jueves, 25 de enero de 2024

Script girl de Xurxo Melchor

21 abr 2011 . Actualizado a las 06:00 h.s

Me encantaban los cómics de Superlópez. Ese Superman hispano chapuza y cutre que en lugar de volar sobre la Gran Manzana lo hacía sobre El Masnou y Barcelona. Entre mis historias preferidas están sin duda El señor de los chupetes y La gran superproducción. Leyendo esta última fue la primera vez que vi un cargo cuyo significado estuvo muchos años dándome vueltas en la cabeza. La script girl. En el tebeo, la chica a la que le habían dicho que se encargaría de esa función no paraba de preguntarse qué demonios es una script girl. Y como en el cómic no lo aclaraban yo estuve muchos años haciéndome la misma pregunta. Tiempo después supe que es la que se ocupa de que la historia que se rueda tenga coherencia. Porque las películas o las series se ruedan de manera desordenada. Escena a escena. Y alguien tiene que velar porque a los personajes no les cambie la ropa que llevan, el peinado o tengan un botón de la camisa abrochado que antes estaba abierto. Una amiga de una amiga es script girl. Y hablando con ella de su trabajo empecé a pensar que la vida es también como una película o una serie. También se rueda de forma desordenada. Y a todos nos haría falta una script girl que le diese coherencia a nuestra existencia. Que nos recordase cada día, cada instante, que habíamos decidido no hacer tal cosa o tal otra. Que levantase la voz cada vez que volviésemos la vista atrás y nos entrasen ganas de desandar todo el camino. De caer por el mismo barranco. Lo he decidido. Quiero una script girl en mi vida.


Fuente: lavozdegalicia.es/noticia/arousa/2011/04/21/script-girl/0003_201104A21C12992.htm

domingo, 5 de noviembre de 2023

Ragtime (tiempo rasgado)

La oscuridad perdía su último vestigio mientras la órbita danzaba su baile gravitatorio y el brillo inundaba de a poco cada objeto de la calle. Los postes de luz se iban a descansar luego de su ardua jornada y el murmullo de las aves se despertaban a la vida. Ya nadie recuerda el ruido del disparo como un cañón. En una ciudad tan marcada por la prostitución y la mafia no hay razones para alarmarse ante nada. 

La aurora pronto iluminará el carmesí de la sangre en la avenida. Los policías retirarán los dos cuerpos que yacen sin vida y que, extrañamente, no portan armas ni dinero. Anotarán, en una gastada libreta, sus descripciones: Un hombre herido de bala, con un sombrero de ala ancha, un gabán y un diente de oro. Una mujer, apuñalada, con un viejo abrigo y una cartera. Sí tan solo no estuvieran ocupados con ese borracho, persistente y obstinado, que no deja de cantar, desafinado y a viva voz una melodía, mezcla de salsa y jazz, molestando a los peatones.

jueves, 2 de noviembre de 2023

LA DIFERENCIA ENTRE LOS ESCRITORES Y EL RESTO DE LAS PERSONAS

¿Qué distingue a los escritores del común de las personas? No se trata de superioridad, sino de una perspectiva única y la habilidad para comunicarla. A continuación, exploraremos las diferencias que, desde mi punto de vista, hacen que los escritores sean singulares en su forma de interpretar y transmitir la realidad.

1. Observación enriquecida: Los escritores tienen un don para la observación. Ven más allá de lo evidente y encuentran belleza en los detalles cotidianos. Mientras la multitud podría pasar de largo por un mercado abarrotado, un escritor podría notar la interacción entre un anciano vendedor de frutas y un niño curioso, y convertirlo en una historia conmovedora.

2. Imaginación desbordante: Los escritores son arquitectos de mundos imaginarios. Pueden crear universos enteros a partir de un destello de inspiración. Un ejemplo es la autora Ursula K. Le Guin, quien dio vida a los mundos intrigantes de "La Mano Izquierda de la Oscuridad", explorando la sexualidad y la identidad en un contexto alienígena.

