viernes, 11 de junio de 2021

"There Are More Things" Borges

 A la memoria de Howard P. Lovecraft

A punto de rendir el último examen en la Universidad de Texas, en Austin, supe que mi tío Edwin Arnett había muerto de un aneurisma, en el confín remoto del Continente. Sentí lo que sentimos cuando alguien muere: la congoja, ya inútil, de que nada nos hubiera costado haber sido más buenos. El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos. La materia que yo cursaba era filosofía; recordé que mi tío, sin invocar un solo nombre propio, me había revelado sus hermosas perplejidades, allá en la Casa Colorada, cerca de Lomas. Una de las naranjas del postre fue su instrumento para iniciarme en el idealismo de Berkeley; el tablero de ajedrez le bastó para las paradojas eleáticas. Años después me prestaría los tratados de Hinton, que quiere demostrar la realidad de una cuarta dimensión del espacio, que el lector puede intuir mediante complicados ejercicios con cubos de colores. No olvidaré los prismas y pirámides que erigimos en el piso del escritorio.

Mi tío era ingeniero. Antes de jubilarse de su cargo en el Ferrocarril decidió establecerse en Turdera, que le ofrecía las ventajas de una soledad casi agreste y de la cercanía de Buenos Aires. Nada más previsible que el arquitecto fuera su íntimo amigo Alexander Muir. Este hombre rígido profesaba la rígida doctrina de Knox; mi tío, a la manera de casi todos los señores de su época, era librepensador, o, mejor dicho, agnóstico, pero le interesaba la teología, como le interesaban los falaces cubos de Hinton o las bien concertadas pesadillas del joven Wells. Le gustaban los perros; tenía un gran ovejero al que le había puesto el apodo de Samuel Johnson en memoria de Lichfield, su lejano pueblo natal.

La Casa Colorada estaba en un alto, cercada hacia el poniente por terrenos anegadizos. Del otro lado de la verja, las araucarias no mitigaban su aire de pesadez. En lugar de azoteas había tejados de pizarra a dos aguas y una torre cuadrada con un reloj, que parecían oprimir las paredes y las parcas ventanas. De chico, yo aceptaba esas fealdades como se aceptan esas cosas incompatibles que sólo por razón de coexistir llevan el nombre de universo.

Regresé a la patria en 1921. Para evitar litigios habían rematado la casa; la adquirió un forastero, Max Preetorius, que abonó el doble de la suma ofrecida por el mejor postor. Firmada la escritura, llegó al atardecer con dos asistentes y tiraron a un vaciadero, no lejos del Camino de las Tropas, todos los muebles, todos los libros y todos los enseres de la casa. (Recordé con tristeza los diagramas de los volúmenes de Hinton y la gran esfera terráquea.) Al otro día, fue a conversar con Muir y le propuso ciertas refacciones, que éste rechazó con indignación. Ulteriormente, una empresa de la Capital se encargó de la obra. Los carpinteros de la localidad se negaron a amueblar de nuevo la casa; un tal Mariani, de Glew, aceptó al fin las condiciones que le impuso Preetorius. Durante una quincena, tuvo que trabajar de noche, a puertas cerradas. Fue asimismo de noche que se instaló en la Casa Colorada el nuevo habitante. Las ventanas ya no se abrieron, pero en la oscuridad se divisaban grietas de luz. El lechero dio una mañana con el ovejero muerto en la acera, decapitado y mutilado. En el invierno talaron las araucarias. Nadie volvió a ver a Preetorius, que, según parece, no tardó en dejar el país.

Tales noticias, como es de suponer, me inquietaron. Sé que mi rasgo más notorio es la curiosidad que me condujo alguna vez a la unión con una mujer del todo ajena a mí, sólo para saber quién era y cómo era, a practicar (sin resultado apreciable) el uso del láudano, a explorar los números transfinitos y a emprender la atroz aventura que voy a referir. Fatalmente decidí indagar el asunto.

