martes, 13 de agosto de 2024

Pasos para casarse

Primero, y antes que nada, búsquese un hombre corpulento, o no tanto. Rico, o no tanto. Amoroso, eso sí. Cariñoso. En lo posible, valiente.

Segundo, salga con él. Haga citas. Desde un cine hasta el supermercado a hacer las compras. Conózcalo. Sepa su color favorito, qué música escucha. Si pierde el tiempo una vez al mes viendo el amanecer, si lloro de pequeño, si comía galletitas caseras.

Déjese conocer también, dese un tiempo. Para que aparezca esa sensación que le impida estar sola. Que lo extrañe. Que se despierte de madrugada pensando en su boca.

Entonces sí, llegamos al tercer paso. Cásese. De blanco si quiere. Busque una buena iglesia, un buen cura o pase directo por el civil.

Una fiesta enorme que invite a todo el pueblo, o una diminuta que solo estén los testigos, los padres y algún que otro metiche.

Le espera largos años de convivencia, alguna que otra pelea, y los hijos.

Recuerde y manténgase en sintonía, que si algo o todo falla, el próximo viernes daremos "pasos para divorciarse" a la misma hora, y en el mismo canal.


domingo, 11 de agosto de 2024

El matrimonio de Max Aub

 La sala era pequeña, pero muy amueblada: dos consolas, dos sillones, dos parejas dispares de sillas, dos vitrinas —la una alta, la otra baja, estrecha la primera, ancha al segunda—, dos cornucopias doradas y de edad dudosa, dos lámparas, la una colgando, la otra de pie. No había sofá, no cupo y descansaba frente a los pies de la cama, en el dormitorio.

El pobre marido estaba hundido en un sillón. Su contrito cuñado estaba apoyado en el marco de la puerta que daba al recibidor. Su triste concuñada apenas se sostenía con las manos en la mesa. Todo estaba en penumbra. María se moría. María era la esposa, la prima de la cuñada; rondaba los sesenta años, tenía unas ojeras tremendas, unas ojeras que le comían toda la cara, que no dejaban nada para lo demás. De estatura regular, de corpulencia media, menos la cabellera larga y descolgada (el orgullo de la casa). Sobrevestía camisón, que debajo llevaba numerosas chambras y refajos superpuestos en vano intento de vencer el frío; no venía éste de las afueras, sino de la muerte evidentemente próxima. La casa olía a col frita: no era cosa de momento, la casa olía a col frita desde hacía más de cuarenta años; cuando el matrimonio empezó a vivir ahí.

De pronto, en un arranque, la moribunda pudo con todos, nadie logró convencerla, ni sujetarla en la cama. Se levantó y se fue a la sala. Estaban todos muy conmovidos porque inmediatamente se dieron cuenta de que aquella mujer venía a despedirse —para siempre— de sus muebles, de todos los objetos que habían sido parte de su vida durante más de cuarenta años. El cuñado, largo bigote lacio, tiene los ojos enrojecidos y lacrimosos; desgracia no circunstancial pero, ahora, por vez primera —era una familia muy unida—, se daban cuenta de que en ese momento aquello estaba bien. Nadie se movía aparte de la futura muerta. Iba ahora de la vitrina pequeña a la vitrina grande, andaba con dificultad, pero sola. Había rechazado —todavía con fuerzas— cualquier ayuda. Andaba arrastrando las pantuflas que su esposo le regaló hacía diecisiete años, para la Navidad. Dicho sea en su favor, lo cierto era que las había gastado muy poco. Ponía las manos, las palmas de las manos, sobre los muebles, las dejaba allí, un momento, para luego arrastrarlas hasta el borde. Pasó frente a la ventana —que daba a un patio interior, pardo, oscuro— agarrándose al terciopelo verde pasado de los cortinones y llegó a la vitrina grande donde, tras unos cristalitos biselados, lucían unas porcelanas de leche brillante con filetes de oro; se quedó quieta mirándolas: eran de su abuela. Fue a la consola, pasando frente a su cuñado, al que miró y no vio, o no quiso ver, o no reconoció.