3. Empatía profunda: La empatía es una cualidad distintiva de los escritores. Pueden ponerse en la piel de sus personajes y explorar sus emociones desde adentro. La novela "Los pilares de la Tierra" de Ken Follett es un ejemplo de esto, ya que nos sumerge en la vida y las luchas de personas en la Inglaterra medieval.

4. Maestros de la Comunicación: Los escritores son expertos en la elección de palabras precisas para transmitir sus pensamientos y emociones. Sus descripciones pueden pintar vívidas imágenes en la mente del lector. Un ejemplo es la poesía de Langston Hughes. Él fue uno de los mayores exponentes de la Harlem Renaissance de los años veinte y también, más tarde, el principal representante de la cultura afro-americana, que tuvo en él no sólo a uno de sus más brillantes poetas sino a un incansable protagonista y divulgador. A través de sus escritos y de sus intervenciones públicas tuvo como principal objetivo el progreso social y civil de la población de color de Estados Unidos.

5. Perseverancia y autodisciplina: La escritura requiere tenacidad y autodisciplina. Los escritores enfrentan bloqueos creativos, revisiones incesantes y, a menudo, la necesidad de enfrentar el rechazo. Un ejemplo de esto es Margaret Atwood, cuya dedicación a la escritura ha producido obras distinguidas como "El cuento de la criada".

En resumen, la diferencia entre los escritores y el resto de las personas no radica en la superioridad, sino en su habilidad para observar, imaginar, empatizar, comunicar y perseverar. Los escritores enriquecen nuestra comprensión del mundo y nos invitan a explorar la complejidad de la existencia desde diversas perspectivas. Son narradores de historias, creadores de mundos y, en última instancia, guardianes de la emoción y el asombro en el lenguaje escrito

Por último, es importante agregar que, aunque algunas personas pueden tener ciertas aptitudes innatas, la mayoría de las diferencias entre los escritores y el resto de las personas se pueden adquirir y mejorar con la práctica y la dedicación. La escritura es una habilidad que se nutre con la experiencia y el esfuerzo continuo, y cualquier persona interesada en convertirse en un escritor puede desarrollar estas cualidades a lo largo del tiempo.

Miguel Angel Russo Lovera

jueves, 21 de septiembre de 2023

La desconocida del mar de Francisco Tario

 Ha transcurrido un tiempo y Aurelia, a instancias de su marido, consiente al fin en abandonar la finca, en busca de aires más propicios y saludables, instalándose, al cabo de varios días de viaje, en un pequeño chalet alquilado a orillas del mar. No lejos existe un balneario de moda y la estación veraniega se encuentra en pleno auge. Sin embargo, el bullicio de la gente, la sensación íntima del bienestar ajeno y el propio mar, luminoso y excesivo, no logran sino acentuar visiblemente su profunda melancolía. Sobresaltada por toda suerte de remordimientos y alucinaciones, acúsase injustamente de la catástrofe acaecida.

Mas descubre allí, una mañana de tantas, en la playa, al hombre que con el tiempo tan importante significación habría de tener en su vida. El único que lograría, temporalmente, destruir en ella la fantasmal imagen del hijo muerto. No llegará a hablarle, acercársele, cambiar con él una sola palabra, pues su marido la acompaña siempre, limitándose exclusivamente a sostener aquel juego del renovado y ocasional encuentro con el desconocido. Y a merced que pasan los días, una íntima e invencible alegría asoma a sus ojos, levanta su espíritu, exalta su ánimo; un interés desusado y creciente hacia aquel hombre descubre a su alma que misteriosa e irremediablemente se ha enamorado. Admite, por cierto, cuán sencilla y enigmática es la vida y con qué poca cosa el corazón humano se conforma. Aurelia acepta tácitamente que podría haber continuado así siempre; siempre. No pedía más.