Mi primer trámite fue ver a Alexander Muir. Lo recordaba erguido y moreno, de una flacura que no excluía la fuerza; ahora lo habían encorvado los años y la renegrida barba era gris. Me recibió en su casa de Temperley, que previsiblemente se parecía a la de mi tío, ya que las dos correspondían a las sólidas normas del buen poeta y mal constructor William Morris.

El diálogo fue parco; no en vano el símbolo de Escocia es el cardo. Intuí, no obstante, que el cargado té de Ceylán y la equitativa fuente de scones (que mi huésped partía y enmantecaba como si yo aún fuera un niño) eran, de hecho, un frugal festín calvinista, dedicado al sobrino de su amigo. Sus controversias teológicas con mi tío habían sido un largo ajedrez, que exigía de cada jugador la colaboración del contrario.

Pasaba el tiempo y yo no me acercaba a mi tema. Hubo un silencio incómodo y Muir habló.

—Muchacho (Young man) —dijo—, usted no se ha costeado hasta aquí para que hablemos de Edwin o de los Estados Unidos, país que poco me interesa. Lo que le quita el sueño es la venta de la Casa Colorada y ese curioso comprador. A mí, también. Francamente, la historia me desagrada, pero le diré lo que pueda. No será mucho.

Al rato, prosiguió sin premura:

—Antes que Edwin muriera, el intendente me citó en su despacho. Estaba con el cura párroco. Me propusieron que trazara los planos para una capilla católica. Remunerarían bien mi trabajo. Les contesté en el acto que no. Soy un servidor del Señor y no puedo cometer la abominación de erigir altares para ídolos.

Aquí se detuvo.

—¿Eso es todo? —me atreví a preguntar.

—No. El judezno ese de Preetorius quería que yo destruyera mi obra y que en su lugar pergeñara una cosa monstruosa. La abominación tiene muchas formas.

Pronunció estas palabras con gravedad y se puso de pie.

Al doblar la esquina se me acercó Daniel Iberra. Nos conocíamos como la gente se conoce en los pueblos. Me propuso que volviéramos caminando. Nunca me interesaron los malevos y preví una sórdida retahíla de cuentos de almacén más o menos apócrifos y brutales, pero me resigné y acepté. Era casi de noche. Al divisar desde unas cuadras la Casa Colorada en el alto, Iberra se desvió. Le pregunté por qué. Su respuesta no fue la que yo esperaba.

—Soy el brazo derecho de don Felipe. Nadie me ha dicho flojo. Te acordarás de aquel mozo Urgoiti que se costeó a buscarme de Merlo y de cómo le fue. Mirá. Noches pasadas, yo venía de una farra. A unas cien varas de la quinta, vi algo. El tubiano se me espantó y si no me le afirmo y lo hago tomar por el callejón, tal vez no cuento el cuento. Lo que vi no era para menos.

Muy enojado, agregó una mala palabra.

Aquella noche no dormí. Hacia el alba soñé con un grabado a la manera de Piranesi, que no había visto nunca o que había visto y olvidado, y que representaba el laberinto. Era un anfiteatro de piedra, cercado de cipreses y más alto que las copas de los cipreses. No había ni puertas ni ventanas, pero sí una hilera infinita de hendijas verticales y angostas. Con un vidrio de aumento yo trataba de ver el minotauro. Al fin lo percibí. Era el monstruo de un monstruo; tenía menos de toro que de bisonte y, tendido en la tierra el cuerpo humano, parecía dormir y soñar. ¿Soñar con qué o con quién?

Esa tarde pasé frente a la Casa. El portón de la verja estaba cerrado y unos barrotes retorcidos. Lo que antes fue jardín era maleza. A la derecha había una zanja de escasa hondura y los bordes estaban pisoteados.

Una jugada me quedaba, que fui demorando durante días, no sólo por sentirla del todo vana, sino porque me arrastraría a la inevitable, a la última.

