. Yo lo fumaba a escondidas en el recreo, o cuando estaba de joda con mis compas.
Para mis 18 me regalaron un mechero hermoso Dupont que guardaba como oro. No quería sacarlo a la calle, para estar afuera llevaba los otros, los económicos.
Al poco tiempo falleció y todos esos intentos fueron en vano. La tristeza nos tomaba de la mano y la fumábamos mirando las nubes grises girando mientras se escapaban por la ventana.
A mi abuela se la notaba un poco más perdida después del entierro, ya un poco antes había dejado el mal habito de fumar. No entendíamos con mi mamá como había hecho, como después de tantos años y años de cigarrillos, de un momento a otro se había detenido. "Es mejor cuando se deja así, de taquito" dijo mi mamá. Pero a mí me parecía raro. Ya no era la misma. A veces la escuchaba hablando sola o cantando un viejo tango.
El médico nos dijo que podía ser la primera fase del Alzheimer, que la lleváramos un día. Fue que cuando llego el remis y levanté su cartera nos dimos cuenta de que estaba extrañamente pesada. Al darla vuelta cayeron varios mecheros. Todo tenía sentido. Se había olvidado de fumar, pero no el hábito de robarnos los encendedores.