Ya el amor ha sometido a su alma, se extravía y confunde en aquel amor, y este amor, si no compartido, precisa al menos ser comunicado a alguien. ¿Comunicado? ¿A quién? Y resuelve escribir una carta, que terminaría asimismo por resultarle fatal. Es a una amiga, y termina así: “¡Soy feliz! ¡Feliz! ¿Te sorprende? Aunque no sepa determinar muy claramente en qué consiste mi felicidad. Por lo pronto, escríbeme, repróchame, injúriame, dime algo… háblame de este amor.” Y la súplica final y urgente: “Destruye esta carta, te lo ruego. Tú comprenderás por qué.”

Tal vez la transformación del ánimo de Aurelia o la insistente y familiar presencia del desconocido despertaran sospechas en el marido; o quizás no. Jamás Aurelia penetrará debidamente sus sentimientos. Pero una tarde, y sin previo aviso, le anuncia a ella que deben partir. Ya termina la temporada, el tiempo es cada vez más desapacible y los veraneantes comienzan a emigrar.

En cuanto al desconocido, trátase de un hombre medianamente joven, también casado, cuya mujer y dos hijos habitan en la ciudad. Para él, ciertamente, tampoco ha pasado inadvertida la presencia de la bella desconocida, por quien un interés particular e inesperado comienza a despertar en su alma. No se ha enamorado, no; mas le divierte y atrae observar diariamente a la mujer, acecharla, seguir incluso los interrumpidos giros de sus conversaciones escuchadas al azar, construir y ordenar caprichosamente la ignorada y secreta vida de la misteriosa mujer. Le halaga y exalta tropezarse hoy con su mirada, descubrirla a lo lejos en la playa, caminar hacia él, desaparecer. Cada pormenor de aquella vida le ofrece una emoción distinta, un aspecto nuevo y atrayente, singular. Y en ocasiones, por las tardes, pasea ingenuamente frente a su chalet.

Mas he aquí que la mañana en que descubre de pronto que la desconocida se ha marchado, su vida se desploma repentina e incomprensiblemente. Está solo. Y aquel lugar tan luminoso y plácido, aquel mar tan ruidoso y azul, se transforma, en virtud de la súbita soledad, en el más lóbrego y aborrecible rincón, del que quisiera escapar a toda costa. Las tardes son ventosas y frías y las avenidas aparecen desiertas. El mundo, igualmente, es lóbrego y sombrío. Acepta, pues, inevitablemente que él también se ha enamorado.

El tiempo adelanta y los últimos veraneantes están por partir. El mar es grueso y opresivo y nuestro hombre vaga taciturno y confuso. No posee el menor indicio de la mujer que se fue, no dispone de nadie a quien recurrir. Se fue, y esto es cuanto le alcanza. E inventa, como un trivial paliativo a su soledad presente, alquilar él mismo el pequeño chalet desocupado: el que ocupara ella. Así se sentirá más próximo a la mujer, penetrará ilusoriamente en su vida y su espíritu descansará más tranquilo en compañía de la invisible presencia.

Y una tarde, del modo más inesperado, una carta dirigida a Aurelia le trae la más sorprendente noticia que pudiera imaginar en sus tormentosos días. Es la respuesta de la amiga ausente a la reciente carta de Aurelia. ¡De suerte que ella lo amaba! ¡De suerte que había sido amado por ella! Amaba, por consiguiente, a un fantasma y era amado a la recíproca por el fantasma desaparecido. No tiene ya qué hacer, sino regresar cuanto antes. La carta le ha revelado, al menos, que la desconocida vive en la misma ciudad que él. Y regresa.