Sin mayores esperanzas fui a Glew. Mariani, el carpintero, era un italiano obeso y rosado, ya entrado en años, de lo más vulgar y cordial. Me bastó verlo para descartar las estratagemas que había urdido la víspera. Le entregué mi tarjeta, que deletreó pomposamente en voz alta, con algún tropezón reverencial al llegar a doctor. Le dije que me interesaba el moblaje fabricado por él para la propiedad que fue de mi tío, en Turdera. El hombre habló y habló. No trataré de transcribir sus muchas y gesticuladas palabras, pero me declaró que su lema era satisfacer todas las exigencias del cliente, por estrafalarias que fueran, y que él había ejecutado su trabajo al pie de la letra. Tras de hurgar en varios cajones, me mostró unos papeles que no entendí, firmados por el elusivo Preetorius. (Sin duda me tomó por un abogado.) Al despedirnos, me confió que por todo el oro del mundo no volvería a poner los pies en Turdera y menos en la casa. Agregó que el cliente es sagrado, pero que en su humilde opinión, el señor Preetorius estaba loco. Luego se calló, arrepentido. Nada más pude sonsacarle.

Yo había previsto ese fracaso, pero una cosa es prever algo y otra que ocurra.

Repetidas veces me dije que no hay otro enigma que el tiempo, esa infinita urdimbre del ayer, del hoy, del porvenir, del siempre y del nunca. Esas profundas reflexiones resultaron inútiles; tras de consagrar la tarde al estudio de Schopenhauer o de Royce, yo rondaba, noche tras noche, por los caminos de tierra que cercan la Casa Colorada. Algunas veces divisé arriba una luz muy blanca; otras creí oír un gemido. Así hasta el diecinueve de enero.

Fue uno de esos días de Buenos Aires en el que el hombre se siente no sólo maltratado y ultrajado por el verano, sino hasta envilecido. Serían las once de la noche cuando se desplomó la tormenta. Primero el viento sur y después el agua a raudales. Erré buscando un árbol. A la brusca luz de un relámpago me hallé a unos pasos de la verja. No sé si con temor o con esperanza probé el portón. Inesperadamente, cedió. Avancé empujado por la tormenta. El cielo y la tierra me conminaban. También la puerta de la casa estaba a medio abrir. Una racha de lluvia me azotó la cara y entré.

Adentro habían levantado las baldosas y pisé pasto desgreñado. Un olor dulce y nauseabundo penetraba la casa. A izquierda o a derecha, no sé muy bien, tropecé con una rampa de piedra. Apresuradamente subí. Casi sin proponérmelo hice girar la llave de la luz.

El comedor y la biblioteca de mis recuerdos eran ahora, derribada la pared medianera, una sola gran pieza desmantelada, con uno que otro mueble. No trataré de describirlos, porque no estoy seguro de haberlos visto, pese a la despiadada luz blanca. Me explicaré. Para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones y partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un vehículo? El salvaje no puede percibir la biblia del misionero; el pasajero no ve el mismo cordaje que los hombres de a bordo. Si viéramos realmente el universo, tal vez lo entenderíamos.

Ninguna de las formas insensatas que esa noche me deparó correspondía a la figura humana o a un uso concebible. Sentí repulsión y terror. En uno de los ángulos descubrí una escalera vertical, que daba al otro piso. Entre los anchos tramos de hierro, que no pasarían de diez, había huecos irregulares. Esa escalera, que postulaba manos y pies, era comprensible y de algún modo me alivió. Apagué la luz y aguardé un tiempo en la oscuridad. No oí el menor sonido, pero la presencia de las cosas incomprensibles me perturbaba. Al fin me decidí.

