martes, 2 de noviembre de 2021

La biblioteca de Babel - Borges

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número

indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de

ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier

hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La

distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos

anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los

pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un

angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A

izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite

dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera

espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que

fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la

Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo

prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz

procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada

hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he

peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis

ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas

leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren

por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá

largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es

infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las

salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de

nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o

pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular

con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes;

pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.)

Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo

centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada

anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de

cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de

unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro;

esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión,

alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento,

a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero

rememorar algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo colorario

inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar.

El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos

malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos

enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el

bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que

hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que

mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del

interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa

comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la

Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había

descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi

padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las

letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro

(muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página

penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea razonable o

una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de

incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la

supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de

buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los

inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero

sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese

dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a

lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros

bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad

que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba,

es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas

de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o

rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la

subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que 

puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no

prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido

aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan

confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas.

Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas

en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el

idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico.

También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por

ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un

bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este

pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos

iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También

alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta

Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la

Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones

de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o

sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa

del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca,

miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la

demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de

Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese

evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las

lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda

pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos

de Tácito.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera

impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de

un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente

solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo

bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se

habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para

siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos

prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono

natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su

Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían

oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros

engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones

remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que

se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los 

buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o

alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la

humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves

misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la

multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los

vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres

fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en

el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin

peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario;

alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames.

Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La

certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y

de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta

blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y

símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros

canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La

secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se

ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y

débilmente remedaban el divino desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles.

Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con

fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético,

se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero

quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos

notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano

resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la

Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles

imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra la

opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones

cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos

fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono

Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y

mágicos.

También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro.

En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro

que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo

ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún

vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. 

Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el

venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método

regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el

sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo

infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. No me parece

inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los

dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo

haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí,

que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea

ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se

justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo

razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción.

Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el

incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo

confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el

desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo

y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras

verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos,

pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los

muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre

de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes,

sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación

es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos

caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de

sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una

sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos

lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta

epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco

anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un

número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo

biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías

hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete

palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de

entender mi lenguaje?).

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La

certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco

distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las

páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias

heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han 

diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más

frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie

humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada,

solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil,

incorruptible, secreta.

Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre

retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan

limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos

pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin

límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar

esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un

eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los

siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido,

sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

martes, 26 de octubre de 2021

El fin Borges

Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la

otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que

se enredaba y desataba infinitamente... Recordó poco a poco la realidad, las cosas

cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo

inútil, el poncho de lana ordinaria que le cubría las piernas. Afuera, más allá de los

barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aún

quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó, hasta dar con un

cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro

lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro

que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a

otro forastero en una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la

pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no

había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había

acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no

olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercios de yerba, se le

había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de

apiadarnos de las desdichas de los héroes de las novelas concluimos apiadándonos

con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la

parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado

a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el

cerco rojo de la luna era señal de lluvia.

Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le

preguntó con los ojos si había parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que

no; el negro no contaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó

un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder. 

La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un

punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía

venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo

moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose

a trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio mas pero lo oyó

chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.

Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con

dulzura:

-Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.

El otro, con voz áspera, replicó:

-Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he

venido.

Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:

-Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.

El otro replicó sin apuro:

-Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos. Los encontré ese día y no quise

mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.

-Ya me hice cargo -dijo el negro-. Espero que los dejó con salud.

El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió

una caña y la paladeó sin concluirla.

-Les dí buenos consejos -declaró-, que nunca están de más y no cuestan nada.

Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.

Un lento acorde precedió la respuesta del negro:

-Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.

-Por lo menos a mí -dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta-: Mi

destino ha querido que yo matara, y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la

mano.

El negro, como si no lo oyera, observó:

-Con el otoño se van acortando los días.

-Con la luz que queda me basta -replicó el otro, poniéndose de pie.

Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:

-Deja en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.

Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:

-Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero. 

El otro contestó con seriedad:

-En el primero no te fue mal, lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al

segundo.

Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura

era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el

forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el

negro dijo:

-Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga

todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató

a mi hermano.

Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo

sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del

negro.

Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o

tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es

intraducible como la música... Desde su catre, Recabarren vió el fin. Una embestida

y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una

puñalada profunda, que penetró el vientre. Después vino otra que el pulpero no

alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su

agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas

con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie.

Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un

hombre. 

martes, 19 de octubre de 2021

El indigno – Jorge Luis Borges

 La imagen que tenemos de la ciudad siempre es algo anacrónica. El café ha degenerado en bar; el zaguán que nos dejaba entrever los patios y la parra es ahora un borroso corredor con un ascensor en el fondo. Así, yo creí durante años que a determinada altura de Talcahuano me esperaba la Librería Buenos Aires; una mañana comprobé que la había reemplazado una casa de antigüedades y me dijeron que don Santiago Fischbein, el dueño, había fallecido. Era más bien obeso; recuerdo menos sus facciones que nuestros largos diálogos. Firme y tranquilo, solía condenar el sionismo, que haría del judío un hombre común, atado, como todos los otros, a una sola tradición y un solo país, sin las complejidades y discordias que ahora lo enriquecen. Estaba compilando, me dijo, una copiosa antología de la obra de Baruch Spinoza aligerada de todo ese aparato euclidiano que traba la lectura y que da a la fantástica teoría un rigor ilusorio. Me mostró, y no quiso venderme, un curioso ejemplar de la Kabbala denudata de Rosenroth, pero en mi biblioteca hay algunos libros de Ginsburg y de Waite que llevan su sello.

Una tarde en que los dos estábamos solos me confió un episodio de su vida, que hoy puedo referir. Cambiaré, como es de prever, algún pormenor.

«Voy a revelarle una cosa que no he contado a nadie. Ana, mi mujer, no lo sabe, ni siquiera mis amigos más íntimos. Hace ya tantos años que ocurrió que ahora la siento como ajena. A lo mejor le sirve para un cuento, que usted, sin duda, surtirá de puñales. No sé si ya le he dicho alguna otra vez que soy entrerriano. No diré que éramos gauchos judíos; gauchos judíos no hubo nunca. Éramos comerciantes y chacareros. Nací en Urdinarrain, de la que apenas guardo memoria; cuando mis padres se vinieron a Buenos Aires, para abrir una tienda, yo era muy chico. A unas cuadras quedaba el Maldonado y después los baldíos.

Carlyle ha escrito que los hombres precisan héroes. La historia de Grosso me propuso el culto de San Martín, pero en él no hallé más que un militar que había guerreado en Chile y que ahora era una estatua de bronce y el nombre de una plaza. El azar me dio un héroe muy distinto, para desgracia de los dos: Francisco Ferrari. Ésta debe ser la primera vez que lo oye nombrar.

El barrio no era bravo como lo fueron, según dicen, los Corrales y el Bajo, pero no había almacén que no contara con su barra de compadritos. Ferrari paraba en el almacén de Triunvirato y Thames. Fue ahí donde ocurrió el incidente que me llevó a ser uno de sus adictos. Yo había ido a comprar un cuarto de yerba. Un forastero de melena y bigote se presentó y pidió una ginebra. Ferrari le dijo con suavidad:

—Dígame ¿no nos vimos anteanoche en el baile de la Juliana? ¿De dónde viene?

—De San Cristóbal —dijo el otro.

—Mi consejo —insinuó Ferrari— es que no vuelva por aquí. Hay gente sin respeto que es capaz de hacerle pasar un mal rato.

El de San Cristóbal se fue, con bigote y todo. Tal vez no fuera menos hombre que el otro, pero sabía que ahí estaba la barra.

Desde esa tarde Francisco Ferrari fue el héroe que mis quince años anhelaban. Era morocho, más bien alto, de buena planta, buen mozo a la manera de la época. Siempre andaba de negro. Un segundo episodio nos acercó. Yo estaba con mi madre y mi tía; nos cruzamos con unos muchachones y uno le dijo fuerte a los otros:

—Déjenlas pasar. Carne vieja.

Yo no supe qué hacer. En eso intervino Ferrari, que salía de su casa. Se encaró con el provocador y le dijo:

—Si andás con ganas de meterte con alguien ¿por qué no te metés conmigo más bien?

Los fue filiando, uno por uno, despacio, y nadie contestó una palabra. Lo conocían.

Se encogió de hombros, nos saludó y se fue. Antes de alejarse, me dijo:

—Si no tenés nada que hacer, pasá luego por el boliche.

Me quedé anonadado. Sarah, mi tía, sentenció:

—Un caballero que hace respetar a las damas.

Mi madre, para sacarme del apuro, observó:

—Yo diría más bien un compadre que no quiere que haya otros.