Su hogar, sencillo y tranquilo, lo acoge ruidosamente. Mas él no pertenece ya más a ese mundo, su mundo se ha vuelto lejano y extraño, misterioso. Su hogar no le dice nada. Su anterior mundo desapareció para él. E inicia, como un vagabundo o un sonámbulo, la estúpida y colosal búsqueda de la mujer desaparecida a través de la inquietante ciudad…

…Y el ojo del espectador, infinitamente más penetrante que el de ellos mismos, seguirá paso a paso la extenuante marcha de este hombre en busca de lo que ha perdido. Y veremos, frecuentemente, cuán próximos durante ese tiempo estuvieron de encontrarse, ya en una esquina o una avenida, en un teatro al cual uno de ellos deja inexplicablemente de asistir, en una tienda donde un pequeño incidente retrasa o anticipa la salida de él o de ella. En fin, el espectador será testigo de ese juego de azar que nos impulsa o detiene, sin entender nunca ni remotamente por qué.

La vida de Aurelia, en tanto, continúa aparentemente su curso normal; mas alentada asimismo por una lúcida y secreta esperanza. También busca. También fracasa.

Al fin, cierta tarde, sobreviene el encuentro del modo más imprevisto y propicio. Y no es el encuentro de dos personas extrañas y ajenas, sino de dos seres solitarios a quienes un grave y doloroso amor ha unido. No hay, pues, dudas en su encuentro, resistencias o titubeos. Se toman del brazo y continúan. Es el amor. Y al amor se entregan, a partir de aquella tarde, en una suerte de delirio efímero y sin sentido, que nadie mejor que ellos advierte cuán fugaz ha de ser. Es como si tomaran de cada minuto transcurrido la magnitud del breve tiempo de que consta, tratando desesperadamente de aplazarlo y continuarlo hasta la eternidad.

Se suceden las entrevistas, las citas del amor doloroso e imposible, destinado a terminar. Ya conocen sus vidas y entreven su destino. “Te amo, sí –le revela ella–, y con eso basta. No espero nada. No me prometas nada. De nada serviría.” Esta desbocada pasión origina en Aurelia una especie de presentimiento de no sabe qué males mayores que habrán de sobrevenir. Fue feliz una vez, cuando su hijo vivía, y no lo será más. La felicidad –advierte– acude una sola vez, pero jamás vuelve. Y su felicidad se ha perdido. Lo presiente. “¡Mi vida está destruida –le confiesa una tarde–, mas destruida y todo te pertenece a ti!” Sabe que por aquel amor mentirá; y miente. Que por aquel amor traicionará; y traiciona. Y se ve obligada a recurrir a las más sucias mentiras, a los más innobles recursos para prolongar aquel amor un día más, uno solo. Entiende muy claramente que, perdido este amor, su vida se derrumbará definitivamente por segunda y última vez.

Mas el espectador nuevamente volverá a seguir ahora a estos tres infortunados destinos, sin que ellos se percaten. Podrá advertir, por ejemplo, cómo el esposo de Aurelia reconstruye hechos, establece pormenores y examina acontecimientos que le revelarán sin duda la existencia del amor prohibido. Y el espectador verá igualmente –ellos, nunca– cómo, cuando los amantes se consideraban más a salvo, mayor era su riesgo y la inminente ruina que llamaba a su puerta. No obstante, en el hogar de Aurelia ni el más leve incidente parece turbar el curso ordinario de los días. En silencio, y consigo mismo, su marido contempla también con asombro el derrumbe de su propia vida. Ni un solo reproche, ni la más simple palabra acusadora pronunciará. Aún más, adviértese –o al menos esta impresión produce– que su amor por la joven esposa crece en él de día en día, nutriéndose de fuerzas oscuras y desconocidas.

Y cuando el espectador confirme que fatalmente la traición de Aurelia ha sido puesta en claro, escuchará al marido decirle una noche: “Volveremos a la finca. Es preciso.” Cabe preguntarse, entonces: ¿Maldad? ¿Temor? ¿Dolor ante la inminente pérdida? ¡La finca! Jamás ha vuelto Aurelia a la finca; no quiere volver más. La había olvidado. Y esta visión repentina de la inmensa casa solitaria, del silencioso lago asesino, traen a su memoria las épocas más tormentosas de su vida. Se niega; a la finca, no; nunca. ¿Qué pretende él? –continúa el espectador preguntándose. ¿Ponerla tal vez a salvo? ¿Torturarla inicuamente quizá? ¿Señalarle tácitamente el verdadero camino a seguir? ¿Intentar de algún modo la dudosa recuperación?