En la consola —negra madera, blanco mármol—, además de dos floreros de cristal azul, estaba el retrato del hijo único y su mujer: un retrato ya viejo, hecho en Buenos Aires, donde estaban hacía muchos años, escribiendo poco y sin ganas.

El pobre marido cambió de postura para seguirla con la mirada. Se daba cuenta de que de ahí a pocas horas, a lo sumo algunos días, se quedaría viudo. En su interior inexpresable siempre había sentido que acabaría viudo. La pobre señora seguía dando su última vuelta. Se paró frente a dos cuadros, dos cromos con marcos dorados: el uno representaba a Santa Ana, el otro una andaluza con peineta y mantilla blanca. Ambos tuvieron su pasadita de mano. Los tenía desde siempre. Era de lo único que había traído a aquella casa, no que fuese de condición inferior a su marido, pero, como era natural, él lo puso todo. Hacía más o menos cuarenta años que los veía como estaban colocados ahora: cada mañana, cada tarde, cada noche al ir de su cuarto al comedor o al revés, del comedor a su cuarto; que sentarse allí, en la sala, no lo hicieron mucho. Se quedó parada, vacilando. Su marido fue hacia ella, su cuñado dio un paso adelante. Pero la mujer rechazó la ayuda con indiscutible autoridad y siguió su ronda. Nadie se engañaba: se estaba muriendo. El esposo se quedó plantado cerca de ella, los pantalones caídos, por los tirantes desabrochados, sostenidos por la sola comba del vientre que tenía lo suyo, los pies en las pantuflas que su esposa le había regalado hacía dieciséis años, la cara abotagada, el bigote al garete, las manos encallecidas, las uñas negras de por sí. La enferma se había vuelto a detener frente a un espejo de marco negro desconchado. Un espejo con manchas, desteñido, medio muerto, donde las cosas se reflejaban distintas y con nubes. El pobre marido se creyó en la obligación de intervenir, mandar, recomendar —suave pero enérgico a la vez— que volviese a la cama. Su todavía esposa se le volvió cara a cara, lentamente, lo miró fijo durante un momento, que se hizo larguísimo al hombre, y luego —remontándose a una cima inesperada y feroz de desprecio— dejó caer unas palabras como un hacha.

—¡Quieto! No te he querido nunca.

Y se fue, todavía derecha, al dormitorio, a acostarse y morir en la cama donde había cohabitado más de cuarenta años con aquel señor. Fieles ambos como perros vigilados.

domingo, 28 de abril de 2024

Museo

 ¿Cómo podría decirle que no? Pobre de mi vecina, que su marido desapareciera así, sin decir nada. Lamentable la verdad. Novio mejor dicho, o no sé, creo que casados no estaban. Hacían buena pareja, eso sí.

Había pasado un mes o dos y tenía que llamar a la policía, no quedaba otra. Fue por eso que se apareció sin más en mi puerta con una caja. Me dijo que contenía dentro eso. No sé cómo decirlo. Juguetes. Pero no los normales. Perdón, me pone terrible hablar de esto. Me entenderás, esos para avivar la pareja, que se usa en la cama. No puedo, me da vergüenza. Eso debe haber sentido mi vecina, por eso me los trajo y me pidió que se los guarde, porque los detectives mirarían todo y una caja así bajo la cama, quiero creer que lo ocultaban ahí, sería muy mal visto.

Tampoco iba a cuestionarle mucho, la entendí al momento y solo le pregunté tímidamente como estaba en un momento tan difícil. Jesús parecía un hombre responsable. Divorciado y jubilado, no dejaba de ver a sus hijos. Siempre me pareció buena persona, incluso un caballero.

Me cuesta mucho contar todo, disculpe. Me entrego la caja marrón, sí, de cartón, la común. No me anime ni se me ocurrió abrirla. Me dijo ella que tenía bolas chinas y, sí, creo que me expreso un poco de que era lo que había dentro para que no me extrañe. Yo solo esperaba que este todo limpio, Dios quiera que no me esté dando algo con marcado tacto y que… Oliera. Pero no sentí nada en ese momento y lo guardé como correspondía en una habitación al fondo de casa, donde tengo varias cosas de mudanzas anteriores esperando moverse. Por eso la olvidé, y pasaron los meses.