Ya arriba mi temerosa mano hizo girar por segunda vez la llave de la luz. La pesadilla que prefiguraba el piso inferior se agitaba y florecía en el último. Había muchos objetos o unos pocos objetos entretejidos. Recupero ahora una suerte de larga mesa operatoria, muy alta, en forma de U, con hoyos circulares en los extremos. Pensé que podía ser el lecho del habitante, cuya monstruosa anatomía se revelaba así, oblicuamente, como la

de un animal o un dios, por su sombra. De alguna página de Lucano, leída hace años y olvidada, vino a mi boca la palabra anfisbena, que sugería, pero que no agotaba por cierto lo que verían luego mis ojos. Asimismo recuerdo una V de espejos que se perdía en la tiniebla superior.

¿Cómo sería el habitante? ¿Qué podía buscar en este planeta, no menos atroz para él que él para nosotros? ¿Desde qué secretas regiones de la astronomía o del tiempo, desde qué antiguo y ahora incalculable crepúsculo, habría alcanzado este arrabal sudamericano y esta precisa noche?

Me sentí un intruso en el caos. Afuera había cesado la lluvia. Miré el reloj y vi con asombro que eran casi las dos. Dejé la luz prendida y acometí cautelosamente el descenso. Bajar por donde había subido no era imposible. Bajar antes que el habitante volviera. Conjeturé que no había cerrado las dos puertas porque no sabía hacerlo.

Mis pies tocaban el penúltimo tramo de la escalera cuando sentí que algo ascendía por la rampa, opresivo y lento y plural. La curiosidad pudo más que el miedo y no cerré los ojos.

jueves, 10 de junio de 2021

Julio Cortázar: Breve curso de Oceanografía

On peut dire alors que, sur la Lune, il fait clair de Terre.

Dictionnaire Encyclopédique Quillet, art. «Lune»

Observando con atención un mapa de la Luna se notará que sus «mares» y «ríos» distan mucho de tener comunicación entre sí; por el contrario, guardan una reserva completa y perpetúan abstraídamente el recuerdo de antiguas aguas. De ahí que los maestros enseñen a sus boquiabiertos discípulos que en la Luna hubo alguna vez cuencas cerradas, y por cierto ningún sistema de vasos comunicantes.

Todo ello ocurre al no tenerse oficialmente noticia de la cara opuesta del satélite. Solo a mí, ¡oh dulcísima Selene!, me es conocida tu espalda de azúcar. Allí, en la zona que el imbécil de Endimión hubiera podido sojuzgar para su delicia, los ríos y los mares se conjugaban otrora en una vastísima corriente, en un estuario ahora pavorosamente seco y enjuto, recubierto por las ásperas crines del sol que lo golpean y lo acucian, es verdad que sin resultado alguno.

No temas, Astarté. Tu tragedia será dicha, tu pena y tu nostalgia; pero yo la expondré bellamente, que aquí en el planeta del cual dependes cuenta más la forma que la ética[1]. Déjame narrar cómo en antiguos tiempos tu corazón era un inexhaustible manantial del cual fluían los ríos de voluptuosa cintura, devoradores de montañas, alpinistas amedrentados, siempre camino abajo hasta encontrarse todos, luego de petulantes evoluciones, en la magna corriente de tu espalda que los llevaba al OCÉANO. ¡Al Océano multiforme, de cabezas y senos henchido![2].

Acontecía la corriente de ancha envergadura, con aguas ya olvidadas de adolescentes juegos. La Luna era doncella y su río le tejía una trenza bajándole por el fino hueco entre los omóplatos, quemándole con fría mano la región donde los riñones tiemblan como potros bajo la espuela. Así por siempre, incesantemente la trenza descendía envuelta en paisajes minerales, asistida de grave complacencia, resumen ya de hidrografías vastísimas.