Transcurren los días. Es la última entrevista de los amantes. Tampoco ellos saben esto. Piensan que la separación es temporal; pero nunca más volverán a verse. “Volverás y entonces…” “¿Entonces qué?” –pregunta ella. Y ella misma se responde: “Entonces, nada. ¡Ya lo sé!” Sabe muy bien que no se pertenecerán nunca; que hermosas y trágicas vidas tiran de ellos en dos direcciones contrarias: los hijos vivos de él. El hijo muerto de ella. Imposible.

Ya van Aurelia y su esposo de regreso a la finca. La actitud de él es hermética, impasible, por demás tranquila: como cuando la conoció y tomó. Como lo fue siempre. Ni una simple alusión, ni una réplica. Sin embargo, una línea de su rostro, solo una, a bordo del tren, basta para revelarle a ella la atroz verdad: su marido lo sabe todo, todo, y por eso la ha hecho regresar. El silencio de él, su inalterabilidad ante la verdad espantosa, la llenan de terror. Es un repentino y oscuro pánico el suyo que le anuncia que ha de morir. Lo entiende de sobra: a eso la llevan. Y ya una vez en la finca, por entre los viejos y melancólicos árboles, a lo largo de los espaciosos salones, dondequiera, percibe cómo la muerte la acecha implacablemente, pronta a precipitarse sobre ella. Cada ruido le anuncia algo; cada silencio le previene un riesgo; cada palabra es un símbolo fatal. Y él estará siempre presente, enigmático e inmutable. Siempre él allí, su marido, amenazador y austero. Piensa ella que no le será posible resistir un día más.

Se resuelve al cabo: debe huir. Huir con aquel y le escribe. ¿Huir? –se pregunta, perpleja. ¿Pero huir… de qué? ¿Hacia qué? No tiene significado su vida. Mas es preciso escapar, evadirse a cualquier precio de la tortura infinita, de la monstruosa e interminable espera. Y le escribe: “Lo he decidido, sí. El viernes estaré contigo y seré tuya para siempre. ¡Espérame!” Resueltamente, Aurelia no resistirá más.

En las sombras, sigilosa y trémula, dispone y prepara la huida. Calcula, medita, comprueba; examina toda posibilidad. Mas la última noche en la finca –la que pensaba ella que sería la última– marcará ya para siempre su destino, y no será ciertamente la última, sino la primera de otra nueva existencia aborrecible y oscura. Todo está a punto en la noche señalada: la casa en silencio; todos duermen. Y Aurelia baja lenta, quizá demasiado lentamente, pues los segundos cuentan, y sale al jardín. Allí se siente más libre y joven, en la perfumada noche. Avanza. El camino está expedito. Mas de pronto –ha caminado unos pasos bajo los árboles– descubre que una luz, ¡su luz!, se enciende e ilumina una ventana. Se detiene atónita, mira. E intenta correr. Y en la ventana, inmóvil, aparece su sombra: la sombra inmensa de él. Oye o cree oír una voz aquí y allá que la reclama, pronunciando repetidamente su nombre: la voz siniestra de quien la mira, la voz del niño olvidado, la propia voz del lago; la voz de su destino. Duda aún, ¿qué debe hacer? Avanza otro poco más, otro poco. Ya está abierta la gran verja de la finca. Un paso más y será libre. Solamente un paso es lo que necesita. Y la sombra en la ventana continúa inmóvil. Aurelia se resuelve a salir; va a hacerlo. Pero no lo hará; nunca, nunca. Trágicamente derrotada, increíblemente sola, regresa paso a paso hacia la casa. Todo ha terminado; es el fin. La muerte en vida que la reclama. La herencia definitiva de la soledad. La soledad de muerte que la atará tanto como dure su vida a la profundidad tenebrosa del asesino lago que no la dejó partir.

