Rogelio odiaba a sus padres. Si bien habían muerto hace varios años, le echaba la culpa de abandonar el campo de su vida para vivir en la ciudad.
Soltero de toda la vida, trabajando independiente en la notebook de su casa, sonaría como a una vida normal y agradable. Pero no. Rogelio iba tres veces a la semana al psicólogo, al médico, al cardiólogo. Sus miedos aparecían a la noche, en la ruidosa ciudad no conseguía dormir y ni pensaba en tomar pastillas.
La situación de Rogelio iba más allá que cualquier tipo de angustia o fobia. Podía explicar, por ejemplo, en terapia su necesidad de adelantarse a los hechos. Como si pudiera afirmar las razones de todo. Porque los vecinos se pelean, porque pasean el perro a la noche, porque los colectivos se detienen sin semáforo o pasajero que suba o baje en la parada frente a su casa. Era que todos querían algo de Rogelio, pero no sabía responder qué.
Un aviso de una casa en venta lo reanimo, quizás la suerte estaría de su lado. Cambiar el ambiente y más que nada en el mundo, el silencio del campo, reanimaba su corazón.
Las cajas de la mudanza quedaron apiladas en el living, solo le importaba la cama y la cocina funcional. Rogelio la primera noche no durmió. Se quedó fijo presenciando la única luz prendida de una casa vecina.
¿Está vacía y dejaron la luz por miedo a ladrones? ¿Hay alguien observándome allí desde una esquina que no puedo ver? ¿Será la razón por las que los dueños vendieron la casa? ¿Alguien me siguió desde la ciudad?
A la mañana Rogelio conoció a Verónica. No fue acto del destino, sino la insistencia tras los varios timbrazos del perseguido demonio interno.
La invito a cenar, tontamente. Le insistió. Otra vez gano.
Rogelio no se comportaba como Rogelio. Pero aun con la felicidad de haber conocido una hermosa mujer. Tampoco durmió. ¿El amor también produce insomnio o era algo más profundo que le avivaba y le insistía que lo que sucedía no era normal? Ese pensamiento a contracorriente sabia arruinarle todo. Incluso el sueño.
A la semana Verónica entendió todo. Los problemas con el ruido, el insomnio, y que las pastillas para dormir en realidad no le hacían efecto alguno contra el cerebro y los parpados de Rogelio.
Por ello, la doceava noche de cena y vino, no solo lo beso, sino que también se quitó la ropa. Le entrego su cuerpo como quien saca el último as bajo la manga.
Rogelio durmió sereno, feliz y despertó contento, enamorado.
A su alrededor, las cajas de la mudanza desaparecieron, los muebles y equipos también. No había donde buscar a Verónica, si es que se llamaba así.
Engañado y robado el corazón no dejaba de cantar una melodía dulce y picante. Su mente dibujaba una piel perfumada.
A la noche y de vuelta en su vieja casa en la ciudad, Rogelio durmió como un bebe.