Si entonces hubiéramos podido verla, si entonces no hubiésemos estado entre el helecho y el pterodáctilo, primeros estadios hacia una condición mejor, qué prodigio de plata y espuma nos hubiera resbalado por los ojos. Cierto que la corriente colectora, la Magna, fluía sobre la faz opuesta a la Tierra. Pero, ¿y los mares entre montañas, los estupendos circos entonces henchidos de su sustancia flexible? ¿Y la reverberación de las olas, aplaudiendo la propia arquitectura? ¡Agua sorprendente! Después de mil castillos y manteles efímeros, después de regatas y pasteles de boda y grandes demostraciones navales frente a las rocas aferradas a su sinecura, la teoría rumorosa se encaminaba hacia el magno estuario del otro lado, ordenando sus legiones.

Déjame decir esto a los hombres, Selene cadenciosa; aquellas aguas estaban habitadas por una raza celeste, de fusiforme contextura, de hábitos bondadosos y corazón siempre rebosado. ¿Conoces los delfines, lector? Sí, desde la borda del transatlántico, una platea de cine, las novelas náuticas. Yo te pregunto si los conoces íntimamente, si has podido alguna vez interrogar la esfera melancólica de sus vidas al parecer tan alegres[3]. Yo te pregunto si, superando la fácil satisfacción que proporcionan los textos de zoología, has mirado a un delfín exactamente en el centro de los ojos…

Por las aguas de la gran corriente descendían pues los selenitas, seres entornados a toda evidencia excesiva, libres aún de comparación y de nombres, nadadores y lotógrafos. A diferencia de los delfines no saltaban sobre las aguas; sus lomos indolentes ascendían con la pausa de las olas, sus pupilas vidriadas contemplaban en perpetua maravilla la sucesión de volcanes humeantes en la ribera, los glaciares cuya presencia anunciaba de pronto en el frío de las aguas como manos viscosas buscando el vientre por debajo y furtivamente. Y huían entonces de los glaciares en busca de la tibieza que la corriente conservaba en sus profundas napas de crudo azul.

Es esto lo más triste de contar; es esto lo más cruel. Que la corriente colectora olvidase un día la fidelidad a su cauce, que por sobre la fácil curvatura de la Luna creara una húmeda tangente de rebeldía, que se desplazara apoyada en el espeso aire, rumbo al espacio y a la libertad… ¿cómo narrarlo sin sentir en las vértebras un acorde de agria disonancia?[4]. Por sobre el aire se alejaba la corriente, proyectándose una ruta de definido motín, llevando consigo las aguas de la Luna desgarrada de asombro, repentinamente desnuda y sin caricias.

¡Pobres selenitas, pobres tibios y amables selenitas! Sumidos en las aguas nada sabían de su sideral derrota; tan sólo uno, abandonado por haberse quedado atrás, repentinamente solo y enjuto en medio del cauce de la gran corriente, podía lamentar ya tan incierto destino. Largo tiempo estuvo el selenita viendo alejarse la corriente por el espacio. No se atrevía a separar de ella sus ojos porque empequeñecía por momentos y apenas semejaba una lágrima en lo alto del cielo. Después el tiempo giró sobre su eje y la muerte fue llegando despacio hasta apoyar con dulzura la mano sobre la combada frente del abandonado. Y a partir de ese instante comenzó la Luna a ser tal como la enseñan los tratados.

La envidiosa Tierra —¡oh, Selene, lo diré aunque te opongas por temor a un más severo castigo!— era la culpable. Concentrando innúmeras reservas de su fuerza de atracción en la cumbre del Kilimanjaro, era ella, planeta infecto, quien había arrancado a la Luna su trenza poliforme. Ahora, abierta de par en par la boca[5] en una mueca sedienta, esperaba el arribo de la vasta corriente, ansiosa por adornarse con ella y esconder bajo el líquido cosmético la fealdad que sus habitantes conocemos de sobra.