Cuando penetra en la casa y cierra tras ella la puerta, una suave y alegre brisa nocturna agita las silenciosas aguas del lago, y en la ventana, misteriosamente, vuelve a apagarse la luz.

martes, 19 de septiembre de 2023

Contestador de Liliana Heker

 Los artefactos no me son propicios. Puedo resolver con cierta elegancia un sistema de ecuaciones con incógnitas y ni siquiera le temo al producto vectorial, pero basta que ensaye multiplicar veintitrés por ocho en una vulgar calculadora de bolsillo para que cifras altamente improbables invadan la pantallita y, pese a mis intentos desesperados, perseveren en quedarse ahí. Para decirlo de una vez por todas, aun la más arcaica de las batidoras eléctricas tiende a insubordinarse apenas la toco.

       Pero el contestador era otra cosa para mí. Lo creía un artefacto benévolo, un amortiguador gentil entre el mundo exterior y yo. Confieso que mi primer -remoto- contacto con uno de ellos no fue amable: yo estaba llamando por teléfono a un poeta melancólico; olvidé (o no tuve en cuenta) que además era veterinario. Luego de unos segundos irrumpió su voz, sólo que solemne y odiosa, y dijo: “Soy el contestador telefónico del doctor Julio César Silvain; tiene treinta segundos para contarme su problema”.

       Ahora las cosas han cambiado. Sin que nada lo haga prever, Bach o Los Redonditos pueden irrumpir en nuestra oreja y atenuarnos toda angustia, y una voz amistosa o seductora, o el escueto anuncio: “Flacos, no estoy o mezarpé; llamen después”, anticipan con bastante aproximación qué vamos a encontrar cuando por fin nos atienda un humano.

       Conscientes de esta cualidad anticipatoria, Ernesto y yo, apenas tuvimos un contestador pusimos singular esmeroen la grabación. Verano porteño fue el resultado de un análisis minucioso: yo redacté el mensaje (distante pero cordial) y él lo leyó con voz grata.

       Todo parecía benigno. No sólo por la libertad que el contestador nos otorgaría en el futuro y por su virtud poética —¿no hay cierta belleza en la sucesión arbitraria de mensajes, en el contraste a veces violento entre los tonos y los propósitos de unos y otros?-; era benigno sobre todo por la esperanza. Sí. Aunque nunca hablábamos de eso, nos pasaba que al regresar de un viaje o de una mera tarde fuera de casa, apenas activábamos el playback había un suspenso, un instante brevísimo pero embriagador en el que los dos sabíamos que una noticia afortunada podía saltar sobre nosotros y catapultarnos a la alegría. Cierto que muchas veces un acreedor o una madre nos traían tristemente a la realidad, pero quién nos quitaba ese instante privilegiado en que el mensaje era puro futuro y la felicidad podía estar al acecho.

       Hasta que el lunes 28 de abril todo cambió. Llegamos a casa, apretamos el playback y, como siempre, esperamos la salvación. Justo después del mensaje de un estudioso de Texas apareció la voz. Era una voz de mujer, sonriente y aliviada, como de quien se ha liberado de una carga pertinaz. Decía: “Nico, habla Amanda; lo estuve pensando todos estos meses y tenías razón: no podemos vivir separados. Llamame”. Me inquieté; era evidente que Amanda no dudaba del amor de Nico, ¿cuánto tardaría en deponer su orgullo y volver a llamar (esta vez al número correcto) así se aclaraba todo? Después me olvidé, hasta que el miércoles, mientras me estaba bañando, volví a escuchar la voz: “Nico, habla Amanda; hace dos días que estoy...”. Salí chorreando del baño; cuando llegué al teléfono Amanda había cortado. El mensaje del sábado ya aportaba algunos detalles oscuros sobre el carácter de Nico; según Amanda, él también había hecho lo suyo para que esto terminara, ¿qué se venía a hacer el ofendido ahora? Ernesto y yo nos miramos con desaliento; el amor es un estado excelso e infrecuente, no podíamos dejar que estos dos se desencontraran. Decidimos desconectar el contestador y quedarnos en casa todo el fin de semana. Inútil: Amanda no llamó. Dos veces, eso sí, atendí yo y me cortaron con violencia; el mensaje del martes nos indicó que mi voz no había hecho más que empeorar las cosas. Probó Ernesto; durante dos días se dedicó nada más que a atender el teléfono con voz desdibujada pero, al parecer, Amanda también le cortó a él. Creí entender la razón: a esta altura, ella no tenía el menor interés en facilitarle las cosas a Nico. Si estaba en casa, que se tomase el trabajo de llamar él, qué diablos, si todavía creía que este amor “tan exaltado por él en otros tiempos” (tonito irónico de Amanda) seguía valiendo la pena.