No sé cómo explicarle las cosas. Yo me he labrado ahora una posición, tengo esta librería que me gusta y cuyos libros leo, gozo de amistades como la nuestra, tengo mi mujer y mis hijos, me he afiliado al Partido Socialista, soy un buen argentino y un buen judío. Soy un hombre considerado. Ahora usted me ve casi calvo; entonces yo era un pobre muchacho ruso, de pelo colorado, en un barrio de las orillas. La gente me miraba por encima del hombro. Como todos los jóvenes, yo trataba de ser como los demás. Me había puesto Santiago para escamotear el Jacobo, pero quedaba el Fischbein. Todos nos parecemos a la imagen que tienen de nosotros. Yo sentía el desprecio de la gente y yo me despreciaba también. En aquel tiempo, y sobre todo en aquel medio, era importante ser valiente; yo me sabía cobarde. Las mujeres me intimidaban; yo sentía la íntima vergüenza de mi castidad temerosa. No tenía amigos de mi edad.

No fui al almacén esa noche. Ojalá nunca lo hubiera hecho. Acabé por sentir que en la invitación había una orden; un sábado, después de comer, entré en el local.


Ferrari presidía una de las mesas. A los otros yo los conocía de vista; serían unos siete. Ferrari era el mayor, salvo un hombre viejo, de pocas y cansadas palabras, cuyo nombre es el único que no se me ha borrado de la memoria: don Eliseo Amaro. Un tajo le cruzaba la cara, que era muy ancha y floja. Me dijeron, después, que había sufrido una condena.

Ferrari me sentó a su izquierda; a don Eliseo lo hicieron mudar de lugar. Yo no las tenía todas conmigo. Temía que Ferrari aludiera al ingrato incidente de días pasados. Nada de eso ocurrió; hablaron de mujeres, de naipes, de comicios, de un payador que estaba por llegar y que no llegó, de las cosas del barrio. Al principio les costaba aceptarme; luego lo hicieron, porque tal era la voluntad de Ferrari. Pese a los apellidos, en su mayoría italianos, cada cual se sentía (y lo sentían) criollo y aun gaucho. Alguno era cuarteador o carrero o acaso matarife; el trato con los animales los acercaría a la gente de campo. Sospecho que su mayor anhelo hubiera sido ser Juan Moreira. Acabaron por decirme el Rusito, pero en el apodo no había desprecio. De ellos aprendí a fumar y otras cosas.

En una casa de la calle Junín alguien me preguntó si yo no era amigo de Francisco Ferrari. Le contesté que no; sentí que haberle contestado que sí hubiera sido una jactancia.

Una noche la policía entró y nos palpó. Alguno tuvo que ir a la comisaría; con Ferrari no se metieron. A los quince días la escena se repitió; esta segunda vez arrearon con Ferrari también, que tenía una daga en el cinto. Acaso había perdido el favor del caudillo de la parroquia.

Ahora veo en Ferrari a un pobre muchacho, iluso y traicionado; para mí, entonces, era un dios.

La amistad no es menos misteriosa que el amor o que cualquiera de las otras faces de esta confusión que es la vida. He sospechado alguna vez que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola. El hecho es que Francisco Ferrari, el osado, el fuerte, sintió amistad por mí, el despreciable. Yo sentí que se había equivocado y que yo no era digno de esa amistad. Traté de rehuirlo y no me lo permitió. Esta zozobra se agravó por la desaprobación de mi madre, que no se resignaba a mi trato con lo que ella nombraba la morralla y que yo remedaba. Lo esencial de la historia que le refiero es mi relación con Ferrari, no los sórdidos hechos, de los que ahora no me arrepiento. Mientras dura el arrepentimiento dura la culpa.

El viejo, que había retomado su lugar al lado de Ferrari, secreteaba con él. Algo estarían tramando. Desde la otra punta de la mesa, creí percibir el nombre de Weidemann, cuya tejeduría quedaba por los confines del barrio. Al poco tiempo me encargaron, sin más explicaciones, que rondara la fábrica y me fijara bien en las puertas. Ya estaba por atardecer cuando crucé el arroyo y las vías. Me acuerdo de unas casas desparramadas, de un sauzal y unos huecos. La fábrica era nueva, pero de aire solitario y derruido; su color rojo, en la memoria, se confunde ahora con el poniente. La cercaba una verja. Además de la entrada principal, había dos puertas en el fondo que miraban al sur y que daban directamente a las piezas.