¿Diré algo más? Triste, triste es asistir al arribo de aquellas aguas que se aplastaron contra el suelo con un chasquido opaco para tenderse después como babas de vómito, sucias de la escoria primitiva, aposentándose en los abismos de donde el aire huía con estampidos horrendos… Oh, Astarté, mejor es callar ya; mejor es acodarse en la borda de los buques cuando la noche es tuya, mirando los delfines que saltan como peonzas y vuelven al mar, reiteradamente saltan y retornan a su cárcel. Y ver, Astarté tristísima, cómo los delfines saltan por ti buscándote, llamándote; cómo se parecen a los selenitas, raza celeste de fusiforme contextura, de hábitos bondadosos y corazón siempre rebosado. Rebosado ahora de sucia resaca y apenas con la luz de tu imagen, que en pequeñísima perla fosforece para cada uno de ellos en lo más hondo de su noche.


[1] Gracias sean dadas al Señor.

[2] Hommage à Hésiode.

[3] «Los delfines ejecutan saltos que se prestan a suponerlos altamente juguetones…» (Jonathan Thorpe, Foam and Ashes). «Los delfines, tristes como una boca posada en un espejo…» (Francis de Mesnil, Monotonies). 

[4] Hommage à Lautréamont. 

[5] Lo que el alelado de Magallanes llamó océano Pacífico.

EL TERRIBLE ANCIANO de H. P. LOVECRAFT

Fue la idea de Angelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva hacer una visita al Terrible Anciano. El anciano vive a solas en una casa muy antigua de Walter Street próxima al mar, y se le conoce por ser un hombre extraordinariamente rico a la vez que por tener una salud extremadamente delicada... lo cual constituye un atractivo señuelo para hombres de la profesión de los señores Ricci, Czanek y Silva, pues su profesión era nada menos digno que el latrocinio de lo ajeno.

Los vecinos de Kingsport dicen y piensan muchas cosas acerca del Terrible Anciano, cosas que, generalmente, le protegen de las atenciones de caballeros como Mr. Ricci y sus colegas, a pesar de la casi absoluta certidumbre de que oculta una fortuna de incierta magnitud en algún rincón de su enmohecida y venerable mansión. En verdad, es una persona muy extraña, que al parecer fue capitán de clipper de las Indias Orientales en su día. Es tan viejo que nadie recuerda cuándo fue joven, y tan taciturno que pocos saben su verdadero nombre. Entre los nudosos árboles del jardín delantero de su vieja y nada descuidada residencia conserva una extraña colección de grandes piedras, singularmente agrupadas y pintadas de forma que semejan los ídolos de algún lóbrego templo oriental. Semejante colección ahuyenta a la mayoría de los chiquillos que gustan burlarse de su barba y cabello, largos y canosos, o romper las ventanas de pequeño marco de su vivienda con diabólicos proyectiles. Pero hay otras cosas que atemorizan a las gentes mayores y de talante curioso que en ocasiones se acercan a hurtadillas hasta la casa para escudriñar el interior a través de las vidrieras cubiertas de polvo. Estas gentes dicen que sobre la mesa de una desnuda habitación del piso bajo hay muchas botellas raras, cada una de las cuales tiene en su interior un trocito de plomo suspendido de una cuerda, como si fuese un péndulo. Y dicen que el Terrible Anciano habla a las botellas, llamándolas por nombres tales como Jack, Scar-Face, Long Tom, Spanish Joe, Peters y Mate Ellis, y que siempre que habla a una botella el pendulito de plomo que lleva dentro emite unas vibraciones precisas a modo de respuesta. A quienes han visto al alto y enjuto Terrible Anciano en una de esas singulares conversaciones no se les ocurre volver a verlo más. Pero Angelo Ricci, Joe Czanek y Manuel Silva no eran naturales de Kingsport. Pertenecían a esa nueva y heterogéneas estirpe extranjera que queda al margen del atractivo círculo de la vida y tradiciones de Nueva Inglaterra, y no vieron en el Terrible Anciano otra cosa que un viejo achacoso y prácticamente indefenso, que no podía andar sin la ayuda de su nudoso cayado, y cuyas escuálidas y endebles manos temblaban de modo harto lastimoso. A su manera, se compadecían mucho del solitario e impopular anciano, a quien todos rehuían y a quien no había perro que no ladrase con especial virulencia. Pero los negocios, y, para un ladrón entregado de lleno a su profesión, siempre es tentador y provocativo un anciano de salud enfermiza que no tiene cuenta abierta en el banco, y que para subvenir a sus escasas necesidades paga en la tienda del pueblo con oro y plata españoles acuñados dos siglos atrás.