La caja empezó a destilar un hedor que de a poco se pasaba por la pared hasta otros espacios. Intente no prestarle demasiada atención. La casa es vieja. Ya un par de veces habré encontrado una rata muerta. El gato juega, se aburre o la mata y queda en algún lado de la casa, el mismo la cubre o la entierra. No es algo lindo de ver, pero te acostumbras. 

En un momento se hizo insoportable el aroma y ya había dado vuelta la casa intentando encontrar de donde provenía. Todo indicaba que era el cuarto más alejado. Me pregunté mientras introducía la llave en  la puerta si entre los viejos adornos y los libros podría existir algo que pudiera pudrirse y me encontré con la caja, ya llevaba casi unos 6 meses aquí y fue que decidí acercarme. Sí, el olor provenía de ahí dentro. Fui a la cocina, tomé los guantes naranjas, junte valor y la abrí.

No había juguetes, sentí un pequeño alivio. No había nada que pareciera ilegal. Solo papel de regalo azul intentando ocultar un objeto envuelto en aluminio, el de cocina. Grité. Grité tan fuerte como pude y tome el teléfono. Era una calavera, un maldito cráneo humano. Mi corazón latía a mil por hora, pero tenía que llamarlos, aunque mi voz saliera entrecortada y costara respirar. 

No lo olvidaré jamás, oficial, no hay forma que olvide lo que vi. Estaba limpio, sin piel, sin ojos. Disecado como cadáver de un animal. Conservado como los que se ven en el museo. 



martes, 16 de abril de 2024

Fulgor

 Silencio. El tocadiscos se apaga. Las miradas se entrecruzan. Una vez más aguanto mi respiración. Porque si largo todo lo que debería decir, ¿Para qué me serviría? El hielo en el trago se mueve por el calor del ambiente. Pesado está todo, incluso el clima, reniego para mis adentros. No haces otra cosa que disparar tu mirada una y otra vez. Duele, ¿Lo sabes? Claro, muchas veces me detuve en esos ojos grises antes de pensar incluso en besarte. Pero no ahora. No nunca más.

La sesión se corta, la entrevista queda en nada. El disparador que debía ser esa vieja melodía de antaño no sirvió y una vez más tu cara de psicólogo tampoco. Me despido como cada encuentro, desorientada entre mi Yo y el amor. Dudar de si solo soy yo, no me da a esta altura de mi vida. Pero contarte mis emociones y mi pasado tampoco. Esa distorsión que dices que nombro un tal Freud, o mi cariño imberbe hacia el que veo como mi salvador. 

Perfume

 Me sentí incapaz, durante días, de hacer algo con aquello. Será por eso que lo segundo que resolví, luego de tenerlo un tiempo en el baño, llevarlo a la habitación. A la mesa de luz para ser más específica. Solo duro tres noches, porque verlo de temprano, a primera hora de la mañana, me ponía de terrible humor.

Ya sé que tendría que haber actuado antes, que las consecuencias, que esto y así. Pero esto no fue un accidente y nunca dire algo por el estilo... Es mi mente que no se calla.

¿Para qué darle más vueltas al tema? Pero tirarlo a la basura no solucionaría nada. Que las terapias NewAge me plantearían que sea positiva, que disfrute, que aclare mi mente. Mi vecina me opinaría lo contrario.

¿Qué diría mi mamá? No quiero ni pensarlo. Quizás, y en un tiempo, mi papá me perdoné, o al menos no se altere como la otra noche en la cena. Y eso que mi plan de un espacio público parecía bueno para que no grite, y ni modo, empezó con eso de que sufriría del corazón, se moriría, estiraría la pata por mi culpa.

A todo esto, aquello sigue aquí, en la mesa del living. Ya alucino que tiene vida propia y en cualquier momento me grita, o huye, tipo las opciones más comunes.

Ya sé, irá a un cajón. El cajón de la otra mesa de luz. Total, no va a volver y el test de embarazo, con sus dos palitos verticales, ganara su perfume como si se le impregnara el calor, o el amor de quien no lo quiso.