       El quinto mensaje nos decidió: era desolador y vengativo. Se están destruyendo, dijimos. Había que idear una solución. Calculamos que, si Amanda recordaba mal el número, era probable que el teléfono de Nico se pareciera al nuestro. Empezamos por variar un número cada vez. Cuarenta y cinco posibilidades, y otras diez incluyendo aquellas características que podrían confundirse con la de casa. Nos llevó dos días.

       Encontramos a dos personas llamadas Nicolás, pero no conocían a ninguna Amanda. En dieciocho casos nos respondió un contestador. Nos pareció que ahí lo más sencillo sería que yo misma, imitando lo mejor que podía la voz de Amanda, grabase el primer mensaje. Por Amanda, cada vez más despiadada, supimos que mi mensaje no había llegado a destino. Encaramos la variación simultánea de dos cifras. Para ordenar el trabajo hice un cálculo previo: hay 6.075 combinaciones posibles, sin contar las variantes por característica. A razón de sesenta llamados por día, antes de cuatro meses terminábamos. El amor de esos dos y la recuperación de nuestra alegría, ¿no valían el esfuerzo? Ernesto se encargó de los humanos; yo, de grabar el primer mensaje en los contestadores.

       Todo en vano; Amanda seguía registrando pormenores cada vez más oprobiosos sobre los hábitos de Nico. Un día Ernesto tuvo lo que creyó una revelación. Dijo:

       —No sé si yo hubiese contestado al primer llamado de Amanda. Al fin y al cabo, fue ella la que lo dejó.

       Me agobió el porvenir pero tuve que darle la razón. Mientras seguíamos avanzando con los primerizos empecé a grabar, en los contestadores ya registrados y con odio creciente, los mensajes sucesivos de Amanda. Mientras, su ferocidad seguía aumentando en nuestro propio contestador. Ayer tuve un desfallecimiento. El mensaje de Amanda aludía a un suceso particularmente repugnante de la relación entre ellos dos.

       —No hay nada que hacer —le dije a Ernesto—; Amanda, a esta altura, ya no podría volver con Nico. Ahora lo único que quiere es destruirlo.

       Nos miramos con fatiga. Habíamos entendido que era inútil seguir buscando a Nico; aunque lo encontrásemos ya nada detendría los mensajes sangrientos de Amanda. Entonces recibimos un nuevo mensaje en el contestador. Era una voz de mujer, sonriente y aliviada. Decía: “Nico, habla Amanda; lo estuve pensando todos estos meses y tenías razón, no podemos vivir separados. Llamame”. No era la voz de Amanda: la conozco demasiado bien. Era la imitación de mi propia voz imitándola. Dios, alguien a quien yo había llamado (y cuántos vendrían detrás) iniciaba el infructuoso trabajo de unir a Amanda y Nico. Algo irreparable está desencadenado. Ahora, el acto de escuchar los mensajes del contestador da miedo: ¿con cuál etapa del odio de Amanda nos vamos a encontrar? Ya no hay paz para nosotros.