Los señores Ricci, Czanek y Silva eligieron la noche del once de abril para efectuar su visita. Mr. Ricci y Mr. Silva se encargarían de hablar con el pobre y anciano caballero , mientras Mr. Czanek se quedaba esperándoles a los dos y a su presumible cargamento metálico en un coche cubierto, en Ship Street, junto al verja del alto muro posterior de la finca de su anfitrión. El deseo de eludir explicaciones innecesarias en caso de una aparición inesperada de la policía aceleró los planes para una huida sin apuros y sin alharacas.

Tal como lo habían proyectado, los tres aventureros se pusieron manos a la obra por separado con objeto de evitar cualquier malintencionada sospecha a posteriori. Los señores Ricci y Silva se encontraron en Waltter Street junto a la puerta de entrada de la casa del anciano, y aunque no les gustó cómo se reflejaba la luna en las piedras pintadas que se veían por entre las ramas en flor de los retorcidos árboles, tenían cosas en qué pensar más importantes que dejar volar su imaginación con manidas supersticiones. Temían que fuese una tarea desagradable hacerle soltar la lengua al Terrible Anciano para averiguar el paradero de su oro y plata, pues los viejos lobos marinos son particularmente testarudos y perversos. En cualquier caso, se trataba de alguien muy anciano y endeble, y ellos eran dos personas que iban a visitarle. Los señores Ricci y Silva eran expertos en el arte de volver volubles a los tercos, y los gritos de un débil y más que venerable anciano no son difíciles de sofocar. Así que se acercaron hasta la única ventana alumbrada y escucharon cómo el Terrible Anciano hablaba en tono infantil a sus botellas con péndulos. Se pusieron sendas máscaras y llamaron con delicadeza en la descolorida puerta de roble.

La espera le pareció muy larga a Mr. Czanek que se agitaba inquieto en el coche aparcado junto a la verja posterior de la casa del Terrible Anciano, en Ship Street. Era una persona más impresionable de lo normal, y no le gustaron nada los espantosos gritos que había oído en la mansión momentos antes de la hora fijada para iniciar la operación. ¿No les había dicho a sus compañeros que trataran con el mayor cuidado al pobre y viejo lobo de mar? Presa de los nervios observaba la estrecha puerta de roble en el alto muro de piedra cubierto de hiedra. No cesaba de consultar el reloj, y se preguntaba por los motivos del retraso. ¿Habría muerto el anciano antes de revelar dónde se ocultaba el tesoro, y habría sido necesario proceder a un registro completo? A Mr. Czanek no le gustaba esperar tanto a oscuras en semejante lugar. Al poco, llegó hasta él el ruido de unas ligeras pisadas o golpes en el paseo que había dentro de la finca, oyó cómo alguien manoseaba desmañadamente, aunque con suavidad, en el herrumboso pastillo, y vio cómo se abría la pesada puerta. Y al pálido resplandor del único y mortecino farol que alumbraba la calle aguzó la vista en un intento por comprobar qué habían sacado sus compañeros de aquella siniestra mansión que se vislumbraba tan cerca. Pero no vio lo que esperaba. Allí no estaban ni por asomo sus compañeros, sino el Terrible Anciano que se apoyaba con aire tranquilo en su nudoso cayado y sonreía malignamente. Mr. Czanek no se había fijado hasta entonces en el color de los ojos de aquel hombre; ahora podía ver que era amarillos.