Confieso que tardé en comprender lo que usted ya habrá comprendido. Hice mi informe, que otro de los muchachos corroboró. La hermana trabajaba en la fábrica. Que la barra faltara al almacén un sábado a la noche hubiera sido recordado por todos; Ferrari decidió que el asalto se haría el otro viernes. A mí me tocaría hacer de campana. Era mejor que, mientras tanto, nadie nos viera juntos. Ya solos en la calle los dos, le pregunté a Ferrari:

—¿Usted me tiene fe?

—Sí —me contestó—. Sé que te portarás como un hombre.

Dormí bien esa noche y las otras. El miércoles le dije a mi madre que iba a ver en el centro una vista nueva de cowboys. Me puse lo mejor que tenía y me fui a la calle Moreno. El viaje en el Lacroze fue largo. En el Departamento de Policía me hicieron esperar, pero al fin uno de los empleados, un tal Eald o Alt, me recibió. Le dije que venía a tratar con él un asunto confidencial. Me respondió que hablara sin miedo. Le revelé lo que Ferrari andaba tramando. No dejó de admirarme que ese nombre le fuera desconocido; otra cosa fue cuando le hablé de don Eliseo.

—¡Ah! —me dijo—. Ése fue de la barra del Oriental.

Hizo llamar a otro oficial, que era de mi sección, y los dos conversaron. Uno me preguntó, no sin sorna:

—¿Vos venís con esta denuncia porque te creés un buen ciudadano?

Sentí que no me entendería y le contesté:

—Sí, señor. Soy un buen argentino.

Me dijeron que cumpliera con la misión que me había encargado mi jefe, pero que no silbara cuando viera venir a los agentes. Al despedirme, uno de los dos me advirtió:

—Andá con cuidado. Vos sabés lo que les espera a los batintines.

Los funcionarios de policía gozan con el lunfardo, como los chicos de cuarto grado. Le respondí:

—Ojalá me maten. Es lo mejor que puede pasarme.

Desde la madrugada del viernes, sentí el alivio de estar en el día definitivo y el remordimiento de no sentir remordimiento alguno. Las horas se me hicieron muy largas. Apenas probé la comida. A las diez de la noche fuimos juntándonos a una cuadra escasa de la tejeduría. Uno de los nuestros falló; don Eliseo dijo que nunca falta un flojo. Pensé que luego le echarían la culpa de todo. Estaba por llover. Yo temí que alguien se quedara conmigo, pero me dejaron solo en una de las puertas del fondo. Al rato aparecieron los vigilantes y un oficial. Vinieron caminando; para no llamar la atención habían dejado los caballos en un terreno. Ferrari había forzado la puerta y pudieron entrar sin hacer ruido. Me aturdieron cuatro descargas. Yo pensé que adentro, en la oscuridad, estaban matándose. En eso vi salir a la policía con los muchachos esposados. Después salieron dos agentes, con Francisco Ferrari y don Eliseo Amaro a la rastra. Los habían ardido a balazos. En el sumario se declaró que habían resistido la orden de arresto y que fueron los primeros en hacer fuego. Yo sabía que era mentira, porque no los vi nunca con revólver. La policía aprovechó la ocasión para cobrarse una vieja deuda. Días después, me dijeron que Ferrari trató de huir, pero que un balazo bastó. Los diarios, por supuesto, lo convirtieron en el héroe que acaso nunca fue y que yo había soñado.

A mí me arrearon con los otros y al poco tiempo me soltaron».

martes, 5 de octubre de 2021

Funes el memorioso, Borges

 Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, «un Zarathustra cimarrón y vernáculo «; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.

Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: «¿Qué horas son, Ireneo?». Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: ‘Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco». La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.

Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O’Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.

Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el «cronométrico Funes». Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado… Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, «del día 7 de febrero del año 84», ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, «había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó «, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario «para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín». Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.

El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba «nada bien». Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El «Saturno» zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro VII de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn.

Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.

Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños.

Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: «Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo». Y también: «Mis sueños son como la vigilia de ustedes». Y también, hacia el alba: «Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras». Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.

Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas… Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los «números» El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo XVII, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.

Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.

Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.

Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce,

más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.

Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

martes, 10 de agosto de 2021

ESSE EST PERCIPI (Ser es ser percibido) de Jorge Luis Borges-Adolfo Bioy Casares

Viejo turista de la zona de Nuñez y aledaños, no dejé de notar que venía faltando en su lugar de siempre el monumental estadio de River. Consternado, consulté al respecto al amigo y doctor Gervasio Montenegro, miembro de número de la Academia Argentina de Letras. En él hallé el motor que me puso sobre la pista. Su pluma compilaba por aquel entonces una a modo de Historia panorámica del periodismo nacional, obra llena de méritos, en la que se afanaba su secretaria. Las documentaciones de práctica lo habían llevado casualmente a husmear el busilis. Poco antes de adormecerse del todo, me remitió a un amigo común, Tulio Savastano, presidente del club Abasto Juniors, de cuya sede, sita en el Edificio Amianto, de avenida Corrientes y Pasteur, me di traslado. Este directivo, pese al régimen doble dieta a que lo tiene sometido su médico y vecino doctor Narbondo, mostrábase aún movedizo y ágil. Un tanto enfarolado por el último triunfo de su equipo sobre el combinado canario, se despachó a sus anchas y me confió, mate va, mate viene, pormenores de bulto que aludían a la cuestión sobre el tapete. Aunque yo me repitiese que Savastano había sido otrora el compinche de mis mocedades de Agüero esquina Humahuaca, la majestad del cargo me imponía y, cosa de romper la tirantez, congratulélo sobre la tramitación del último goal que, a despecho de la intervención de Zarlenga y Parodi, conviertiera el centro-half Renovales, tras aquel pase histórico de Musante. Sensible a mi adhesión al once de Abasto, el prohombre dio una chupada postrimera a la bombilla exhausta, diciendo filosóficamente, como aquel que sueña en voz alta:

-Y pensar que fui yo el que les inventé esos nombres.

-¿Alias? -pregunté, gemebundo-. ¿Musante no se llama Musante? ¿Renovales no es Renovales? ¿Limardo no es el genuino patronímico del ídolo que aclama la afición?

La respuesta me aflojó todos los miembros.

-¿Cómo? ¿Usted cree todavía en la afición y en los ídolos? ¿Dónde ha vivido, don Domecq?

En eso entró un ordenanza que parecía un bombero y musitó que Ferrabás quería hablarle al señor.

-¿Ferrabás, el locutor de la voz pastosa? -exclamé- ¿El animador de la sobremesa cordial de las 13 y 15 y del jabón Profumo? ¿Estos, mis ojos, le verán tal cual es? ¿De verás que se llama Ferrabás?

-Que espere -ordenó el señor Savastano.

-¿Que espere? ¿No será más prudente que yo me sacrifique y me retire? -aduje con sincera abnegación.

-Ni se le ocurra -contestó Savastano-. Arturo, dígale a Ferrabás que pase. Tanto da...

Ferrabás hizo con naturalidad su entrada. Yo iba a ofrecerle mi butaca, pero Arturo, el bombero, me disuadió con una de esas miraditas que son como una masa de aire polar. La voz presidencial dictaminó:

-Ferrabás, ya hablé con De Filipo y con Camargo. En la fecha próxima pierde Abasto, por dos a uno. Hay juego recio, pero no vaya a recaer, acuérdese bien, en el pase de Musante a Renovales, que la gente sabe de memoria. Yo quiero imaginación, imaginación. ¿Comprendido? Ya puede retirarse.

Junté fuerzas para aventurar la pregunta:

-¿Debo deducir que el score se digita?

Savastano, literalmente, me revolcó en el polvo.

-No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.

-Señor, ¿quién inventó las cosas? -atiné a preguntar.

-Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quién se le ocurrieron primero las inauguraciones de escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase, Domecq, la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos.

-¿Y la conquista del espacio? -gemí.

-Es un programa foráneo, una coproducción yanqui-soviética. Un laudable adelanto, no lo neguemos, del espectáculo cientifista.

-Presidente, usted me mete miedo -mascullé, sin respetar la vía jerárquica-. ¿Entonces en el mundo no pasa nada?

-Muy poco -contestó con su flema inglesa-. Lo que yo no capto es su miedo. El género humano está en casa, repatingado, atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué mas quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo del progreso que se impone.

-¿Y si se rompe la ilusión? -dije con un hilo de voz.

-Qué se va a romper -me tarnquilizó. -Por si acaso, seré una tumba -le prometí-. Lo juro por mi adhesión personal, por mi lealtad al equipo, por usted, por Limardo, por Renovales.

-Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer.

Sonó el teléfono. El presidente portó el tubo al oído y aprovechó la mano libre para indicarme la puerta de salida.