Las pequeñas cosas producen grandes conmociones en las ciudades provincianas. Tal es el motivo de que los vecinos de Kingsport hablasen a lo largo de toda aquella primavera y el verano siguiente de los tres cuerpos sin identificar, horriblemente mutilados —como si hubieran recibido múltiples cuchilladas—y horriblemente triturados —como si hubieran sido objeto de las pisadas de muchas botas despiadadas—, que la marea arrojó a tierra. Y algunos hasta hablaron de cosas tan triviales como el coche abandonado que se encontró en Ship Street, o de ciertos gritos harto inhumanos, probablemente de un animal extraviado o de un pájaro inmigrante, escuchados durante la noche por los vecinos que no podían conciliar el sueño. Pero el Terrible Anciano no prestaba la menor atención a los chismes que corrían por el pacífico pueblo. Era reservado por naturaleza, y cuando se es anciano y se tiene una salud delicada la reserva es doblemente marcada. Además, un lobo marino tan anciano debe haber presenciado multitud de cosas mucho más emocionantes en los lejanos días de su ya casi olvidada juventud.


 

miércoles, 9 de junio de 2021

Nada mas importa

* El florete no cayó muy lejos del dueño. Una estocada mas y sobrevivimos - se dijo.

La fina espada se tambaleaba a causa de su ligereza. El metal brillaba a plena luz del día. Había cadáveres desparramados en cada espacio del campo de batalla donde se desafiaba contra La Muerte. 

El joven borboteaba sangre de sus múltiples heridas a la vez que soltaba una sonrisa triunfal, su destino no era morir hoy. Tomó su espada del suelo y en un rápido giro la empuño contra el único ojo que le quedaba a la parca. 

El esqueleto movió de una manera extraña sus huesudos dedos y en un santiamén escapó.

*A los pocos metros un opaco violín comenzó a volar suavemente y un perfume a jazmines rodeo el tranquilo lugar.

La dulce melodía resonaba. Se amplificaba a medida que golpeaba las armaduras carcomidas que se perfilaban junto a sus fallecidos dueños.

El caballero se acostó en la hierba y observo el cielo. Todavía estaba a tiempo, todavía podía salvar a su amada. Solo debía encontrar a La Muerte una vez más.

*Buscó por interminables tierras. Los años pasaban. La Muerte no pasaba por donde él iba y por ello los habitantes de cientos de pueblos lo echaban una y otra y otra vez.

Fue en un desierto, cansado de caminar, dejó en el suelo su violín y su florete. Quería olvidarlo todo, quería volver a ser él. Su fe se estaba apagando, cuando divisa a lo lejos un vidrio resplandeciente.

Era un frasco transparente, de tapa blanca y sin nada en su interior. Después de un momento de consuelo, abrió el envase. La ciega Muerte se apareció frente a él. Introdujo sus huesudos dedos en el frasco vacío y se coloco los ojos. 

Comprendió al mirarlo que jamás estuvo solo. Que La Muerte lo estuvo siguiendo a cada paso. Lloró. Detrás del caballero el violín tomaba figura humana. Solo pudo ver a su amado desaparecer en polvo. 

Pareja espejada.

Yo soy gorda, ella es flaca. El chico que se sienta al lado mío es flaco, el de ella es gordo.

No puedo evitar querer ser ella. La finura de sus brazos, los atigrados ojos, la apariencia juvenil del cabello sedoso. Ni una pizca de grasa en su ser.

Me sonrió nerviosa, ella se ríe. Ellos no reaccionan, no se miran. los envidio por su falta de celos y resentimientos.

Ansiedad. Necesito masticar algo, comer algo, evitar seguir pensando. Extiendo mi mandíbula como serpiente. En un segundo devoro al pobre chico flaco.

Suena una sirena ensordecedora. Una corriente eléctrica pasa por mi cuerpo. 

Nadie me comprende. Los científicos se van, me dejan sola frente a la hermosa mujer otro día mas.